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Ciencia

Unas asas de ánforas de vino conservaron un brusco debilitamiento del campo magnético terrestre ocurrido hace 2.200 años. El mismo análisis cuestiona que una rampa de Jerusalén perteneciera a la fortaleza seléucida Akra

Las marcas impresas en unas vasijas fabricadas en Rodas permitieron fechar con gran precisión una caída superior al 30% en la intensidad magnética, mientras que una tinaja local aportó nuevas pistas sobre una de las fortificaciones más discutidas de Jerusalén.
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Unas asas rotas recuperadas en distintas excavaciones de Jerusalén han permitido reconstruir un cambio sorprendentemente rápido en el campo magnético terrestre. Las piezas revelan que su intensidad cayó más de un 30% en alrededor de medio siglo durante la época helenística.

El mismo estudio ofrece además una pista sobre la controvertida fortaleza seléucida conocida como Akra. Una vasija encontrada bajo una rampa defensiva parece haber sido fabricada varias décadas después de la construcción original de la fortaleza, lo que debilita la hipótesis de que ambas estructuras pertenecieran a la misma fase.

Según indica el trabajo publicado en la revista Archaeometry, los investigadores analizaron 17 asas estampadas de ánforas de Rodas y siete recipientes fabricados localmente en Jerusalén. Las piezas procedían de la Ciudad de David, el Barrio Judío y las excavaciones del aparcamiento Givati.

La arcilla puede conservar el campo magnético durante miles de años

Unas asas de ánforas de vino conservaron un brusco debilitamiento del campo magnético terrestre ocurrido hace 2.200 años. El mismo análisis cuestiona que una rampa de Jerusalén perteneciera a la fortaleza seléucida Akra
© Oded Lipschits.

Cuando una vasija entra en el horno, los minerales ricos en hierro presentes en la arcilla alcanzan temperaturas suficientemente elevadas como para perder su orientación magnética anterior. Al enfriarse, vuelven a magnetizarse siguiendo la intensidad y dirección del campo terrestre existente en ese momento.

La señal queda atrapada dentro de la cerámica. Miles de años después, los científicos pueden extraer pequeñas muestras, calentarlas de nuevo bajo condiciones controladas y calcular la intensidad del campo que existía cuando fueron cocidas.

Tal como explica la Universidad de Tel Aviv en relación con investigaciones arqueomagnéticas anteriores, la cerámica funciona como una especie de grabadora: sus minerales conservan información sobre el campo magnético del momento en que la pieza salió del horno.

El principal problema suele ser conocer con precisión cuándo ocurrió esa cocción. Una medida magnética resulta mucho menos útil cuando el objeto solo puede fecharse dentro de un intervalo de varios siglos.

Las ánforas de Rodas ofrecen una solución excepcional. Muchas de sus asas llevaban estampados los nombres del fabricante y del magistrado anual que supervisaba la producción. Como estos funcionarios (conocidos como epónimos) ocupaban el puesto durante periodos breves, algunas piezas pueden situarse en un año concreto o dentro de una horquilla muy reducida.

El campo perdió más de un tercio de su intensidad en medio siglo

Las asas rodias mostraron una caída muy pronunciada durante la primera mitad del siglo II a. C. Una pieza fechada alrededor de 206 a. C. registró un momento dipolar axial virtual de aproximadamente 133 ZAm². Otra, producida hacia 156 o 155 a. C., descendió hasta unos 87,1 ZAm².

Según los cálculos presentados en Archaeometry, el debilitamiento fue superior al 30% y avanzó a un ritmo aproximado de 0,8 ZAm² por año. Investigaciones anteriores realizadas con cerámica del Levante ya habían detectado esa tendencia, pero las fechas impresas en las asas permiten observarla con una resolución mucho mayor.

La caída no significa que el planeta perdiera repentinamente su escudo magnético ni que se encontrara necesariamente al borde de una inversión de polos. El campo terrestre cambia constantemente debido a los movimientos del hierro líquido en el núcleo externo y puede atravesar periodos de debilitamiento y recuperación.

De hecho, una investigación anterior publicada en Proceedings of the National Academy of Sciences reconstruyó seis siglos de variaciones en el Levante y demostró que la intensidad magnética ha experimentado oscilaciones importantes a lo largo de la historia.

Las ánforas pueden convertirse también en un reloj arqueológico

El método funciona en ambas direcciones. Una cerámica bien fechada permite reconstruir el campo magnético antiguo, pero una curva magnética suficientemente detallada también puede ayudar a fechar otras piezas.

Algunas asas rodias solo pueden situarse inicialmente dentro de intervalos amplios debido a dudas sobre el orden exacto de determinados magistrados. Al comparar sus señales con la caída registrada, los investigadores pueden determinar si una pieza corresponde con mayor probabilidad al principio o al final de ese intervalo.

De acuerdo con el estudio, un asa fechada tipológicamente entre 234 y 199 a. C. parece pertenecer a la parte final de ese periodo. Otra, situada entre 198 y 161 a. C., encaja mejor cerca de 199 o 198 a. C., cuando el campo todavía conservaba una intensidad elevada.

Esta precisión resulta especialmente útil en la Jerusalén helenística, donde numerosos materiales proceden de rellenos, vertederos o contextos alterados. El arqueomagnetismo no sustituye al estudio tradicional de la cerámica, pero puede añadir una referencia física independiente.

Una tinaja plantea nuevas dudas sobre la fortaleza Akra

Unas asas de ánforas de vino conservaron un brusco debilitamiento del campo magnético terrestre ocurrido hace 2.200 años. El mismo análisis cuestiona que una rampa de Jerusalén perteneciera a la fortaleza seléucida Akra
© Autoridad de Antigüedades de Israel.

La segunda parte del hallazgo se relaciona con la Akra, una fortificación asociada con Antíoco IV Epífanes y construida alrededor de 168 o 167 a. C. Su ubicación exacta y la identificación de sus restos llevan décadas generando discusión entre los arqueólogos.

En las excavaciones del aparcamiento Givati apareció un glacis: una gran rampa inclinada destinada a reforzar una muralla o estructura defensiva. Algunos investigadores propusieron que podía formar parte de la fortaleza seléucida.

El problema se encontraba bajo la propia rampa. Allí apareció una vasija local denominada HP06, perteneciente a un tipo cerámico que no suele documentarse antes de aproximadamente 130 a. C., varias décadas después de la supuesta fundación de la Akra.

Según señala el artículo de Archaeometry, la intensidad magnética conservada en HP06 encaja igualmente con una fabricación a finales del siglo II a. C. El análisis, por tanto, respalda la cronología tradicional de la cerámica y hace poco probable que la vasija sea anterior a la construcción original de la fortaleza.

La conclusión debe interpretarse con cautela. La estructura protegida pudo ser más antigua y recibir el glacis durante una reforma posterior. El resultado no resuelve por sí solo la ubicación de la Akra, pero refuerza la idea de que esa rampa concreta no pertenecía a su primera fase.

Otros estudios arqueológicos sobre las murallas de Jerusalén ya habían situado partes de este sistema defensivo entre aproximadamente 131 y 105 a. C., posiblemente durante el gobierno de Juan Hircano I. La nueva señal magnética aporta una línea de evidencia independiente compatible con esa datación más tardía.

Un patrón magnético que se extendía por el Mediterráneo oriental

Los investigadores compararon los datos de Rodas y Jerusalén con registros del sur del Levante y los Balcanes. El patrón de debilitamiento aparece de forma coherente a lo largo de una región de al menos 1.500 kilómetros.

Tal como indica el estudio, esta coincidencia plantea la posibilidad de utilizar curvas arqueomagnéticas regionales para fechar materiales encontrados en territorios donde todavía existen pocos datos propios. Países y regiones como Jordania, Líbano, Siria, Chipre, el sur de Anatolia o el Bajo Egipto podrían beneficiarse de futuras reconstrucciones más completas.

Todavía hacen falta más muestras antes de conocer hasta dónde puede extenderse esa correspondencia. Sin embargo, miles de asas estampadas permanecen almacenadas en museos y depósitos arqueológicos de todo el Mediterráneo oriental.

Cada una conserva dos registros diferentes. Su sello contiene información histórica sobre cuándo y dónde fue fabricada, mientras que su arcilla guarda una huella física del planeta en ese mismo instante. Unos fragmentos destinados originalmente a transportar vino se han convertido, más de dos milenios después, en archivos simultáneos de la Tierra y de las ciudades que los recibieron.

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