En una pequeña habitación de Guatemala, alguien escribió una fórmula capaz de encajar los movimientos de Venus y Marte con diferentes calendarios mayas. No utilizó papel, al menos en aquella ocasión. Pintó los cálculos directamente sobre una pared y, al terminar, añadió algo que casi ningún científico maya conocido había dejado antes: su nombre.
La inscripción permaneció deteriorada y parcialmente oculta durante más de 1.200 años en la estructura 10K-2 de Xultun, un antiguo asentamiento de las tierras bajas mayas. Ahora, un equipo de arqueólogos y epigrafistas ha reconstruido sus once bloques jeroglíficos y ha identificado una frase final que puede traducirse como “así dice Sak Tahn Waax”, un nombre cuyo significado aproximado es “Zorro de Pecho Blanco”. Según concluye el estudio publicado en Antiquity, se trata de la primera atribución conocida de un trabajo matemático y astronómico maya clásico a una persona concreta.
El descubrimiento, explica La Brújula Verde, no convierte necesariamente a Sak Tahn Waax en el primer astrónomo que existió dentro de la civilización maya. Hubo incontables especialistas antes que él. Lo extraordinario es que, por primera vez, uno de esos individuos ha dejado de ser anónimo.
Once glifos escondían una firma donde nadie esperaba encontrarla

Los investigadores denominan Texto 19 a la inscripción, pintada con pigmento negro en el centro del muro oriental. Aunque mide apenas 19,2 centímetros de altura y algunas partes se habían perdido, conservaba suficientes trazos para reconstruir una secuencia de fechas, intervalos temporales y cálculos astronómicos.
Para recuperar la escritura, el equipo combinó fotografías, dibujos a escala, aumentos con diferentes iluminaciones, procesamiento digital dStretch e imágenes multiespectrales. Según explican Franco Rossi, David Stuart y Heather Hurst en el paper, la comparación entre esas técnicas permitió distinguir once glifos que a simple vista aparecían erosionados o directamente invisibles.
La sorpresa estaba en los dos últimos. El primero se lee che-he-na o cheheen, una expresión que puede traducirse como “así dice”. A continuación aparece el nombre SAK-TAHN-wa-xi: Sak Tahn Waax. Los autores interpretan la construcción como una atribución personal de todo lo escrito anteriormente: “…así dice Zorro de Pecho Blanco”.
Existe, sin embargo, un pequeño margen de duda. Sak Tahn Waax pudo haber realizado y pintado los cálculos personalmente, pero también es posible que el escriba estuviera citando a otro matemático reconocido. En ambos casos, según subrayan los investigadores, la fórmula queda vinculada directamente con un individuo histórico, algo sin precedentes en el corpus matemático maya conocido.
“Zorro de Pecho Blanco” no solo contaba días: jugaba con los planetas
La fórmula completa abarca 2.920 días, una cifra especialmente importante porque equivale tanto a ocho años solares de 365 días como a cinco periodos sinódicos de Venus de 584 días. Es el momento en que la posición aparente de Venus respecto al Sol vuelve a repetirse casi exactamente.
Lo verdaderamente original no era utilizar esa cifra, ya conocida por los astrónomos mayas, sino la manera de dividirla. El Texto 19 integra seis unidades diferentes: periodos de 20 y 260 días, el año de 360 días, el año solar de 365, el ciclo de Venus de 584 y el de Marte de 780. Según indica el estudio, ninguna otra inscripción maya conocida combina esas relaciones exactamente de la misma forma.
Los intervalos pintados también forman una progresión llamativa: uno, uno, dos, tres y cinco. Es la sucesión que la matemática occidental denomina hoy secuencia de Fibonacci, aunque los autores advierten que no puede saberse si el escriba maya reconocía aquel patrón como un principio general de la naturaleza o si simplemente surgió de su manera de organizar los ciclos.
La reconstrucción sitúa la fecha inicial más probable de la fórmula en noviembre del año 781. Para los investigadores, Sak Tahn Waax no estaba copiando mecánicamente una tabla establecida: había encontrado una forma personal, casi lúdica, de encajar fenómenos planetarios y calendarios dentro de una única cuenta. Esa creatividad podría explicar por qué consideró que el trabajo merecía llevar su nombre.
La habitación era algo parecido a un taller científico maya

El Texto 19 no apareció aislado. Las paredes de la misma cámara conservan aproximadamente 52 inscripciones, muchas de ellas diminutas, relacionadas con ciclos lunares, enormes periodos temporales y cálculos sobre objetos celestes. Los arqueólogos las describen como borradores: anotaciones donde los especialistas probaban resultados antes de trasladarlos a documentos más elaborados.
La habitación también contiene retratos de escribas con diferentes rangos y evidencias arqueológicas de herramientas utilizadas para fabricar papel de corteza. Según plantea el equipo de Antiquity, el recinto pudo funcionar durante el siglo VIII como un espacio donde se enseñaban cálculos calendáricos y se producían códices. Las capas sucesivas de yeso muestran que las paredes fueron reutilizadas repetidamente, como una antigua pizarra de trabajo.
Ese contexto es excepcional porque solo han sobrevivido cuatro códices mayas precoloniales y todos fueron elaborados más de cinco siglos después que la habitación de Xultun. El pequeño edificio permite observar el proceso que normalmente desaparece detrás de una obra terminada: errores, ensayos, fórmulas alternativas y posiblemente las relaciones entre maestros y aprendices.
La ciencia maya acaba de recuperar a uno de sus autores
Hasta ahora se conocían nombres de gobernantes, escultores, pintores y escribas mayas, pero los responsables de los cálculos astronómicos continuaban ocultos detrás de sus números. Como señala el MIT al presentar el descubrimiento, Sak Tahn Waax es el primer científico maya identificado nominalmente dentro del registro arqueológico, aunque “matemático” y “astrónomo” sean categorías modernas que aquella sociedad no habría utilizado de la misma manera.
El hallazgo cambia algo más profundo que una lista de nombres. Muestra que el conocimiento maya no era una tradición rígida, anónima y repetida durante generaciones sin modificaciones. Sus especialistas comparaban ciclos, desarrollaban fórmulas propias y podían reconocer la autoría intelectual de una idea.
Durante siglos hemos hablado de “los mayas” como si una civilización entera hubiera observado Venus con una sola mirada. Ahora sabemos que, una noche alrededor del año 781, alguien estudió el cielo, combinó seis formas distintas de medir el tiempo y decidió dejar constancia de que aquella manera de ordenar el universo era suya. Se llamaba Sak Tahn Waax. Y después de doce siglos, su firma todavía dice: así habla Zorro de Pecho Blanco.