A 620 años luz de la Tierra, un planeta errante está creciendo a una velocidad que ningún telescopio había registrado antes. Cha 1107-7626, un mundo joven de hasta diez veces la masa de Júpiter, engulle gas y polvo a 6.600 millones de toneladas por segundo. Su comportamiento, más parecido al de una estrella en formación que al de un planeta, podría cambiar lo que sabemos sobre el nacimiento de estos cuerpos celestes.
Un planeta fuera de lo común

Cha 1107-7626 no orbita ninguna estrella. Flota en solitario en la constelación del Camaleón, rodeado de un disco de gas y polvo que actúa como combustible. Se estima que tiene entre uno y dos millones de años, lo que en términos astronómicos lo convierte en un bebé. Su masa, de cinco a diez veces la de Júpiter, ya lo sitúa entre los gigantes, pero su crecimiento no se detiene.
Lo sorprendente es que, en los últimos meses, su ritmo de acreción se ha disparado ocho veces, alcanzando cifras que lo asemejan a una protoestrella. Es como si este planeta hubiera tomado prestadas las reglas de otro tipo de objeto celeste.
El récord de crecimiento
Gracias al Very Large Telescope en Chile y al telescopio espacial James Webb, los astrónomos pudieron medir la voracidad de Cha 1107-7626: 6.600 millones de toneladas por segundo. Nunca antes se había registrado algo similar en un planeta. Este fenómeno, llamado acreción, es habitual en estrellas recién nacidas, pero resulta desconcertante verlo en un cuerpo con menos del 1 % de la masa solar.
El Webb incluso detectó vapor de agua en el disco durante el estallido, un cambio químico que no estaba presente antes. Esa transformación revela que su entorno es dinámico y que podría dar origen a nuevas estructuras, como lunas en el futuro.
Infancia turbulenta

El crecimiento acelerado no es un evento aislado. Observaciones de 2016 muestran que este planeta ya había atravesado un estallido similar. Esto sugiere que su infancia podría estar marcada por episodios recurrentes de alimentación extrema. Cada ráfaga de crecimiento aporta nueva masa y reconfigura el disco que lo rodea, generando un entorno caótico donde aún todo está por definirse.
Para los astrónomos, lo más intrigante es que estos brotes parecen estar impulsados por actividad magnética. Hasta ahora, se pensaba que solo las estrellas jóvenes podían generar campos lo suficientemente fuertes para desencadenar este tipo de fenómenos.
Entre planeta y estrella
El origen de los planetas errantes es un misterio. Algunos pudieron ser expulsados de sistemas estelares; otros, como Cha 1107-7626, parecen haberse formado directamente del colapso de nubes moleculares, igual que las estrellas. La frontera entre ambos mundos se vuelve difusa: ¿sigue siendo un planeta si su infancia se parece tanto a la de una estrella?
Este caso muestra que la definición tradicional podría no ser suficiente. El universo parece empeñado en desafiar nuestras categorías.
Lo que viene
Nuevos telescopios, como el ELT (Telescopio Extremadamente Grande) y el Observatorio Vera C. Rubin, prometen observar estos objetos con un detalle sin precedentes. El objetivo es descubrir cuántos planetas errantes atraviesan episodios similares y cómo esos brotes influyen en su evolución.
Cha 1107-7626 es solo un ejemplo, pero su comportamiento extraordinario abre la puerta a una pregunta mayor: ¿qué otros mundos escondidos entre las estrellas estarán creciendo como estrellas disfrazadas de planetas?