Una noche de otoño de mediados del siglo XIX, un tren que debía salir de la estación de Exeter, en el suroeste de Inglaterra, a las 22:05 se quedó inmóvil durante 16 minutos. El problema estaba en el telégrafo: los instrumentos que confirmaban si la vía estaba libre empezaron a fallar sin explicación, y el jefe de la estación llegó a sospechar que alguien los estaba manipulando. Nadie imaginaba que el responsable no estaba en la Tierra, sino en el Sol.
Un equipo internacional de científicos acaba de reconstruir lo que pasó en un estudio publicado en la revista Space Weather. Para hacerlo, tuvieron que resolver primero un misterio curioso: una fecha equivocada.
Una errata de 1871

El episodio se conocía gracias a un relato publicado en 1871 en la revista Nature, que lo situaba en octubre de 1841. Pero había un problema: el ferrocarril que pasaba por esa zona, el South Devon Railway, todavía no existía en 1841. La línea recién se inauguró en 1846.
Los investigadores revisaron los horarios ferroviarios de la época y comprobaron que un tren de las 22:05 desde Exeter solo figuraba en los itinerarios de 1848 y 1849. Su conclusión: Nature probablemente había impreso por error «1841» en lugar de «1848». La fecha real del incidente sería el 18 de octubre de 1848.
Las pistas del cielo

Con la fecha corregida, todo encajó. Los registros magnéticos del Observatorio de Greenwich mostraban fuertes perturbaciones a partir de la noche del 18 de octubre de 1848. Los diarios de la época informaron de auroras brillantes visibles en distintos puntos de Inglaterra, y los astrónomos habían observado un gran grupo de manchas solares orientado hacia la Tierra.
Todo apunta a una tormenta geomagnética. Cuando el Sol expulsa grandes nubes de partículas cargadas y estas chocan con el campo magnético terrestre, pueden inducir corrientes eléctricas en cables largos, como los del telégrafo. Esas corrientes parásitas habrían alterado las señales que usaban los operadores para coordinar el tráfico ferroviario.
Antes que el famoso evento Carrington

El caso de Exeter es uno de los ejemplos más antiguos conocidos de clima espacial afectando la infraestructura humana. Ocurrió más de una década antes del evento Carrington de 1859, la tormenta solar más intensa registrada, que provocó fallas e incluso chispas en las líneas de telégrafo de Europa y Norteamérica. Los investigadores mencionan un antecedente todavía anterior, en marzo de 1847, en el telégrafo de otra compañía ferroviaria británica.
«Es una demostración clara de que, en cuanto los humanos desarrollaron la primera tecnología basada en la electricidad, esta resultó vulnerable al clima espacial», explicó William Cade, de la Universidad Baylor, en Estados Unidos, uno de los autores del estudio, en el que también participaron la Universidad de Lancaster, el Servicio Geológico Británico, la Universidad RMIT de Australia y otros centros.
Una vulnerabilidad que creció
Según Cade, esa vulnerabilidad «continuó y aumentó hasta hoy». Las redes eléctricas, los satélites, las comunicaciones y el GPS dependen de tecnologías mucho más sensibles que un telégrafo del siglo XIX. Las tormentas solares recientes, como la de mayo de 2024, que permitió ver auroras incluso desde el sur de Argentina y Chile, recordaron que el Sol sigue siendo capaz de alcanzar la Tierra con fuerza. Entender cómo afectó a la tecnología del pasado ayuda a prepararse para lo que podría venir.