El 31 de octubre de 2003, mientras buena parte del mundo se preparaba para Halloween o el Día de Muertos, el Sol liberó las llamaradas solares más potentes jamás registradas por instrumentos modernos, un episodio conocido como la tormenta de Halloween. Durante más de veinte años, ese evento funcionó como una especie de referencia informal sobre cuán intensa podía llegar a ser una llamarada solar. Un nuevo estudio, publicado por investigadores del Instituto Max Planck de Investigación del Sistema Solar y la Universidad de Colorado Boulder, sugiere que esa intensidad está lejos de ser el límite real del Sol.
Cómo se mide el potencial de una mancha solar

Las manchas solares son regiones más frías que su entorno, donde el campo magnético se concentra y se enreda, acumulando una gran cantidad de energía. Cuando ese campo se reordena de golpe, libera esa energía en forma de llamarada: cuanto más grande la mancha, mayor el potencial energético de la llamarada que puede generar. Para cuantificar esa relación con precisión, el equipo, liderado por Natalie Krivova, analizó el catálogo del Observatorio de Dinámica Solar de la NASA correspondiente al período 2010-2016, que reúne más de 3.000 erupciones solares, entre ellas 300 de las llamaradas más potentes registradas en esos años. Cruzando la energía liberada por cada una con el tamaño de la región activa donde se originó, obtuvieron una fórmula empírica capaz de estimar la intensidad máxima esperable a partir del tamaño de una mancha solar, publicada en Philosophical Transactions of the Royal Society A.
La mancha de 1947

Al aplicar esa fórmula a manchas solares reales del pasado, el resultado más llamativo surgió de abril de 1947, cuando se registró la mancha solar más grande de la historia observacional. Aunque no queda rastro físico de ella, el cálculo sugiere que, si hubiera liberado toda su energía de golpe, podría haber producido una llamarada hasta 30 veces más potente que la máxima registrada durante la tormenta de Halloween de 2003. Esa magnitud se acerca al umbral que los científicos consideran propio de una superllamarada, del orden de 10 elevado a la 34 ergios, un nivel de energía que hasta ahora solo se había observado de forma directa en otras estrellas similares al Sol.
De la llamarada a la tormenta geomagnética
No toda llamarada solar termina golpeando a la Tierra con la misma fuerza. A veces, una llamarada va acompañada de una eyección de masa coronal, una expulsión de plasma que, si llega a las inmediaciones del planeta, puede generar auroras o, en los casos más severos, tormentas geomagnéticas capaces de afectar infraestructuras de telecomunicaciones y de la red eléctrica. La tormenta geomagnética más intensa jamás registrada, el evento Carrington de 1859, se originó a partir de llamaradas más pequeñas que las de Halloween, pero causó daños considerables en las líneas telegráficas de la época; en 2003, pese a llamaradas más potentes, el impacto geomagnético resultó menor, un recordatorio de que la relación entre el tamaño de una llamarada y sus efectos sobre la Tierra no es del todo lineal ni predecible.
Otro estudio, la misma conclusión preocupante
Este hallazgo no llega solo. Meses antes, otro equipo de investigadores de la NASA y la Universidad de Lancaster había planteado que la capacidad del Sol para generar tormentas geomagnéticas severas también estaba subestimada, en ese caso por un error sistemático en cómo los satélites miden la intensidad del viento solar, que no se venía teniendo en cuenta en los análisis estadísticos habituales. Ambos estudios llegan al mismo tipo de conclusión por caminos completamente distintos: probablemente le asignamos a la actividad solar un techo más bajo del que realmente tiene.
Qué hacer con esta información
Nada de esto implica que un evento de esa magnitud sea inminente: solo llevamos unas siete décadas registrando llamaradas solares con instrumentos capaces de medir su intensidad real, un período demasiado corto para sacar conclusiones definitivas sobre la frecuencia de estos fenómenos extremos. Los sistemas de telecomunicaciones actuales ya están diseñados para resistir, dentro de lo posible, las tormentas geomagnéticas que hasta ahora se consideraban el límite superior plausible. Lo que aportan estos estudios es una razón concreta para reforzar esa resiliencia un poco más, sin que eso implique motivo de pánico: la probabilidad de un evento de esta escala sigue siendo baja, pero ya no puede descartarse con la misma tranquilidad que antes.