La contaminación por plásticos dejó de ser un problema exclusivo de mares y ríos: ahora también flota en el aire. Micro y nanoplásticos circulan en la atmósfera, atraviesan continentes y terminan depositados en glaciares, desiertos y montañas remotas. Un informe publicado en Current Pollution Reports alerta sobre la magnitud incierta de este fenómeno emergente, subraya vacíos críticos en la investigación y reclama cooperación global para afrontar un riesgo invisible con potenciales consecuencias graves.
Los plásticos ya no conocen fronteras
El trabajo identifica a los micro y nanoplásticos atmosféricos (AMNPs) como contaminantes capaces de recorrer miles de kilómetros en cuestión de días. Transportados por corrientes verticales y horizontales, cruzan océanos y cadenas montañosas, apareciendo en lugares sin fuentes locales. La inhalación se considera la vía principal de exposición humana, lo que agrava la preocupación en ciudades densamente pobladas e industrializadas.
Los investigadores advierten que las estimaciones sobre las emisiones son extremadamente variables: van desde menos de 800 toneladas hasta 9 millones por año. Además, aún no se sabe con certeza si predominan las fuentes terrestres —como el desgaste de neumáticos— o marinas —como la pulverización de olas—.

El desafío de medir lo invisible
La revisión de cerca de 100 estudios muestra un problema clave: la falta de estándares en la medición. Diferencias en los equipos de muestreo, en la definición de tamaños de partículas y en la duración de los experimentos producen resultados dispares incluso en un mismo sitio. Esto limita la precisión de los modelos que intentan predecir la dispersión y el impacto de estas partículas.
Los modelos actuales simplifican la realidad al asumir que las partículas son esféricas y homogéneas, cuando en verdad presentan múltiples formas, densidades y niveles de degradación. Sin observaciones más completas, los cálculos seguirán siendo poco confiables.
Riesgos para la salud y el ambiente
Los microplásticos en el aire plantean riesgos aún no comprendidos del todo. Pueden atravesar barreras biológicas, llegar a órganos internos y acumularse en tejidos. Además, se depositan en ecosistemas frágiles, desde glaciares hasta desiertos, con efectos potenciales sobre la biodiversidad.
Los expertos han estudiado los microplásticos desde la década de 1960.
Pero solo en los últimos 5 años, se han encontrado en la sangre, el cerebro, el semen y la placenta.
Están en el aire que respiramos, los alimentos que comemos y la ropa que vestimos.
¿Qué tan pequeños son… pic.twitter.com/HxykIh10XI
— Vive con Propósito. (@PropositoyVida) July 17, 2025
Según Zhonghua Zheng, de la Universidad de Manchester, “la incertidumbre sobre la cantidad de plástico en la atmósfera es alarmante. Si queremos proteger a las personas y al planeta, necesitamos mejores datos, mejores modelos y coordinación global”.
Hacia una estrategia internacional
El equipo propone crear una red global de monitoreo con protocolos unificados, integrar inteligencia artificial para detectar patrones en grandes volúmenes de datos y refinar modelos atmosféricos con información realista sobre tamaño, forma y envejecimiento de partículas.
La cooperación internacional es clave: el plástico en el aire no respeta fronteras, y retrasar la acción podría generar impactos irreversibles en la salud humana y en los ecosistemas.
Fuente: Infobae.