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Ciencia

Una falla sin terremotos en su historial no es sinónimo de falla segura: puede llevar millones de años acumulando una fuerza que nadie ve hasta que algo la libera

En 1963, una empresa empezó a extraer gas de un yacimiento en los Países Bajos, en una región sin terremotos conocidos. Durante 30 años no pasó nada. Recién en 1991 la tierra empezó a temblar. La geología clásica no tenía una buena explicación para esa demora. La respuesta apareció recién décadas después, y no estaba en la superficie: estaba en las propiedades microscópicas de la roca, acumuladas durante millones de años de quietud
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Uno de los supuestos más arraigados de la sismología es que hay dos tipos de fallas geológicas: las que rompen con facilidad, generan terremotos y son bien conocidas por los sismólogos, y las que resisten el deslizamiento porque su fricción interna aumenta a medida que se mueven, lo que en teoría las vuelve incapaces de romperse por sí solas. Un conjunto de estudios publicados entre 2025 y 2026 encontró que esa segunda categoría, la de las fallas “estables”, puede no ser tan estable como parecía.

El malentendido detrás de las fallas “estables”

Un estudio publicado en octubre de 2025 en Nature Communications, liderado por Meng Li, Andre Niemeijer e Ylona van Dinther, de la Universidad de Utrecht, usó modelos numéricos para mostrar que este tipo de fallas puede acumular resistencia interna durante miles o millones de años de inactividad tectónica, un proceso al que los autores llaman endurecimiento friccional. Ese proceso puede elevar la fricción estática de la falla en hasta 0,25 unidades por encima de sus valores habituales, una cifra que en la práctica significa una falla mucho más difícil de romper que lo que sugería la teoría clásica.

El problema es que esa resistencia acumulada no desaparece: queda disponible para liberarse de golpe si algo perturba la falla desde afuera. Y ahí es donde entra la actividad humana.

El caso que destapó el problema: Groningen

Campo De Gas Groningen
© Por Overheid.nl – https://zoek.officielebekendmakingen.nl/stcrt-2017-28922.html, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=108400725

El modelo del equipo de Utrecht se calibró específicamente con datos del campo de gas de Groningen, uno de los yacimientos más grandes de Europa, en una región donde las fallas llevan entre 30 y 65 millones de años sin moverse. La extracción de gas, que comenzó en los años 60, generó con el tiempo terremotos de hasta magnitud 3,6, con daños materiales y evacuaciones en una zona que hasta entonces no tenía historial sísmico relevante.

Según el estudio, esa larga inactividad tectónica no es un dato anecdótico: es justamente la explicación de por qué la extracción de gas tardó unas tres décadas en producir el primer sismo. Ese período de tres décadas coincide con el tiempo que necesitó la presión generada por la extracción para vencer la resistencia que la falla había acumulado durante millones de años de reposo. El modelo también predijo algo contraintuitivo: una vez liberada esa resistencia acumulada en el primer terremoto, los sismos posteriores en la misma falla tienden a ser bastante menos peligrosos, porque ya no queda esa reserva extra de fuerza esperando a liberarse.

El agua acelera el proceso

Un segundo estudio, publicado en mayo de 2026 en AGU Advances por investigadores de la Universidad de Pensilvania y el Istituto Nazionale di Geofisica e Vulcanologia (INGV) de Italia, sumó una variable que los modelos anteriores no consideraban del todo: el agua. Sus experimentos de laboratorio mostraron que la presencia de fluidos activa una reacción química que endurece la falla mucho más rápido que el simple envejecimiento friccional en seco.

Los autores describen el comportamiento de la falla como el de un capacitor eléctrico: gana cohesión de forma progresiva durante el período de reposo, y la pierde de golpe en el momento de la ruptura, liberando más energía de la que predeciría un modelo puramente friccional. Es un hallazgo relevante porque buena parte de las actividades humanas que perturban el subsuelo (inyección de aguas residuales, fracturación hidráulica, almacenamiento de dióxido de carbono) involucran justamente fluidos.

Corea del Sur: cuando el endurecimiento tarda décadas, no años

Un tercer estudio, publicado en diciembre de 2025 en el Geophysical Journal International por el Korea Institute of Geoscience and Mineral Resources (KIGAM), documentó un caso real en la península de Corea, una región intraplaca (lejos de cualquier límite entre placas tectónicas) considerada geológicamente estable. Tras un terremoto de magnitud 3,56 en Gyeryongsan en 2008, los investigadores identificaron una familia de sismos repetidos que apareció recién dos años después y persistió de forma irregular hasta 2019.

El dato más revelador fue cómo varió la tensión liberada por las fallas vecinas con el paso del tiempo: partió de entre 0,3 y 0,9 megapascales justo después del sismo original, y escaló hasta 8,6 megapascales en 2021, trece años más tarde. Ese patrón indica un período de recuperación de resistencia mucho más largo que el que se observa típicamente en zonas de borde de placa, donde ese proceso suele tomar apenas dos o tres años. En regiones intraplaca, según este trabajo, el endurecimiento de una falla puede extenderse durante décadas.

Riesgo geológico no es lo mismo que historial sísmico

Los tres estudios apuntan, desde ángulos distintos, a la misma distinción de fondo: que una zona no tenga terremotos registrados en su historial no significa que sea inofensiva. Puede significar, simplemente, que sus fallas todavía no recibieron la perturbación necesaria para romperse. Buena parte de la infraestructura en regiones consideradas estables (amplias zonas del interior de Europa, Australia o Norteamérica alejadas de los bordes de placas activos) se diseñó asumiendo que el pasado sísmico de un lugar predice de forma confiable su futuro sísmico. Esta nueva generación de estudios sugiere que esa relación puede fallar justamente donde la inactividad fue más prolongada y donde la actividad humana en el subsuelo introduce el tipo de perturbación que esas fallas necesitaban para ceder.

Es un mecanismo físico que además ayuda a explicar un fenómeno que las agencias de monitoreo sísmico, como el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS), ya venían observando de forma empírica: el aumento de terremotos en zonas históricamente tranquilas de estados como Oklahoma y Texas, asociado a la inyección de aguas residuales de la industria petrolera. Lo que aportan estos trabajos es una explicación de por qué perturbaciones relativamente pequeñas, en términos de energía, pueden desencadenar sismos de una magnitud mayor a la esperada: las fallas ya venían cargadas de resistencia acumulada.

Lo que no cambió: la frecuencia global de terremotos

Nada de esto implica que el planeta esté temblando más que antes. La cantidad global de grandes terremotos (en promedio, unos 16 por año de magnitud igual o superior a 7,0, según el registro histórico del USGS) se mantiene dentro de rangos estadísticamente estables desde que existen registros instrumentales confiables, a comienzos del siglo XX. Lo que cambió no es cuántos terremotos hay, sino la comprensión de qué fallas, y bajo qué condiciones, pueden sumarse al recuento. El riesgo sísmico sigue dependiendo, ante todo, de la geología local: pero esa geología resultó tener una memoria más larga, y más silenciosa, de lo que se pensaba.

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