En 2023, varios grupos de astrónomos anunciaron que habían encontrado evidencias de algo extraordinario: un fondo de ondas gravitacionales de frecuencia extremadamente baja que parece impregnar todo el universo. No es una única colisión que podamos localizar en el cielo, sino una especie de murmullo producido por incontables deformaciones del espacio-tiempo superpuestas unas sobre otras.
La explicación favorita señala a enormes parejas de agujeros negros supermasivos orbitándose lentamente antes de fusionarse. Pero un nuevo estudio publicado el 17 de agosto de 2026 en Physical Review D plantea que ese zumbido puede contener información sobre algo muchísimo más antiguo: cómo nacieron los primeros monstruos cósmicos cuando el universo apenas estaba comenzando.
Sohan Ghodla y Cosmin Ilie, de la Universidad de Colgate, han calculado que una población temprana de hipotéticas “estrellas oscuras” supermasivas podría haber dejado agujeros negros tan grandes desde el principio que sus descendientes terminarían dominando una parte importante del fondo gravitacional que medimos hoy.
Estas estrellas no funcionarían como ninguna de las que conocemos
Pese a su nombre, una estrella oscura no tendría por qué ser invisible. La hipótesis, propuesta originalmente en 2007, describe objetos formados principalmente por hidrógeno y helio, como las primeras estrellas convencionales, pero con una diferencia radical: su principal fuente de energía no sería la fusión nuclear, sino la aniquilación de partículas de materia oscura acumuladas en su interior.
Eso cambiaría completamente su evolución. Al mantenerse relativamente frías y enormes, podrían seguir absorbiendo gas durante mucho más tiempo que una estrella normal. Algunos modelos permiten que las llamadas estrellas oscuras supermasivas alcancen incluso millones de veces la masa del Sol, con luminosidades de hasta miles de millones de soles, antes de quedarse sin combustible oscuro y terminar colapsando.
El resultado sería justo lo que los cosmólogos necesitan para resolver otro rompecabezas: un agujero negro enorme desde el principio. El James Webb y otros observatorios están encontrando agujeros negros supermasivos en épocas sorprendentemente tempranas. Formarlos partiendo únicamente de agujeros negros estelares relativamente pequeños obliga a mantener ritmos de crecimiento extremos durante cientos de millones de años.
Una estrella oscura gigantesca podría saltarse buena parte de ese proceso.
El zumbido actual permite poner límites a criaturas que podrían haber existido hace 13.000 millones de años
Aquí entra en juego la nueva investigación. Ghodla e Ilie modelaron cómo evolucionaría una población de agujeros negros nacidos de estrellas oscuras y con qué frecuencia sus descendientes acabarían formando enormes sistemas binarios y fusionándose.
Sus cálculos muestran que, si estas semillas aparecieron con una densidad aproximada de 10⁻³ por megapársec cúbico, los agujeros negros derivados de ellas podrían realizar una contribución dominante al fondo de ondas gravitacionales que observan actualmente los pulsar timing arrays.
Hay además un límite interesante: fabricar demasiadas semillas produciría más ondas gravitacionales de las que realmente vemos. El trabajo estima que densidades del orden de 10⁻¹ semillas por megapársec cúbico o superiores empezarían a sobreproducir la señal.
Es decir, un fenómeno detectado miles de millones de años después puede utilizarse para averiguar cuántos agujeros negros gigantes pudieron existir en la infancia del cosmos.
No hemos descubierto todavía ninguna estrella oscura
La hipótesis sigue teniendo una enorme advertencia. Nunca se ha confirmado la existencia de una estrella oscura. Incluso algunos objetos extremadamente distantes observados por Webb han sido propuestos como candidatos, pero las interpretaciones convencionales (galaxias y estrellas normales) siguen siendo posibles.
Tampoco sabemos con certeza qué produce todo el fondo gravitacional de nanohertz. NANOGrav señala que sus características encajan ampliamente con poblaciones de agujeros negros supermasivos binarios de entre unos 100 millones y 10.000 millones de masas solares, aunque todavía existen incertidumbres y explicaciones alternativas.
Eso es precisamente lo fascinante del nuevo trabajo. No afirma haber encontrado estrellas oscuras. Propone algo mucho más extraño: que podríamos buscar sus huellas sin verlas jamás.
Las primeras estrellas hipotéticas alimentadas por materia oscura podrían haber muerto hace más de 13.000 millones de años. Sus agujeros negros habrían crecido, encontrado otros agujeros negros y formado sistemas binarios durante toda la historia cósmica. Y ahora, utilizando estrellas de neutrones como relojes ultraprecisos repartidos por nuestra propia galaxia, podríamos estar escuchando el eco de aquella historia en pequeñas vibraciones del espacio-tiempo que todavía atraviesan la Tierra.