Hay distancias que todavía podemos imaginar. La Luna está a unos días de viaje. Marte, a meses. Júpiter, a años de planificación. Pero Voyager 1 ya pertenece a otra categoría: la de los objetos que no se comunican con la Tierra en tiempo real, sino casi como si enviaran cartas desde otra época.
La sonda fue lanzada por NASA el 5 de septiembre de 1977 y, casi medio siglo después, sigue funcionando. No como antes, no con todos sus instrumentos, no con margen de sobra. Pero sigue viva. Según NASA, Voyager 1 se convertirá el 18 de noviembre de 2026 en el primer objeto fabricado por humanos situado a un día luz de la Tierra: una distancia desde la que la luz, y por tanto una señal de radio, tarda 24 horas en llegar.
Ese dato convierte cualquier comunicación en un ejercicio de paciencia extrema. Una orden enviada desde la Tierra tarda casi un día en alcanzar la nave. La respuesta tarda casi otro día en volver. En la práctica, cada intercambio completo se acerca a las 48 horas. No hay margen para improvisar, corregir en directo o “reiniciar y probar otra vez” como si fuera una misión cercana. A Voyager 1 se le habla, literalmente, hacia la oscuridad.
Una nave que ya salió de la burbuja del Sol
Voyager 1 no solo es famosa por estar lejos. Lo importante es dónde está. En 2012 cruzó la heliopausa, la frontera donde la influencia directa del viento solar cede frente al medio interestelar. NASA la considera el primer objeto humano en alcanzar el espacio interestelar, aunque aclara un matiz importante: eso no significa que haya salido por completo del Sistema Solar en sentido gravitacional, porque todavía tardará siglos en llegar a la nube de Oort y decenas de miles de años en atravesarla.
Esa diferencia importa. Voyager 1 ya está fuera de la burbuja de partículas y campos magnéticos generada por el Sol, pero no fuera de todo lo que pertenece al dominio gravitatorio solar. Dicho de otra forma: dejó atrás la “atmósfera” del Sol, pero no todo su territorio.
Desde allí, sus mediciones son únicas. NASA recuerda que Voyager 1 y Voyager 2 son las únicas naves lo bastante lejos como para estudiar directamente esa región. No hay otra estación meteorológica enviada por la humanidad al espacio interestelar. No hay otra máquina tomando datos desde más allá de la heliosfera.
Le quedan dos instrumentos encendidos
La misión actual es casi una negociación permanente con la escasez. Voyager 1 fue lanzada con 10 conjuntos de instrumentos científicos, pero la mayoría ya fueron apagados para ahorrar energía. Según la ficha técnica de NASA, hoy permanecen activos el magnetómetro y el subsistema de ondas de plasma. El primero mide campos magnéticos; el segundo estudia ondas de plasma mediante las largas antenas de la nave.
El último sacrificio llegó en abril de 2026. NASA informó que el Laboratorio de Propulsión a Chorro envió comandos para apagar el instrumento de partículas cargadas de baja energía, conocido como LECP, después de casi 49 años de funcionamiento. La decisión no fue científica, sino energética: la nave se está quedando sin margen eléctrico y cada sistema encendido cuenta.
El dato tiene algo de melancólico. El LECP llevaba décadas midiendo iones, electrones y rayos cósmicos, incluida información clave sobre el medio interestelar. Pero en esta etapa de la misión ya no se trata de mantener todo vivo. Se trata de elegir qué puede seguir respirando un poco más.
La “batería” no es una batería

La comparación con una batería de coche sirve para imaginar lo poca energía que queda, pero técnicamente no es exacta. Voyager 1 no funciona con una batería convencional, sino con tres generadores termoeléctricos de radioisótopos, o RTG. Estos dispositivos convierten en electricidad el calor producido por la desintegración del plutonio-238. No tienen paneles solares, porque a esa distancia el Sol ya no es una fuente útil de energía.
Según NASA, los RTG de las Voyager seguían funcionando de forma estable en 2023 con una potencia de 225 vatios eléctricos. La misma agencia explica que ambas sondas pierden alrededor de 4 vatios de potencia al año, una caída pequeña si se mira en un solo año, pero enorme después de casi cinco décadas.
Esa es la verdadera cuenta regresiva. No una explosión, no un fallo repentino, no un impacto con algo perdido en el vacío. La misión se apagará por agotamiento gradual. Año tras año hay menos energía para instrumentos, calentadores, comunicaciones y sistemas de orientación. NASA ya ha tenido que apagar calefactores e instrumentos para evitar que los márgenes de potencia se vuelvan peligrosamente estrechos.
El problema no es solo comunicarse: es sobrevivir al frío
Mantener una nave viva en el espacio profundo no consiste únicamente en alimentar una antena. También hay que evitar que componentes críticos se enfríen demasiado. NASA explicó que, tras una maniobra rutinaria de giro en febrero de 2026, Voyager 1 registró una caída inesperada de potencia. Si el descenso continuaba, podía activarse el sistema de protección por bajo voltaje y apagar componentes por su cuenta, una recuperación complicada cuando cada comando tarda casi un día en llegar.
Por eso el apagado del LECP le dio a la nave “algo de aire”. NASA estima que esa decisión ofrece alrededor de un año de margen mientras los ingenieros preparan una solución más ambiciosa para ambas Voyager, apodada internamente “Big Bang”, que busca reemplazar varios dispositivos activos por alternativas de menor consumo.
La frase suena grandilocuente, pero la realidad es casi artesanal: ingenieros de 2026 ajustando una nave de los años setenta con una paciencia quirúrgica, a más de 25.000 millones de kilómetros, para robarle unos vatios más al final de la misión.
La frontera de un día luz
El próximo hito no cambiará la física de la nave, pero sí nuestra forma de medirla. Cuando Voyager 1 alcance un día luz de distancia, cada señal tardará 24 horas en cruzar el vacío. NASA da incluso la fecha y hora exactas: miércoles 18 de noviembre de 2026, a las 2:16:07 a.m. PST.
Ningún objeto fabricado por humanos llegó tan lejos. Y aun así, Voyager 1 no va hacia ninguna estrella cercana en una escala humana. NASA calcula que dentro de más de 38.000 años pasará a 1,7 años luz de una estrella tenue llamada AC+79 3888. Para entonces, la sonda llevará muchísimo tiempo en silencio.
Esa es la paradoja de Voyager 1: está cerca de una marca histórica para nosotros, pero sigue estando apenas al comienzo de su viaje cósmico. Para la humanidad, un día luz es una distancia absurda. Para la galaxia, es casi nada.
La misión terminará cuando ya no quede energía suficiente para sostener sus sistemas básicos. Puede que todavía consiga enviar datos durante algunos años. Puede que llegue a la década de 2030 con una señal mínima. O puede que algún fallo inesperado cierre la conversación antes. Por ahora, lo importante es que sigue ahí: una máquina de 1977, con dos instrumentos activos, alimentada por el calor menguante del plutonio, enviando un susurro desde más allá de la burbuja del Sol.
En noviembre de 2026, ese susurro tardará un día entero en llegar. Y seguirá siendo una de las voces más lejanas que hemos conseguido mantener viva.