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Tecnología

La basura espacial ya no siempre cae: se vaporiza sobre nuestras cabezas. Starlink acaba de mostrar el nuevo dilema ambiental de las megaconstelaciones

SpaceX retiró 260 satélites Starlink entre diciembre de 2025 y mayo de 2026 mediante reentradas controladas en la atmósfera. El método ayuda a reducir la basura orbital, pero también abre una pregunta incómoda: qué residuos microscópicos quedan cuando cientos de satélites se queman sobre nuestras cabezas.
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Durante años, la solución más elegante para retirar un satélite viejo parecía ser dejarlo morir en la atmósfera. Nada de piezas flotando durante décadas alrededor de la Tierra, nada de fragmentos capaces de golpear otras naves, nada de basura espacial acumulándose en órbitas cada vez más transitadas. El satélite baja, entra en contacto con capas más densas de aire, se calienta por fricción y se desintegra.

El problema es que esa solución empieza a cambiar de escala. Según un reporte semestral de SpaceX presentado ante la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos, citado por Tom’s Hardware, la compañía retiró 260 satélites Starlink entre diciembre de 2025 y mayo de 2026 mediante reentradas controladas en la atmósfera. De ellos, 176 pertenecían a la primera generación de la constelación y el resto a la segunda. Además, otros 349 satélites fueron dados de baja durante el mismo período y serán eliminados en los próximos meses.

La cifra no describe un fallo masivo. Describe el funcionamiento normal de una megaconstelación. Y ahí está el punto: cuando el sistema está diseñado para renovar hardware de forma constante, la atmósfera deja de ser un último recurso y se convierte en parte de la cadena de mantenimiento.

Quemarlos es mejor que dejarlos arriba, pero no significa que desaparezcan

La basura espacial ya no siempre cae: se vaporiza sobre nuestras cabezas. Starlink acaba de mostrar el nuevo dilema ambiental de las megaconstelaciones
© SpaceX.

SpaceX tiene un argumento fuerte a su favor: retirar satélites de forma controlada reduce el riesgo de basura orbital. En una órbita baja cada vez más llena, dejar objetos muertos durante años sería una mala idea. Starlink opera a baja altura y sus satélites están diseñados para bajar al final de su vida útil, que ronda los cinco años. Según Space.com, a 1 de junio de 2026 había 10.413 satélites Starlink en órbita, de los cuales 10.397 estaban operativos, de acuerdo con el seguimiento del astrónomo Jonathan McDowell.

Ese tamaño obliga a pensar en flotas, no en satélites individuales. Las unidades de primera generación pesan entre 260 y 295 kilos, mientras que los satélites de segunda generación pueden ir de 800 a 1.250 kilos, según los datos recogidos por Tom’s Hardware. Recuperarlos físicamente no es viable, así que la opción práctica es guiarlos hacia una reentrada donde la nave se desintegre casi por completo.

Pero “desintegrarse” no significa “no dejar nada”. Significa que no quedan grandes fragmentos cayendo sobre el suelo. A escala química, el material del satélite no se evapora de la existencia: se transforma, se oxida, se dispersa y acaba mezclándose con capas altas de la atmósfera.

La preocupación está en los metales

La duda ambiental no aparece de la nada. En 2023, investigadores de NOAA publicaron en PNAS un estudio que detectó más de 20 elementos procedentes de reentradas de naves y satélites en partículas de ácido sulfúrico de la estratosfera. Según NOAA, alrededor del 10% de esas partículas estratosféricas mayores de 120 nanómetros ya contenían aluminio y otros metales asociados a la industria aeroespacial, como cobre, litio, plomo, niobio o hafnio.

Ese dato cambia la forma de mirar el problema. Durante mucho tiempo, la contaminación de las reentradas se pensó sobre todo en términos de seguridad: qué fragmentos podían sobrevivir y caer al suelo. Ahora el foco se desplaza hacia lo que no vemos: vapores metálicos y partículas microscópicas que se forman cuando los materiales se queman a gran altura.

La American Geophysical Union fue más lejos en 2024 al resumir un estudio publicado en Geophysical Research Letters. De acuerdo con ese trabajo, la destrucción de un satélite típico de 250 kilos puede generar unos 30 kilos de nanopartículas de óxido de aluminio. El mismo estudio estimó que, cuando las constelaciones planeadas estén completamente desplegadas, las reentradas podrían liberar unas 360 toneladas métricas de óxidos de aluminio al año, una cifra muy superior a los niveles naturales.

El ozono vuelve a entrar en escena

El óxido de aluminio preocupa porque puede participar en reacciones químicas que afectan al ozono estratosférico. No es que un satélite quemado abra un agujero en el cielo al día siguiente. El riesgo es acumulativo, lento y todavía lleno de incertidumbres. Pero precisamente por eso inquieta: las partículas pueden permanecer durante años o décadas antes de descender a capas donde se concentra buena parte del ozono.

Según la AGU, estos óxidos no destruyen directamente el ozono como si fueran un ácido que lo disuelve, sino que pueden catalizar reacciones en las que interviene el cloro. Lo importante es que el catalizador no se consume rápidamente, de modo que una misma partícula puede participar una y otra vez en procesos de destrucción química.

NOAA también subrayó que la influencia real de este nivel de contenido metálico en los aerosoles estratosféricos sigue siendo desconocida. Ese matiz es importante: no estamos ante una certeza cerrada, sino ante una señal temprana de que el sistema puede estar cambiando más rápido de lo que la regulación y la ciencia han tenido tiempo de medir.

La FCC quiere apartar el espacio de algunas revisiones ambientales

La basura espacial ya no siempre cae: se vaporiza sobre nuestras cabezas. Starlink acaba de mostrar el nuevo dilema ambiental de las megaconstelaciones
© Kamphues, ESO/M. Kornmesser.

El debate técnico llega además en un momento regulatorio delicado. La FCC aprobó en enero de 2026 otros 7.500 satélites Starlink Gen2, lo que eleva la autorización total a 15.000 unidades de segunda generación, aunque dejó en suspenso parte de la propuesta mayor de SpaceX. Según Reuters, la agencia también autorizó a la compañía a operar en más bandas de frecuencia y exigió que la mitad de esos satélites esté desplegada antes de diciembre de 2028.

Al mismo tiempo, la propia FCC abrió un procedimiento para modernizar sus reglas ambientales bajo NEPA, la Ley Nacional de Política Ambiental de Estados Unidos. En el texto publicado en el Federal Register, la agencia plantea si las operaciones espaciales deberían quedar excluidas de NEPA al considerarse “actividades extraterritoriales” con efectos ubicados fuera de la jurisdicción estadounidense.

La propuesta ya generó resistencia científica. La American Astronomical Society respondió que esa exclusión no contempla bien impactos que sí pueden manifestarse dentro de la jurisdicción estadounidense, desde contaminación lumínica y radioeléctrica hasta depósitos de vapor metálico en la atmósfera y riesgos asociados a reentradas.

El cielo como infraestructura, no como vacío

La discusión de fondo ya no es si Starlink funciona. Funciona. Tampoco es si las reentradas controladas son mejores que abandonar satélites muertos en órbita. Probablemente lo son. La pregunta es otra: qué ocurre cuando la infraestructura espacial se vuelve tan masiva que sus ciclos normales de mantenimiento empiezan a tener efectos planetarios.

SpaceX no es la única empresa con planes de megaconstelaciones, pero sí es la que más lejos ha llegado. Además, la conversación empieza a mezclarse con una ambición todavía mayor: los centros de datos orbitales. Tom’s Hardware informó recientemente que SpaceX presentó planes para satélites AI1 con cargas de cómputo de unos 120 kW de media y una fábrica Gigasat de 11 millones de pies cuadrados dedicada a producir infraestructura para computación en órbita.

Ahí el problema deja de ser solo Starlink. Si el futuro suma satélites más grandes, más pesados y renovados con frecuencia, la atmósfera podría convertirse en el vertedero invisible de una nueva capa de infraestructura digital.

Por ahora, quemar un satélite en la atmósfera sigue siendo una solución razonable para evitar basura espacial. Lo inquietante es que esa solución fue pensada para objetos relativamente escasos. Starlink está demostrando que el siglo XXI espacial no va de objetos escasos, sino de flotas industriales. Y cuando una industria entera empieza a usar el cielo como zona de descarte, la pregunta deja de ser dónde caen los satélites. La pregunta es qué queda flotando después.

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