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Ciencia

¿Y si el cerebro adolescente ya diera señales? Lo que revela un estudio sobre trastornos alimentarios

Un estudio europeo sugiere que la maduración del cerebro en la adolescencia influye en la aparición de trastornos alimentarios en la adultez. Las imágenes cerebrales y los datos genéticos revelan pistas que podrían permitir una detección temprana de los jóvenes más vulnerables, antes incluso de que aparezcan los primeros síntomas.
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¿Por qué algunos adolescentes desarrollan trastornos alimentarios y otros no? Investigadores de Europa creen haber encontrado parte de la respuesta en el cerebro. Un nuevo estudio con seguimiento durante casi una década apunta a que la maduración cerebral —junto a la genética y la salud mental— juega un papel clave en la formación de hábitos alimentarios poco saludables.

Entre el cerebro, la genética y los hábitos

¿Y si el cerebro adolescente ya diera señales? Lo que revela un estudio sobre trastornos alimentarios
© Unsplash – Meg.

Publicado en Nature Mental Health, el estudio analizó a casi 1.000 adolescentes europeos de entre 14 y 23 años, observando tanto sus hábitos como su desarrollo cerebral. A través de resonancias magnéticas y análisis genéticos, los científicos identificaron tres patrones: comedores sanos, restrictivos y emocionales.

Los comedores restrictivos limitaban la comida por cuestiones de imagen, mientras que los emocionales respondían al malestar con atracones. Lo más llamativo fue que los adolescentes con síntomas de ansiedad, depresión o problemas de atención a los 14 años tenían muchas más probabilidades de desarrollar trastornos alimentarios nueve años después.

Este comportamiento también se asoció con un mayor riesgo genético de obesidad, y con un índice de masa corporal elevado, independientemente del entorno familiar o escolar.

Lo que las resonancias delatan antes de los síntomas

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© Unsplash – yan kolesnyk.

Más allá del entorno y la genética, el desarrollo cerebral surgió como un predictor clave. Los adolescentes que a los 14 años mostraban menos madurez en el córtex prefrontal y el cerebelo —zonas ligadas al control de impulsos y el apetito— tenían mayor tendencia a desarrollar hábitos nocivos con la comida hacia los 23.

Según los investigadores del King’s College de Londres, estas diferencias cerebrales aparecen incluso antes de que se manifiesten los síntomas. Esto abre una puerta prometedora para detectar casos de riesgo de forma temprana y prevenir el desarrollo de trastornos.

El equipo busca ahora extender el estudio más allá de los 20 años, con la esperanza de construir herramientas de intervención más precisas, basadas en el perfil neurobiológico de cada joven. Como concluye la autora principal, Sylvane Desrivières, entender el cerebro podría ser clave para cuidar también la relación que los jóvenes tienen con la comida.

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