Con el paso del tiempo, El camino se ha consolidado como una obra fundacional del cine turco moderno y como un testimonio irrepetible de resistencia artística. No solo es una gran película; es también la prueba de hasta dónde puede llegar el cine cuando se convierte en una forma de supervivencia.
Un cineasta incómodo para el poder
Hijo de campesinos, Güney alternó desde joven su pasión por el cine con la literatura, la economía y el derecho. En 1961, una novela le valió su primera condena por presunta propaganda comunista. Tras 18 meses en prisión, regresó a la industria como actor y llegó a participar en cerca de medio centenar de películas, lo que le permitió dar el salto definitivo a la dirección.
Su vida dio un giro dramático tras un incidente ocurrido en un salón de música local que acabó con la muerte de un joven juez. Güney fue acusado del crimen, aunque el juicio siempre estuvo rodeado de dudas: identificación del arma sin verificación, testimonios contradictorios y una clara voluntad política de apartar a un cineasta incómodo. Güney siempre se declaró inocente.
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El vía crucis carcelario de Yılmaz Güney
Gracias a su enorme popularidad, Güney disfrutó de una situación relativamente segura dentro de la prisión. Allí pudo ver películas y, como él mismo afirmaba, llegó a sentirse más protegido que en libertad. Durante su encarcelamiento escribió tres guiones, dos novelas y numerosos artículos para medios nacionales e internacionales.
Fue también en prisión donde empezó a gestarse El camino. Inspirándose en los relatos de sus compañeros de celda, Güney construyó la historia de cinco presos en libertad condicional que regresan a sus hogares para enfrentarse a dramas personales que reflejan las heridas profundas de una Turquía oprimida por la dictadura militar y por tradiciones arcaicas.
Rodar desde una celda
La producción de El camino se desarrolló entre enero y agosto de 1981 mientras Güney seguía encarcelado. El rodaje fue dirigido a distancia a través de su asistente de máxima confianza, Şerif Gören, quien se encargó de ejecutar en el set las detalladísimas instrucciones del cineasta.
El guion, de más de 150 páginas, estaba minuciosamente planificado. Güney y Gören pasaron tres días juntos resolviendo dudas antes del rodaje y luego mantuvieron contacto constante por correo. Solo en una ocasión las autoridades permitieron a Güney salir para visitar una localización clave: el paisaje nevado del episodio de Seyit Ali.
Paradójicamente, el régimen colaboró parcialmente con la producción, creyendo que la película podría retratar positivamente sus políticas. Los soldados que aparecen en pantalla, de hecho, son militares reales. Las limitaciones técnicas obligaron a rodar la película prácticamente muda, lo que convirtió la sala de montaje en un espacio creativo crucial.
Fuga, montaje y victoria
En 1981, con la ayuda de amigos, Güney logró escapar de prisión. El negativo de la película fue sacado clandestinamente de Turquía y enviado a Suiza, donde el director pudo completar el montaje entre octubre de 1981 y mayo de 1982. El doblaje se realizó en Francia, en condiciones de absoluto secreto, utilizando actores kurdos localizados en el Institut Kurde de París. Güney incluso prestó su propia voz a algunos personajes.
El paralelismo con cineastas perseguidos como Jafar Panahi resulta evidente: el cine como acto de resistencia frente a la censura.
Contra todo pronóstico, El camino llegó a Cannes y ganó la Palma de Oro. El propio Güney explicaba en El País la persecución que había sufrido:
“He sufrido varias detenciones… aunque nunca pudieron probar mi culpabilidad, fui condenado a dieciocho años de cárcel. Pero esto no detuvo mi actividad cinematográfica: dibujaba plano a plano mis guiones, hablaba con los actores y daba instrucciones muy precisas a mis ayudantes”.
Un grito desde lo más hondo
El camino es, en esencia, una radiografía devastadora de Turquía: la opresión del Estado, la violencia de las costumbres, la desigualdad, la discriminación y la falta de libertad individual. La película fue prohibida en su país y todavía hoy resulta difícil encontrarla sin censura.
Durante su exilio, el gobierno turco revocó la ciudadanía de Güney y un tribunal lo condenó a 22 años adicionales de prisión. Aun así, el cineasta logró rodar en Francia su última película, El muro (Duvar), centrada en las brutales cárceles juveniles de su país.
Yılmaz Güney murió en París en 1984, a los 47 años, víctima de un cáncer. Dejó tras de sí una filmografía breve pero incendiaria y una de las historias más extraordinarias del cine mundial: la de un hombre que, incluso desde una celda, fue capaz de dirigir una obra maestra y ganar Cannes.
Fuente: Espinof.