Lo habrás oído más de una vez: si tienes un problema, consúltalo con la almohada. La expresión hace referencia a que cuando estamos atascados con un problema o dudamos mucho sobre algo en concreto, lo mejor es dormir, acostarse dándole vueltas al problema y al día siguiente lo veremos todo algo más claro.

Aunque no acabamos de entender al 100% los mecanismos fisiológicos detrás del fenómeno, la cuestión es que la expresión es completamente cierta: dormir con un problema en la cabeza suele dar un ángulo distinto en el que se encuentra, muy a menudo, la solución.

Antes de dormir

Pero ¿Por qué ocurre? Algunos de los principios detrás de ello son los mismos que ya hablamos cuando explicamos por qué se nos ocurren buenas ideas cuando estamos en la ducha. Básicamente, cuando nos entra somnolencia en los momentos previos antes de dormir entramos en un estado de relajación y las ondas alfa inundan el cerebro.

Las ondas alfa hacen que abandonemos el estado natural de la consciencia a lo largo del día. Las múltiples ideas, sensaciones y estímulos poco a poco se van acallando hasta que sólo quedan unos pocos hilos activos en el cerebro, normalmente los que nuestra percepción aprecia como más relevantes, apremiantes o preocupantes.

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¿Alguna vez has notado cómo justo antes de dormir aparecen con más fuerza los pequeños problemas del día a día? Los problemas amorosos, en el trabajo o los debidos a una enfermedad, siempre parecen peores de lo que son justo antes de dormir. Y no es que sean más o menos graves, es que simplemente les estamos prestando un porcentaje más elevado de nuestra atención, que es un recurso limitado. Eso hace que los percibamos de manera distinta.

Mientras dormimos

Pero vayamos a la parte del sueño propiamente dicha. Como ocurría en el ejemplo de la ducha, varios experimentos prueban que nuestro cerebro asocia mejor las ideas cuando no estamos pensando activamente en ellas. Dicho de otro modo, y aunque suene paradójico, si le das mil vueltas a un problema lo más probable es que nunca encuentres la solución. En su lugar, es mucho más efectivo dejar que el problema repose y nuestro cerebro trabaje en segundo plano en ello.

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Hay un buen número de descubrimientos científicos que han tenido lugar gracias a este fenómeno. Mendeléyev afirma que dio con la tabla periódica después de una buena siesta, lo mismo Friedrich August Kekulé con la estructura química del benceno. A Otto Lowei, y su papel en el descubrimiento de la acetilcolina, le valió un Nobel de Medicina. Mary Shelley y Rober Louis Stevenson también afirmaban que Frankenstein y Dr Jekill y Mr Hyde, respectivamente, son historias producto de un sueño. Según una psicóloga de la Universidad de Harvard, Deirdre Barret, el sueño es en realidad una forma distinta de pensamiento, nada más.

Una forma que nuestra parte consciente no es capaz de interpretar porque está atada a las leyes de la lógica. De hecho mientras dormimos, el córtex prefrontal, que es una parte de la materia gris asociada con la toma deliberada de decisiones y las acciones lógicas, permanece relativamente inactiva. En su lugar, se activan otras áreas como las correspondientes a la creatividad y al pensamiento ilógico.

¿Por qué funciona consultarlo con la almohada?

Los sueños son de hecho, y en esencia, proceso creativo puro. La capacidad para inventar historias o situaciones que aunque no tienen mucha lógica (parte de la explicación por la cual los olvidamos tan rápidamente, porque la parte lógica del cerebro no puede interpretarlos bien) están casi siempre relacionados con algo que nos haya ocurrido durante el día.

Ahí es donde entra la parte de la resolución de problemas. Si algo nos ha tenido preocupados durante el día, muy probablemente y aunque no lo recordemos aparecerá durante la noche en forma de sueño. Y puesto que el cerebro no está pensando de manera casi obsesiva en ese problema (como nos suele ocurrir durante el día), puede suceder que de manera aleatoria empiece a asociar ideas, relaciones y procedimientos entre las distintas partes del problema encontrando eventualmente la solución.

El sueño juega un papel fundamental en el aprendizaje, y de hecho durante la infancia y la juventud es clave en la asimilación y aprendizaje de conocimientos. ¿Por qué? Volvemos a lo mismo: porque durante el sueño el cerebro se encarga de asociar, entrelazar y relacionar esos contenidos entre sí, muy a menudo incluso creando sueños a partir de esos conocimientos. Esas asociaciones parten del hecho de que no son lógicas, y por tanto la mente tiene que tomar otros caminos, otras vías no exploradas.

No tenemos muy claro, eso sí, por qué nuestro cerebro parece centrarse de manera más activa en los pensamientos que nos rondan la cabeza justo antes de dormir. Puede estar relacionado con el hecho de los pensamientos más relevantes (y por tanto más susceptibles de ser soñados) son los que tienen más posibilidad de aparecer en nuestra consciencia en esos momentos previos al sueño. Un experimento realizado por William Dement a mediados del siglo XX consistió en entregar a diversos voluntarios un rompecabezas en el que tenían que pensar en los 15 minutos previos antes de dormir. Para su sorpresa, la mayoría lo había resuelto en sueños y tenían la respuesta al día siguiente.

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Lo que queda claro, con todo, es que obsesionarse una y otra vez con un problema durante el día no suele llevar a ningún lado y que si queremos, en cambio, que sean nuestros sueños los que se encarguen del asunto, lo más efectivo es darle un par de vueltas justo antes de dormir. Y esperar a la mañana siguiente.

Imagen: Image Point Fr /Spectral-Design/Shutterstock.

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