Imagen: Nikola Tesla. Dickenson Alley

Cuando el 7 de enero de 1943 fallecía Nikola Tesla se abrieron un gran número de interrogantes. Si hubo un avance del que las grandes potencias estaban pendientes, ese era sin duda la posibilidad de que el genio de Tesla tuviera entre los papeles alguna información o datos que convirtieran en realidad el arma de destrucción masiva definitivo. Hablamos de Tesla y su “rayo de la muerte”.

De las biografías y documentación del propio Tesla una cosa queda bastante clara. Su carácter un tanto huraño o incluso antisocial permitió que a lo largo de su vida y tras su muerte corrieran tintas de noticias, misterios y teorías sin verificar. Si analizamos las extensas obras y documentos que existen sobre el personaje da la impresión de que muchos de los inventos que no logró materializar son, todavía hoy, un gran interrogante.

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Si a esto le sumamos que tras su muerte el FBI se hizo con el material y documentos en poder de Tesla, tenemos una historia abierta a mil hipótesis. Se sabe que el propio FBI creó tras su muerte un informe y también se sabe que algunos de sus inventos, acabados o en desarrollo, se mantuvieron hasta el día de hoy guardados bajo llave.

Uno de ellos sin duda es ese “rayo de la muerte” que jamás vio la luz y del que nunca sabremos hasta que punto una maquinaria militar de ahora o del futuro habrá “bebido” de las fuentes de Tesla. Lo que si sabemos es su historia. La teoría de Tesla y el desarrollo que le dio en vida, incluso hoy sabemos porque ese rayo jamás vio la luz. Todo comenzaría en 1901.

Al principio fue Wardenclyffe

Imagen: Torre Wardenclyffe en 1904. Wikimedia Commons

Varias décadas atrás, a comienzos del siglo XX, Tesla ponía todo su empeño sobre la conocida como Torre Wardenclyffe (o Torre Tesla), una torre-antena de telecomunicaciones inalámbricas jamás vista hasta entonces. Una construcción pionera desarrollada para la telefonía comercial transatlántica, retransmisiones de radio y con el fin de demostrar la transmisión sin cables conectores.

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Una estructura de 30 metros de alto que jamás llegó a ser del todo operativa, principalmente y como le ocurrió en muchas ocasiones al genio, por falta de inversión y problemas financieros. Y es que tras la inversión inicial del banquero J.P. Morgan, el hombre que ofreció el dinero (150.000 dólares iniciales) para la construcción de la torre, dejó a Tesla a mitad del proyecto boicoteando cualquier posible inversión. Warden estaba enfurecido por la falta de rendimiento económico, así que la torre quedaría para la posteridad como un invento cuyas primeras pruebas fueron un rotundo éxito sin financiación posterior.

Más tarde llegaría el golpe definitivo al invento pionero. Tesla acaba perdiendo la propiedad del terreno durante la Primera Guerra Mundial y la torre acaba destruida. Existen varias teorías acerca de la razón, aunque el rumor más extendido fue que su construcción podía servir como punto de referencia a submarinos alemanes.

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Moría el gran proyecto de Tesla, pero en su interior había desarrollado muchísimas ideas que pensaba plasmar. Allí fue donde el hombre ideó un arma que, contrario a lo que muchos piensan, podría servir como medio para lograr la paz.

Teoría del Teleforce o “rayo de la muerte”

Imagen: NoPainNoGain / Shutterstock

El invento partía de lo que Tesla denominó como Teleforce, a su vez y según el propio Tesla, concebido después de estudiar el generador de Van de Graaf, una máquina electrostática que hace uso de una cinta móvil para acumular grandes cantidades de carga eléctrica en el interior de una esfera metálica hueca. Con el generador se podrían aplicar la producción de rayos X o experimentos de física de partículas y física nuclear.

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Aunque lo importante para el gran público (y sobre todo para los cuerpos militares) es el enunciado de Nikola Tesla tras la teoría. El desencadenante de que hoy estemos hablando de este potente artefacto es que según el inventor, estamos ante un arma que sería capaz de ser utilizada contra toda una infantería de tierra o con fines antiaéreos, un arma donde “será posible destruir cualquier cosa que esté en un radio de 300 kilómetros”. El sueño bélico de, por ejemplo, Estados Unidos.

Imagen: Demostración de transmisión inalámbrica de energía durante su presentación de 1891. WC

Entre las décadas de 1920 y 1930 existieron, además de Tesla, otros inventores como el mismo Marconi, Matthews o Edwin R. Scott que afirmaban haber inventado el arma. En 1923 Edwin R. Scott decía ser el primero en desarrollar un rayo de la muerte con la capacidad de destruir incluso aviones a gran distancia. Scott afirmaba que trabajó una década en el artefacto. Un año después aparecía Harry Matthews tratando de vender a la British Air Ministry lo que definía como un rayo de la muerte. Lo cierto es que ninguno de ellos fue capaz de mostrar un modelo de funcionamiento.

Luego llegaría Tesla a comienzos de la década de 1930. El genio afirmaba haber inventado el “rayo de la muerte” bajo el nombre de teleforce y mantuvo hasta el final de sus días la reivindicación de tal logro. Antes, a mediados de la década de 1910, el inventor ya había hablado de un arma que marcaría el principio y el fin de las guerras tal y como se conocían hasta entonces. Tesla hablaba del fin de la pólvora por unos conflictos bélicos marcados por la electricidad, lugar donde “su” cañón sería el arma definitiva. Con el tiempo el inventor iba ofreciendo más claves de su invento, momento en el que los medios agrandaban la figura del artefacto de Tesla.

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Fueron años, tras la caída de la Torre Wardenclyffe, donde Tesla siempre vivió a caballo entre su gran genio e inventiva y sus problemas económicos. Tras el fracaso que supuso el derrumbe de la torre siempre buscó una manera de conseguir ese rayo de partículas que junto a una torre (o un aerostático) tuviera grandes implicaciones. Así que pasó a imaginarse el invento con implicaciones militares. La idea era conseguir que algún departamento aceptara el proyecto que tenía en su cabeza. Esta fue la razón de que su retórica y esfuerzos a partir de entonces fueran dirigidos al servicio de los militares. Así podemos entender como en 1934 describía de esta manera su funcionamiento y la razón de su construcción durante una entrevista a los medios:

Hasta ahora, todos los dispositivos que se podía utilizar para la defensa también podían usarse en aras de la agresión. Esto anulaba el valor de hacer mejoras con el propósito de la paz, Yo he tenido la suerte de desarrollar una idea nueva y de perfeccionar medios que se pueden utilizar principalmente para la defensa. Si se adopta, revolucionará las relaciones entre naciones. Hará que cualquier país, grande o pequeño, sea inexpugnable a los ejércitos, los aviones y otros medios de combate. Mi invento requiere un gran maquinaria, pero una vez conseguida será posible destruir cualquier cosa.

Este invento mío no contempla el uso de ningún denominado “rayo de la muerte” como tal. Los rayos no son pertinentes porque no se pueden producir en las cantidades requeridas y porque con la distancia disminuyen rápidamente de intensidad. Ni toda la energía de la ciudad de Nueva York transformada en rayos y proyectada a 30 kilómetros podría matar a un ser humano porque, de acuerdo con una bien conocida ley de la física, se dispersaría en tal medida que no sería eficaz

Mi aparato proyecta partículas que pueden ser relativamente grandes o de unas proporciones microscópicas, lo que nos permitiría transmitir a un área pequeña situada a gran distancia billones de veces más energía de la que es posible trasladar con rayos de otro tipo. De esta forma se pueden transmitir miles de caballos de vapor a través de una corriente más delgada que un pelo, así que nada se puede resistir. Esta característica maravillosa hará posible, entre otras cosas, conseguir en el campo de la televisión resultados con los que jamás se ha soñado, porque no habrá límites para la intensidad de la iluminación, el tamaño de la imagen o la distancia de la proyección.

No hay que olvidar que aunque el slogan para venderlo tiene un claro carácter bélico, en la mente de Tesla estaba por encima de todo el valor científico del mismo. De ahí esa alusión a la posibilidad de construir un arma que iguale a todas las naciones, razón por la que argumenta que nadie podría enfrentarse porque todos cuentan con las mismos recursos. Tesla llegó a pensar que una vez finalizado el artefacto, si se lo entregaba a cada nación, todas serían inexpugnables a las invasiones.

Obviamente y fijándonos en la historia, cuesta creer que la idea de “paz” fuera a ocurrir en realidad. Lo cierto es que Tesla fallecía años después, en 1943, sin que su teleforce viera la luz. Muchos de su proyectos científicos quedarían en manos del FBI, quién en 1947 declaró algunos contenidos de los documentos de Tesla como “extremadamente importantes”.

¿Por qué Tesla no pudo desarrollar el rayo de la muerte?

Imagen: Tesla frente a la espiral de la bobina de su transformador de alto voltaje. Wikimedia Commons

Para acabar y si han llegado hasta aquí seguro que se lo pueden imaginar. Queda una última clave por resolver. Si Tesla tenía tan claro que podía desarrollar el teleforce, ¿cuál fue la razón de qué jamás fuera posible? La respuesta es la misma a muchas de las geniales ideas que tuvo en vida. Tesla se pasó sus últimos años anunciando esa posibilidad y a pesar del interés de los medios, quienes fueron los que acuñaron ese término maldito de “rayo de la muerte”, la financiación fue en última instancia la que hizo imposible su realización. Así quedaría constancia en la siguiente carta de 1934 enviada por un Tesla apasionado a Samuel Kintner (de Westinghouse Electric) en respuesta al rechazo de su proyecto:

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Mi querido señor Kintner,

Me complació mucho que expusiera usted el asunto ante el señor Merrick, pues descubrí, después de pensarlo cuidadosamente y hacer muchos números, que habría implicado mucho dinero llevar a cabo mi propuesta, la cual hice a usted sin pensarlo, estimulado por el placer de nuestro encuentro y por su cálida acogida. La gente de Westinghouse tuvo un gesto muy amable y yo quería dirigirme a ellos con el mismo espíritu y que fueran ellos quienes tuvieran la primera oportunidad sobre los descubrimientos que, honradamente, creo que van a ser más importantes que cualquiera de los registrados en la historia de la invención.

He buscado a tientas durante años, intentando encontrar alguna solución al problema más acuciante de la humanidad –el de asegurar la paz- y, poco a poco, he llegado al medio ideal para este fin. Pues este ofrecerá a cada país una protección perfecta sin proporcionar un nuevo instrumento de ataque. La Conferencia de Paz Internacional insistirá en que se adopte de forma inmediata y universal, pues en tanto en cuanto los países estén protegidos de manera perfecta, las invasiones estarán aseguradas.

He anotado su sugerencia, pero no sé cómo llevarla a cabo. Esté seguro, con todo, de que siempre tendré a su gente en alta estima y de que si alguna vez está en mi poder promover sus intereses, no ahorraré esfuerzos en hacerlo.

El escepticismo de su experto era de esperar. Probablemente, se halla bajo la influencia de las engañosas ideas modernas y, cuanto más capacitado esté, más propenso será a equivocarse. Pero yo he demostrado todos los principios implicados y voy a continuar adelante con toda mi confianza, que es algo que ni todos los expertos del mundo podrían socavar.

A su servicio,

Nikola Tesla.

En el momento de su muerte Tesla se había acercado sin éxito a muchas otras compañías para finalmente acabar tocando las puertas de gobiernos de numerosos países aliados (como Reino Unido) con el único fin de llevar a buen puerto Teleforce. Todos renunciarían al proyecto debido a la gran inversión.


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