Es probable que te hayas hecho la pregunta una vez: ¿El color que yo percibo como rojo es exactamente igual al que perciben el resto de personas? La respuesta corta: no. La respuesta larga: depende de lo que definamos como percepción del color y de factores tan diversos como nuestro sexo.

O dicho de otro modo, el chascarrillo recurrente de que las mujeres son capaces de percibir más colores que los hombres y además darles nombres tan diversos como "azul cielo", "azul celeste", "verde botella" y "rojo burdeos" tiene una parcial explicación científica (y como todo, también otra psicológica).

El hecho tiene que ver con cómo percibimos, a nivel neurológico, los colores. La retina está formada por dos tipos de células distintas: bastones, que distinguen gradaciones del gris (y por suerte más de 50) y los conos, que distinguen el rojo, el azul y el verde. Combinados, hacen que podamos distinguir 2,3 millones de colores.

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Lo consiguen gracias a unos pigmentos localizados en la célula, que reaccionan ante el la longitud de onda de cada color, y en el caso de algunas mujeres estas tienen un fotopigmento extra, lo que les permite percibir una gama de colores mucho más sutil que está vedada al resto de mortales. Es el llamado tetracromatismo.

El color no existe

Estamos entrando en un terreno algo más filosófico pero la realidad es que el color, como tal, no existe. Es una invención del cerebro, del ser humano. Lo que llega a esos bastones de la retina no son más que diferentes longitudes de onda electromagnéticas. Una vez esa señal llega al cerebro y se interpreta es este el que se encarga de asociarle una sensación (que de hecho es quizá la mejor manera de definir el color, como una sensación).

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El cerebro es, en esencia, una máquina de interpretar estímulos y asociarlos a sensaciones determinadas. Cuando esas sensaciones se mezclan, normalmente de manera congénita, se produce la sinestesia. Un sinéstata normalmente ve los colores asociados a un número, por ejemplo, y viceversa, aquí se explica bastante bien. Algo parecido a lo que sucede en la mayoría de los casos con el olor y el sabor pero llevado a un extremo. Por ejemplo:

Alguien con sinestesia percibirá la imagen da la derecha de manera muy parecida a la de la izquierda (parecida, varía según cada persona) y será capaz de diferenciar el patrón oculto en la imagen, un triángulo. Es por esto que, clínicamente, los sinéstatas son personas normalmente mucho más creativas que el resto.

Yendo, sin embargo, hacia el punto de vista estrictamente biológico, la realidad es que aunque nadie percibe los colores de manera idéntica, si tomamos en cuenta la genética podemos deducir que tiene que ser relativamente parecido. Parecido pero variable al mismo tiempo, cuando se analiza las variaciones que presenta el gen único que codifica una proteína sensible al rojo, este presenta 85 variantes, el triple de lo normal.

Pero lo más curioso es que da igual, no hay manera de saber a ciencia cierta las diferencias sutiles con los que cada persona aprecia el color, algo que tiene que ver bastante con el conductismo. Este test, aunque indicado en principio para detectar algún tipo de deficiencia en la percepción del color, puede servir para hacerse una idea. La realidad percibida no es única sino subjetiva y además no importa mientras el elemento definitorio sea común (todos llamamos "rojo" a lo mismo, más o menos).

Imagen: Tischenko Irina/Shutterstock

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