En algunas regiones del norte de China, los científicos están intentando recuperar el desierto sin comenzar por plantar árboles. Su estrategia consiste en introducir microorganismos capaces de sobrevivir donde prácticamente nada crece, formar una capa protectora sobre la arena y preparar el terreno para que otras especies puedan establecerse. Lo sorprendente es que estos organismos pertenecen a uno de los linajes más antiguos de la Tierra.
Se trata de las cianobacterias, bacterias fotosintéticas con una historia evolutiva que se remonta a miles de millones de años. Su capacidad para utilizar la luz solar y producir sustancias que mantienen unidos los granos de arena las ha convertido en una herramienta prometedora contra la desertificación.
Ahora, una investigación de la Academia China de Ciencias ha revelado un detalle que podría mejorar enormemente esta tecnología: las bacterias no trabajan de manera aislada, sino que establecen complejas relaciones con otros microorganismos para sobrevivir a los cambios extremos del desierto.
El estudio, publicado en ISME Communications el 4 de septiembre de 2026 y difundido por la institución el 29 de octubre, permite comprender mejor cómo se forman y mantienen las costras biológicas que estabilizan la arena.
Una capa de bacterias puede hacer que la arena deje de desplazarse con el viento

El problema de los desiertos arenosos no es únicamente la falta de agua. También está relacionado con la inestabilidad del terreno. Cuando el viento desplaza constantemente los granos, las semillas tienen dificultades para germinar y las raíces jóvenes no encuentran una superficie donde establecerse.
Las cianobacterias pueden modificar esa situación. Algunas especies desarrollan filamentos microscópicos y liberan sustancias pegajosas que unen las partículas minerales, formando una cubierta conocida como costra biológica del suelo.
Esta capa reduce la erosión, favorece la retención de humedad y participa en los ciclos de nutrientes. Con el tiempo, puede facilitar la llegada de musgos, líquenes y vegetación, aunque eso no significa que el desierto se convierta automáticamente en tierra agrícola.
Un estudio anterior del Instituto de Ecología y Geografía de Xinjiang incluso mostró cómo determinadas cianobacterias construyen estructuras microscópicas que les permiten desplazarse hacia la superficie cuando aumenta la humedad y reforzar la unión entre los granos de arena.
El nuevo descubrimiento: las bacterias necesitan trabajar en equipo para sobrevivir
Hasta ahora, una de las principales dificultades era comprender por qué algunas comunidades microbianas conseguían mantenerse activas mientras otras desaparecían cuando cambiaban las condiciones ambientales.
Para investigarlo, un equipo dirigido por Hu Chunxiang y Li Hua realizó experimentos en el desierto de Hobq, en Mongolia Interior. Los científicos introdujeron cianobacterias del género Konicacronema y siguieron su desarrollo durante un ciclo anual, analizando tanto su composición genética como la actividad de sus proteínas.

Los resultados revelaron que diferentes grupos de cianobacterias asumían distintas funciones según la estación del año. Algunas impulsaban la formación inicial de la costra, mientras que otras aumentaban su actividad durante los periodos de mayor estrés ambiental. Además, descubrieron que las bacterias fotosintéticas recibían aminoácidos, vitaminas y otros compuestos de microorganismos asociados. Esta cooperación resultó fundamental para explicar cómo se acumulaba carbono microbiano en el suelo.
China quiere extender esta tecnología a miles de hectáreas de desierto
Los hallazgos llegan mientras China desarrolla otras técnicas para acelerar la restauración de tierras degradadas. En la Estación Experimental del Desierto de Shapotou, situada junto al desierto de Tengger, los investigadores han elaborado una especie de semilla de suelo: una mezcla sólida que contiene cianobacterias y puede distribuirse directamente sobre la arena.
Según la Academia China de Ciencias, una técnica anterior de pulverización consiguió reducir de unos 15 años a uno o dos el tiempo necesario para formar costras biológicas, con tasas de supervivencia superiores al 60%. La versión sólida busca facilitar su transporte y aplicación en zonas de difícil acceso.
El programa prevé intervenir entre 5.333 y 6.667 hectáreas durante los próximos cinco años, aunque esa superficie constituye un objetivo de restauración, no una extensión de suelo fértil ya recuperado.
La investigación de septiembre aporta algo fundamental a estos proyectos: comprender qué combinaciones de microorganismos podrían formar comunidades más resistentes a las sequías, las variaciones de temperatura y otros factores ambientales.
Todavía falta comprobar cómo funcionan estas asociaciones durante periodos prolongados y a gran escala. Sin embargo, la estrategia plantea una posibilidad interesante: en lugar de intentar transformar el desierto únicamente desde la superficie, China está aprendiendo a reconstruir primero la vida microscópica que permite que un suelo se mantenga estable.