Ocurrió hace más de 40 años y nunca estuvimos tan cerca (y tan lejos) de descubrir la realidad que se esconde tras el planeta rojo. Aquel día, el 28 de julio de 1976, fue fascinante en muchos aspectos. A más de 300 millones de kilómetros de nuestro planeta, un brazo robótico estaba a punto de resolver una de las grandes preguntas jamás planteadas por la humanidad. Ese día debíamos estar destinados a resolver la cuestión de una vez por todas y Marte debía ser la respuesta: ¿estamos solos?

Hablamos de la llegada a Marte de la sonda espacial Viking I perteneciente al programa Viking de la NASA. Sucesor de la Mariner 9, lo logrado fue un hito en muchos sentidos. Se trataba de la primera vez en muchos campos, empezando por el primer estudio biológico del planeta y probablemente y en su contexto, en la misión más ambiciosa (y cara) de todas las misiones a Marte.

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Pensemos que el programa y las dos sondas enviadas fueron el comienzo del estudio del planeta que más posibilidades tenía para que un día existiera algo parecido a lo que llamamos “vida”. De hecho, Viking hizo posible a los rovers marcianos que nacieron en los 90.

Y sin duda, con los datos recogidos ese 28 de julio de 1976, nos han acompañado desde entonces una serie de dudas que difícilmente hoy podemos resolver. En 1976 y durante varios segundos, minutos, horas e incluso días estuvimos completamente seguros de que había existido vida en Marte… aunque luego llegaría la controversia.

Viking llegando a Marte

Ilustración de una sonda Viking. Wikimedia Commons

Viking I constaba de una sonda orbital (Viking Orbiter I) y una sonda de aterrizaje (Viking Lander I) prácticamente igual que la posterior Viking II lanzada el mismo año el 9 de septiembre. Las sondas, antes de posarse sobre la superficie marciana, ya habían comenzado con sus trabajos científicos. Por ejemplo durante el descenso. En ese momento se hacía uso de la observación y medición de la atmósfera e ionosfera marciana. Este era el momento en el que entraban en acción tres instrumentos de medición de la atmósfera: RPA, UAMS y LASE.

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Cuando la Viking Lander I se posó por primera vez en Marte, lo primero que hizo fue desplegar el resto de instrumentos a bordo. Para la toma de imágenes de la superficie existían dos cámaras. Para la recogida de propiedades físicas del suelo, dos pares de imanes; para los movimientos sísmicos, tres sismómetros; para las medidas meteorológicas, una anemómetro junto a un sensor de presión.

Finalmente llegaba el instrumentos más terrenal, aquel que nos debía sacar de dudas, el encargado de la recogida de muestras del suelo, nada más (y nada menos) que… una pala. El instrumento se encontraba al final de un brazo robótico (de unos 3 metros) y era el encargado de cavar zanjas alrededor de la sonda.

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¿Cómo? Su funcionamiento partía de dos trabajos. Por un lado trituraba las muestras y por el otro las pasaba por un tamiz. Finalmente las muestras se disponían en diferentes compartimentos para posteriormente estudiarlos y analizarlos.

Lanzamiento del Titan III con la Viking I a bordo. Wikimedia Commons

Por tanto, ahora nos podemos hacer una pequeña idea de ese momento histórico con el que comenzábamos. Viking I había aterrizado en Marte y estaba a punto de tomar una muestra que podría cerrar para siempre la cuestión en cuanto a nuestra situación como terrícolas en el espacio. Si el estudio posterior de la composición obtenida, si los elementos químicos y la identificación de la composición molecular daban positivo, aquello cambiaría la historia para siempre.

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Así fue como la pala pequeña de la Viking I se “inclinó” y tomó un puñado de polvo marciano. Acto seguido lo deposita en el compartimento de la sonda que posteriormente será analizado biológicamente. Esta sección del módulo de aterrizaje de la Viking I albergaría tres experimentos, tres análisis diferentes cuyos resultados deberían proporcionar una respuesta concluyente a la pregunta de si había (o no) vida en Marte en algún momento.

Desgraciadamente, en lugar de ello, las respuestas han atormentado a un mismo hombre. El científico Gibert Levin sueña despierto desde aquella fecha. Su vida se convirtió desde ese momento en una cruzada contra la propia agencia espacial estadounidense. La NASA siempre ha negado la verdad, o al menos, lo que Levin sigue defendiendo que fue la verdad. Según el científico:

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La única conclusión consistente si juntamos todos los hechos conocidos es que la Viking I etiquetó entre los descubrimientos descubiertos microorganismos en el suelo de Marte

Lo cierto es que para contrarrestar a Levin estaba su antiguo compañero Norman Horowitz, quién también trabajaba en otro experimento a bordo de la sonda Viking. Horowitz afirmaba en aquella época que “cuando Levin abre la boca, se burla de sí mismo”. A lo que Levin le replicaba que “en el pasado, pensaron que Galileo estaba equivocado la primera vez también”. ¿Sería Levin el Galileo de la prueba de vida extraterrestre?

Controversia con la muestra

Viking I. Wikimedia Commons

Años antes, en 1968, la NASA había anunciado el proyecto para enviar las dos sondas a Marte. Sin embargo, ocho años antes la Unión Soviética se había “adelantado” con el primer envío de naves, aunque para hacer honor a la verdad de los hechos, ninguna con demasiado éxito. Prácticamente todas desaparecían sin dejar rastro en las profundidades del espacio, aunque la Mars 3 fue la primera en aterrizar en Marte el 20 de julio de 1976 (pocos segundos después se perdió la comunicación).

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En cualquier caso y como vemos, el interés en Marte era, es y será enorme. En aquella época todo giraba en torno al hecho de que, de todos los planetas del sistema solar, Marte era el más parecido a la Tierra. En cuestión de tamaño se encuentra en algún punto entre la Luna y la Tierra, mientras que su masa le permite retener una atmósfera (aunque muy diferente a la de nuestro planeta). No sólo eso, también se encuentra a una distancia favorable del Sol. Por tanto los científicos no tenían ninguna duda, cumplía con todas las condiciones necesarias previas para el desarrollo de formas de vida.

Además y gracias a la labor del excéntrico astrónomo estadounidense Percival Lowell hace un siglo, Marte se había convertido en el espacio más fascinante, el planeta del misterio, y sobre todo, aquel que podía albergar extraterrestres. Todo ello impulsado por los descubrimientos del astrónomo italiano Giovanni Schiaparelli, quién afirmó haber visto a través de su telescopio una red de surcos y canales en Marte. Las teorías del astrónomo evocaban a la idea de cursos de agua creados artificialmente, es decir, de formas de vida inteligente. A través del trabajo del italiano Lowell comenzó la observación intensiva del planeta.

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Y lo cierto es que nunca sabremos lo que el mismo Lowell hubiera visto a través de su telescopio sin Schiaparelli, pero como se vio después, terminó su elaboración de un escenario detallado para la vida en el planeta. Los marcianos habían construido los canales, según Lowell, porque el planeta sufría de una sequía extrema, lo que les obligó a canalizar el agua desde los casquetes polares hasta el ecuador con el fin de regar sus cultivos.

Percival Lowell. Wikimedia Commons

Y así fue como las ideas de Lowell inspiraron a toda una generación de escritores de ciencia ficción para desarrollar historias de lo más imaginativas acerca de la vida en Marte. Sin embargo, a pesar del hecho de que la mayoría de los astrónomos refutaron la tesis de Lowell y no podían distinguir los supuestos canales cuando veían el planeta a través de sus telescopios, la existencia de vida marciana inteligente quedó fijada en el imaginario popular.

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Llegados a las fechas de nuestra historia, al igual que todos los científicos que trabajaban en el programa Viking, Levin no creía que fueran a encontrar un animal de gran tamaño o una planta en el planeta. De acuerdo a todo lo que se sabía en aquel momento, las condiciones eran demasiado duras para que estos organismos pudieran sobrevivir.

Por tanto, si había algo “allá arriba”, debían ser microbios como mucho. Eso no quita, obviamente, que de encontrarse tales formas de vida primitiva en forma de microbios habrían tenido implicaciones de largo alcance. De hecho y como decía Levin, de ser así, habría cambiado la cuestión de la vida en otros planetas “de un milagro... a una estadística”.

El estudio de Levin

Sistema de instrumentación para los experimentos biológicos de Viking. Wikimedia Commons

A comienzos de la década de los 60, Gilbert Levin había ideado un método que era capaz de mostrar la presencia de bacterias en agua potable o en productos alimenticios. La NASA se dio cuenta de que este mismo procedimiento se podría aplicar a algo mucho más fascinante: la tarea de buscar vida en Marte. Y así fue como el 28 de julio de 1976, la muestra de suelo marciana fue a parar a un pequeño envase que Levin había diseñado para posteriormente rociarlo de una solución nutriente.

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Debido a que no hay conocimiento de otra forma de vida como la que hay en la Tierra, los científicos asumieron que la vida en Marte podría obedecer a las mismas leyes básicas de nuestro planeta. Es decir, que el denominador común de toda vida terrestre es el metabolismo: cada forma de vida, desde una bacteria hasta un elefante, se metaboliza. Además, los científicos estuvieron de acuerdo en que allí donde aparecía vida, estaría basada en el carbono, el elemento químico que sustenta toda vida en nuestro planeta.

¿Por qué? El razonamiento tenía todo el sentido del mundo, ya que los átomos de carbono son los más versátiles de todos. De hecho, no existe ningún otro átomo que se acerque en capacidad de combinar para formar tanta diversidad de moléculas en cadena. Las proteínas, las hormonas o el ADN hereditario, todo lo que es esencial para la vida consiste principalmente de carbono.

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Así que el cálculo de Levin era simple: si la arena de la superficie de Marte contenía formas de vida, estas tomarían la solución nutritiva del científico, y al digerirlas, serían capaces de desprender un gas. Dicho de otra forma, de estar en lo cierto, lo que fuera que tuviera vida en Marte se comería el compuesto de Levin. Es más, Levin llegó a explicar con cierta ironía que para atender a los posibles gustos diferentes que los microbios puedan tener, había elaborado toda una “sopa de nutrientes” compuesta de una mezcla de hasta siete moléculas diferentes, la mayoría de las cuales contenía una alta proporción de carbono que había marcado radioactivamente de antemano (carbono-14). Un contador Geiger sería el instrumento que mediría posteriormente si este carbono radioactivo reaparecía en el gas que salía del recipiente.

De ser así, habría sido una clara indicación de que algo en la arena había consumido los nutrientes y dado a conocer los productos de descomposición en forma de gas.

Primer experimento: hay vida en Marte

Primera imagen nítida de la historia transmitida desde la superficie de Marte. Wikimedia Commons

Como decíamos al comienzo, junto al experimento de Levin en el módulo de biología, la sonda llevaría a cabo otra serie de experimentos que tenían como fin investigar otros aspectos del metabolismo. En realidad, aquello era como si varios laboratorios de diferentes áreas de una universidad, todos muy bien equipados, se comprimieran para trabajar en un espacio enano, tan pequeño como la batería de un coche.

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Luego, un sistema controlado de forma remota que constaba de hasta 4000 partes tenía la intención de responder a la pregunta más grande de todas. Este componente por separado de la sonda Viking costaba 60 millones de dólares de la época para un programa cuyo coste total se elevó hasta los casi mil millones de dólares.

Cuando Levin recibió los primeros resultados después de dos días de espera, el hombre no podía creer la suerte que había tenido. El contado Geiger seguía corriendo como un loco, el gas era claramente radioactivo, lo que proporcionaba una prueba aparentemente concluyente de la vida en Marte. Lo que fuera que había en la arena del planeta parecía a todas luces que era mucho más activo que los suelos fértiles de la Tierra repletos de bacterias. Levin, orgulloso y a punto de llorar, firmó la primera página de las hojas de datos. Lo hacía convencido de que ese pedazo de papel sería recordado como un documento histórico y clave en los anales de la humanidad.

Segunda experimento: ¡hay vida en Marte!

Primera imagen panorámica de la superficie de Marte por Viking I. Wikimedia Commons

Tras el éxito sin precedentes del primer experimento se abría un mundo nuevo, un espacio que daría rienda suelta a todo tipo de elucubraciones. Y tras la resaca de sabernos que después de todo, podríamos no estar solos, la alegría de ese momento se tornó en fascinación por lo que nos estaba aguardando: llegaba el momento del segundo de los experimentos.

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En este caso se trataba de un estudio que pondría a prueba si había algo de respiración en la arena… y también se obtuvo un resultado positivo. El 31 de julio de 1976 el equipo de biólogos anunció en una conferencia de prensa que la reacción observada en el experimento de Levin parecía ser algo “muy parecido a una señal biológica”, aunque al mismo tiempo se advertía que no sacar conclusiones apresuradas, principalmente porque los datos eran demasiado buenos para ser ciertos: la superficie había reaccionado demasiado rápido.

Y es que lo normal tratándose de supuestos microbios, era que tardaran algún tiempo en tomar la solución de nutrientes, de digerirla y de posteriormente emitir los productos en descomposición; y sin embargo, los dos experimentos realizados hasta ese momento habían mostrado una reacción instantánea.

Tercer experimento: ¿hay vida en Marte?

Detalle del brazo robótico para la recogida de muestras. En el extremo puede divisarse la pala. Wikimedia Commons

Y entonces pasó lo que los geólogos habían predicho que acontecería sobre el programa Viking. A saber: que los biólogos no tendrían forma de evaluar los resultados de sus experimentos. Los geólogos, quienes habían ideado su propio conjunto de instrumentos de la sonda, eran los enemigos naturales de los biólogos. Incluso antes de que comenzaran el proyecto, los dos equipos ya competían por cuestiones como la carga útil máxima que se permitiría en las sondas.

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Los geólogos ya habían advertido antes del programa que no se sabía lo suficiente sobre Marte como para poder responder a la pregunta acerca de si había vida, mucho menos con un único experimento. Por otra parte este grupo, en lo que se refiere a la Viking, se podría decir que eran los pasajeros de segunda clase. Los experimentos de biología eran la fuerza impulsora detrás del programa desde el primer momento, tanto a nivel político como de interés público.

Así que en medio de la controversia llegamos al tercer y definitivo test o experimento. El único separado del módulo de la biología. Los compuestos orgánicos son aquellas moléculas de carbono que los científicos consideran como un requisito previo para la vida. Pero en realidad, los biólogos habían esperado de Viking que encontrara compuestos orgánicos en el suelo de Marte, no evidencias o pruebas de vida. Ahora se enfrentaban exactamente a lo contrario: el experimento de Levin indicaba que la vida estaba presente, pero no había ninguna señal de compuestos orgánicos.

Para situarnos en perspectiva y explicado de una manera sencilla. Las pruebas de Levin consistían en medir la radiación de base, inyectar los nutrientes en una muestra y si esta contenía microorganismos, estos acabarían “respirando”, momento que sería recogido por el detector de radiación. Como contraposición, se tomó otra muestra de suelo para posteriormente calentarla a unos niveles que matarían cualquier microorganismo, luego se hizo lo mismo con la muestra original. Levin decía que si había diferencia de radicación entre las dos muestras entonces sí hubo vida en Marte. Fue un éxito pero…

Vista de Marte, desde la Viking Lander I. Wikimedia Commons

… la tercera prueba lo cambiaría todo. La NASA llevó a cabo un experimento que no mostraba vida en el suelo. Una prueba que hacía uso de un cromatógrafo de espectrómetro de masas de gases (más fácil por sus siglas GC-MS) para detectar moléculas orgánicas (con carbono). Como decimos, el CG-MS no pudo detectar moléculas orgánicas en el suelo de Marte.

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Tras los resultados, la mayor parte de la comunidad científica determinó que la presencia de vida en el planeta “era inexistente”. ¿Por qué? Mientras que los experimentos que dieron positivo se podían explicar a partir de procesos químicos y geológicos, el último indicaba que los anteriores debían tener algún tipo de inexactitud, posiblemente una diferencia química en el suelo que influyó en los resultados. Por tanto, la versión oficial de la mayoría de los científicos es que esas reacciones químicas identificadas respondían a un origen puramente químico.

Y desde entonces la controversia se ha mantenido. Hay otro número minoritario de científicos que argumentan que, efectivamente, hace varias décadas descubrimos la prueba de que en Marte hubo actividad biológica. Siendo el propio Levin el motor de la mayoría de las nuevas propuestas que certifican la validez de los experimentos con el programa Viking.

Lo que se está claro es que por pequeña que sea, por diferente que sea y por compleja que sea, la esperanza o el sueño de que en Marte hubiese vida, algún tipo de vida... sigue intacta, aunque francamente, cada vez más remota.

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Quizá tengamos que esperar a que los sueños de unos y otros se cumplan para averiguarlo en persona.