Imagen: Pixabay

Si sientes unas irrefrenables ganas de matar cuando oyes a alguien masticando chicle, probablemente sufras de misofonía. El término fue acuñado en el 2000 para describir la intolerancia a determinados sonidos cotidianos. Ahora un grupo de científicos ha encontrado una base física para este trastorno neurológico.

El estudio ha sido publicado por investigadores de la Universidad de Newcastle en la revista Current Biology. 42 personas se sometieron a una serie de sonidos dentro de un escáner de resonancia magnética. 20 tenían misofonía y los demás eran sujetos de control. Los no misofónicos se sintieron molestos con sonidos como el de bebés llorando, pero solo los que sufrían de misofonía mostraron una reacción profundamente visceral ante ruidos como el de masticar o respirar.

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Los investigadores descubrieron que el cerebro de los sujetos misofónicos era anormalmente distinto al del resto. La porción anterior de su corteza insular, un área asociada con las emociones, estaba conectada a otras partes de su cerebro de manera muy diferente a la de los sujetos que no sufrían de misofonía.

Imagen: Current Biology

En el caso de los misofónicos, el escáner mostró una conectividad anormal entre la corteza insular anterior y una red de regiones responsables del procesamiento y la regulación de las emociones, como la corteza prefrontal ventromedial, la corteza posteromedial, el hipocampo y la amígdala. También se registró un aumento de su ritmo cardíaco y de la resistencia galvánica de su piel.

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“Por primera vez hemos demostrado a la comunidad médica escéptica que existe una diferencia en la estructura y la función cerebral de los enfermos de misofonía”, explica Sukhbinder Kumar, director del Instituto de Neurociencia de la Universidad de Newcastle. El próximo paso es encontrar un tratamiento.

[Current Biology vía The Telegraph]