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Ciencia

Bombearon agua de mar sobre el hielo del Ártico con bombas del consumo de una tostadora y recuperaron en un invierno lo que se perdió en 50 años: el primer experimento real de recongelación acaba de publicarse

El primer paper con resultados de campo del programa RASI (Re-thickening Arctic Sea Ice), publicado en mayo de 2026 por investigadores del Centre for Climate Repair de Cambridge y Real Ice, documenta que las zonas experimentales en Cambridge Bay, Nunavut, terminaron el invierno 2024-2025 con hasta 32 cm más de grosor que las zonas de control. Eso equivale aproximadamente al hielo que el Ártico ha perdido en los últimos 50 años. El hielo artificial también resultó más brillante y se derritió más lento durante la primavera. El problema: el proceso extrae sal del agua y la deja en el hielo, haciéndolo más salino
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El Ártico se calienta cuatro veces más rápido que el promedio global. Su hielo marino está en mínimos históricos desde que existen registros sistemáticos. Y la proyección más optimista de los modelos climáticos actuales indica que el océano Ártico podría quedar completamente libre de hielo durante el verano para la década de 2030, incluso si las emisiones globales se reducen drásticamente en los próximos años. Hay un retraso inevitable entre los gases de efecto invernadero que ya están en la atmósfera y el calentamiento que producirán.

Frente a ese horizonte, un equipo del Centre for Climate Repair de la Universidad de Cambridge y la empresa Real Ice realizó entre diciembre de 2024 y febrero de 2025 el primer experimento a campo abierto de recongelación artificial del hielo marino ártico. Los resultados, publicados como paper revisado por pares en mayo de 2026, son prometedores. Y tienen una trampa.

Cómo funciona: bombas del consumo de una tostadora y agua de mar a -40°C

El método es conceptualmente simple y tiene precedente industrial: cada invierno, en Canadá se construyen aproximadamente 7.000 kilómetros de caminos de hielo para acceder a zonas remotas bombando agua sobre la superficie helada hasta que congela y forma una capa más gruesa capaz de soportar camiones. El programa RASI aplica ese mismo principio al hielo marino ártico con fines climáticos.

El equipo instaló ocho zonas de prueba y tres zonas de control en Cambridge Bay, Nunavut, en el norte de Canadá. Usando bombas sumergibles de bajo consumo, cada una de ellas con un consumo eléctrico menor que el de una tostadora doméstica, inundaron las zonas de prueba una o dos veces con hasta 20 centímetros de agua de mar. A temperaturas de hasta -40°C, el agua se congela en cuestión de horas y forma una capa adicional sobre el hielo existente. Las zonas de control no fueron tratadas.

Al final de la temporada invernal, las zonas tratadas con dos inundaciones superaron a las zonas de control en hasta 32 centímetros de grosor. Para dar escala a ese número: es aproximadamente equivalente a la cantidad de hielo que el Ártico ha perdido en los últimos 50 años de calentamiento global. Una sola temporada de experimento recuperó, en esas zonas localizadas, medio siglo de pérdida.

El resultado más sorprendente: el hielo nuevo era más brillante y se derritió más lento

La hipótesis central del programa RASI no es solo que el hielo más grueso tarde más en derretirse (lo cual es obvio), sino que también podría ser más reflectante, lo que mejoraría el albedo, la fracción de radiación solar que el hielo devuelve al espacio en lugar de absorberla como calor. Un hielo más blanco y brillante refleja más luz solar, lo que frena su propio calentamiento y el del agua que lo rodea en un bucle de retroalimentación positiva.

Los datos de la campaña 2024-2025 confirmaron esa hipótesis secundaria. Durante la temporada de deshielo, de finales de mayo a septiembre, el hielo de las zonas tratadas era visualmente más brillante que el de las zonas de control y mostraba una tasa de derretimiento más lenta. Al final del verano, el hielo tratado seguía siendo más grueso que el control, lo que sugiere que el efecto no es solo de volumen sino también de propiedades ópticas.

El mecanismo que explica ese mayor brillo es relevante. Cuando el agua de mar se congela, expulsa la sal que contiene hacia el exterior del cristal de hielo. El hielo resultante es más puro que el que se forma de forma natural en la superficie del océano, y el hielo puro es más blanco y reflectante. Esa mayor pureza es lo que produce el efecto de albedo adicional.

La trampa: la sal que el hielo expulsa puede acelerar el derretimiento

La misma razón por la que el hielo artificial es más blanco genera el principal problema del método. Al expulsar la sal durante la congelación, el proceso concentra la salmuera en el hielo subyacente y en el agua adyacente. La salmuera tiene una temperatura de congelación más baja que el agua de mar normal, lo que significa que esa zona del hielo es más susceptible a derretirse cuando la temperatura sube ligeramente.

«No es solo la cantidad, la calidad también importa», advirtió Christian Haas, investigador de hielo marino del Alfred Wegener Institute, en comentarios recogidos sobre el experimento. El hielo salino es más frágil, puede fragmentarse más fácilmente y, paradójicamente, puede derretirse antes de lo previsto durante el verano. Algunos investigadores comparan el efecto con lo que ocurre cuando se echa sal en una carretera helada: la sal baja el punto de fusión y el hielo se derrite aunque la temperatura siga por debajo de 0°C.

Los resultados del paper, como documenta la cobertura de el Centre for Climate Repair de Cambridge, muestran que en esta primera campaña el efecto positivo del mayor grosor y el mejor albedo dominó sobre el efecto negativo de la salinidad. Pero los propios autores advierten que ese equilibrio puede cambiar con diferentes condiciones de temperatura, velocidad de congelación o número de inundaciones, y que hacen falta más temporadas de datos antes de poder evaluar la técnica con confianza.

La pregunta de escala: de 250.000 m² a todo el Ártico

El experimento de Cambridge Bay cubrió 250.000 metros cuadrados, un cuarto de kilómetro cuadrado. El hielo marino del Ártico cubre en invierno unos 14 millones de kilómetros cuadrados. La brecha entre esas dos cifras, 56 millones de veces, es la objeción más obvia al método.

Un análisis publicado en Frontiers in Science que evaluó varias propuestas de intervención en el hielo marino ártico concluyó que la mayoría de ellas, incluyendo la recongelación artificial, no superaba con éxito los criterios de viabilidad, coste, gobernanza y riesgo ambiental cuando se evaluaban a la escala necesaria para tener un impacto climático significativo. La crítica de fondo es que un éxito local no implica escalabilidad global.

El programa RASI, financiado por ARIA (la agencia de investigación avanzada del Reino Unido), tiene previsto continuar experimentos en Nunavut durante tres temporadas invernales, hasta 2028, aumentando gradualmente el área cubierta hasta 1 km² por sitio experimental. El objetivo no es solucionar el problema del hielo ártico con bombas, sino generar datos que permitan evaluar si la técnica podría ser útil como herramienta complementaria a la reducción de emisiones, no como sustituto de ella.

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