En noviembre de 2016, los ingenieros completaron una de las maniobras más delicadas de la historia de la construcción: deslizaron sobre rieles un arco de acero de más de 30.000 toneladas hasta cubrir por completo los restos del reactor 4 de Chernóbil, el que explotó en abril de 1986. El Nuevo Confinamiento Seguro, como se conoce oficialmente, es la estructura móvil más grande jamás construida en tierra, y fue diseñado para mantener aislado ese material radiactivo durante al menos 100 años.
Menos de una década después de su instalación, esa promesa está en duda. Un ataque con un dron en febrero de 2025 dañó la estructura de una forma que no se ve a simple vista, pero que amenaza su funcionamiento a largo plazo. Y repararla costará mucho más de lo que los donantes han puesto hasta ahora.
Un arco para reemplazar un sarcófago improvisado

Tras el accidente de 1986, la Unión Soviética construyó a toda prisa un sarcófago de hormigón y acero sobre el reactor destruido. Se levantó en apenas unos meses, en condiciones de radiación extrema, y tenía una vida útil estimada de unos 30 años. Con el tiempo empezó a mostrar grietas y riesgo de derrumbe.
La solución fue construir el nuevo arco a unos 300 metros del reactor, para proteger a los trabajadores de la radiación, y luego desplazarlo hasta su posición definitiva con gatos hidráulicos. Mide unos 108 metros de altura y más de 250 metros de ancho. Su construcción estuvo a cargo de Novarka, un consorcio de las francesas Vinci y Bouygues, y fue financiada por un fondo internacional que reunió unos 1.600 millones de euros de 45 países donantes, más otros 480 millones aportados por el Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo (BERD). Fue entregado formalmente a Ucrania en 2019.
El arco cumple dos funciones. La primera es contener el material radiactivo e impedir que escape al ambiente. La segunda es permitir, en el futuro, desmantelar de forma segura el viejo sarcófago y los restos del reactor. Para eso cuenta con enormes grúas robotizadas que pueden operar a distancia.
El enemigo silencioso: la humedad
El aspecto más ingenioso del diseño no está a la vista. El arco tiene dos capas de acero inoxidable separadas por un espacio de unos 12 metros. Según la descripción técnica del proyecto, ese espacio intermedio se mantiene con una humedad relativa inferior al 40% mediante un sistema de deshumidificación que hace circular unos 45.000 metros cúbicos de aire por hora. Sin humedad, no hay corrosión. Además, ese espacio tiene una presión ligeramente mayor que el interior, lo que impide que las partículas radiactivas se desplacen hacia afuera.
Ese sistema es lo que permitía prometer una vida útil de un siglo para una estructura que nadie puede repintar ni reparar con facilidad, por la radiación que hay en su interior. Y es justamente lo que el ataque dejó fuera de servicio.
Lo que dañó el dron

El 14 de febrero de 2025, un dron impactó contra la parte superior del arco. Según los operadores de la central, abrió un agujero de unos 15 metros cuadrados en la cubierta externa y dañó también la interna, con defectos en un área de unos 200 metros cuadrados. Ucrania atribuyó el ataque a Rusia, que lo negó. El Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) no ha asignado responsabilidades.
El impacto provocó un incendio en las capas de aislamiento que tardó unas tres semanas en extinguirse por completo. Para apagar los focos que ardían sin llama dentro de la estructura, los bomberos tuvieron que abrir unas 330 perforaciones en la cubierta exterior, de entre 30 y 50 centímetros cada una. Es decir, parte del daño vino del propio combate contra el fuego.
En diciembre de 2025, el OIEA concluyó que el arco había perdido sus funciones principales de seguridad, incluida su capacidad de confinamiento. La buena noticia es que las estructuras de soporte y los sistemas de monitoreo no sufrieron daños permanentes, y que no se ha registrado ningún aumento de la radiación. Pero la estructura ya no garantiza las condiciones para las que fue diseñada.
Una carrera contra la corrosión
El problema es el tiempo. Con la cubierta perforada y los sistemas de ventilación detenidos, el aire húmedo puede entrar en el espacio entre las dos capas de acero. Según el BERD, la reparación debe completarse antes de 2030. De lo contrario, aumenta el riesgo de corrosión y la vida útil de 100 años queda comprometida.
El banco estima que la reparación costará al menos 500 millones de euros. A mediados de octubre, los países del G7 se comprometieron a aportar 260 millones, poco más de la mitad de lo necesario, y pidieron a otros socios internacionales que cubran el resto.
Mientras tanto, solo se hicieron arreglos limitados en el techo poco después del ataque. El caso de Chernóbil se suma a la preocupación internacional por la seguridad nuclear en Ucrania, donde la central de Zaporiyia, la más grande de Europa, también ha sido escenario de ataques con drones. Una estructura diseñada para resistir un siglo de exposición a la radiación no estaba pensada para un conflicto armado.