Barcos, aviones, trenes, obras en la costa, aerogeneradores. El ruido humano llega cada vez más lejos, incluso a las playas y rocas donde focas y leones marinos salen del agua para descansar, reproducirse y criar. Pero antes de preguntarse si ese ruido los afecta, hay una pregunta más básica que, para muchas especies, todavía no tenía respuesta: ¿qué pueden oír realmente?
Un equipo de científicos australianos acaba de responderla para dos especies de pinnípedos de ese país, el lobo marino australiano (Neophoca cinerea) y el lobo fino de Nueva Zelanda (Arctocephalus forsteri). Y lo hizo con la colaboración voluntaria de cuatro animales.
Una prueba de audición con recompensa

El trabajo se hizo en el zoológico Taronga de Sídney, con investigadores del Centro de Ciencia y Tecnología Marina de la Universidad de Curtin y de la Sociedad de Conservación Taronga. Los resultados se publicaron en agosto en dos artículos científicos separados, uno para cada especie.
La técnica es parecida a una prueba de audición humana, solo que adaptada. Dentro de una cámara insonorizada, los animales escuchaban tonos de distintas frecuencias e intensidades. Cuando detectaban un sonido, tocaban una paleta. Si acertaban, recibían un pescado. Mediante entrenamiento con refuerzo positivo, los investigadores fueron bajando el volumen de cada tono hasta encontrar el umbral, es decir, el sonido más débil que cada animal era capaz de detectar.
Los participantes fueron Nala y Tarni, dos hembras de lobo marino australiano, y Bondi y Eve, un macho y una hembra de lobo fino, padre e hija. Bondi había sido rescatado en 2013 tras sufrir mordeduras de tiburón. Tarni, rescatada como cría huérfana en la costa del sur de Australia, estaba en las últimas etapas de gestación durante las pruebas.
Un oído afinado en frecuencias parecidas a las nuestras
Las pruebas abarcaron frecuencias de entre 100 y 20.000 hercios. En las dos especies, el punto de mayor sensibilidad fue el mismo: unos 3.200 hercios. A esa frecuencia, los animales detectaron sonidos muy débiles, de entre 7 y 14 decibeles, según el individuo. Curiosamente, es un rango cercano a aquel en el que el oído humano también es más sensible. En el caso de los lobos finos, ese rango se superpone con el de sus propias llamadas, que se concentran aproximadamente entre 500 y 3.300 hercios.
En cambio, ambas especies resultaron poco sensibles a los sonidos más graves. A 100 hercios, el umbral subía a más de 70 decibeles. Los investigadores también encontraron diferencias entre individuos. Eve, la más joven del grupo con apenas dos años y medio, oía mejor los sonidos agudos que su padre, algo que los autores vinculan en parte con la edad, como ocurre en los humanos.
En el caso del lobo marino australiano, los resultados se parecen a los de los leones marinos de California y de Steller en las frecuencias bajas y medias, pero muestran menos sensibilidad por encima de los 6.400 hercios. Es una especie en peligro de extinción, con una población estimada en unos 12.000 ejemplares.
Por qué importa saber qué oyen

Estos audiogramas son los primeros datos detallados sobre la audición en el aire de ambas especies, y su utilidad va más allá de la curiosidad científica. Las evaluaciones de impacto ambiental de obras costeras, puertos, rutas marítimas o parques eólicos necesitan saber qué frecuencias percibe cada animal para estimar si un ruido puede molestarlo o dañarlo.
Christine Erbe, investigadora principal de la Universidad de Curtin, lo resumió así: para entender si un ruido afecta a un animal, primero hay que saber si puede oírlo. Al comparar los audiogramas de los lobos finos con el espectro sonoro de distintas fuentes, los autores concluyeron que aviones, trenes, vehículos, barcos, obras y aerogeneradores son audibles para los animales cuando están fuera del agua, sobre todo a corta distancia.
Lo que todavía falta
Los propios autores advierten sobre las limitaciones. Con solo dos ejemplares por especie, y en un caso emparentados, los resultados no necesariamente representan a toda la población. Además, el estudio midió solo la audición en el aire, y estos animales pasan buena parte de su vida bajo el agua, donde el sonido se comporta de forma muy distinta y donde el ruido de los barcos es una de las principales fuentes de contaminación acústica.
Por eso, el próximo paso será medir cómo oyen bajo el agua y cuánto ruido de fondo hace falta para enmascarar los sonidos que necesitan percibir. Según Benjamin Pitcher, biólogo de la Sociedad de Conservación Taronga, esa información será clave a medida que crecen el transporte marítimo, las obras costeras y la actividad industrial en el mar.