Desde el espacio, las montañas del norte de Chile parecen una sucesión interminable de rocas, quebradas y pendientes desérticas. Sin embargo, entre ese paisaje aparentemente vacío se esconde una infraestructura que permaneció durante siglos prácticamente olvidada. No son fortalezas, carreteras ni restos de grandes ciudades, sino cientos de metros de muros de piedra dispuestos siguiendo un patrón extraordinariamente preciso.
El arqueólogo chileno Adrián Oyaneder, de la Universidad de Exeter, comenzó a identificarlos mientras examinaba imágenes satelitales de la cuenca del río Camarones. Lo que inicialmente parecían construcciones aisladas terminó revelando algo mucho mayor: 76 estructuras monumentales que habrían servido para capturar animales salvajes mediante una sofisticada técnica de caza colectiva.
El descubrimiento, publicado en octubre de 2025 en la revista científica Antiquity, también ha permitido identificar cerca de 800 pequeños asentamientos y refugios distribuidos por las tierras altas. Pero la verdadera sorpresa no está únicamente en la cantidad de estructuras. Está en lo que su existencia revela sobre las comunidades que siguieron viviendo de la caza cuando la agricultura y el pastoreo ya formaban parte de la vida andina.
Los satélites descubrieron algo que apenas podía reconocerse desde el suelo

Oyaneder examinó imágenes de una superficie aproximada de 4.600 kilómetros cuadrados. Durante meses fue localizando largas paredes que aparecían repetidamente en las laderas, casi siempre formando figuras semejantes a una letra V. Cuando comenzó a investigar su función, encontró referencias a estructuras conocidas como chacu, utilizadas históricamente para capturar camélidos salvajes.
Según explicó la revista Antiquity, los muros alcanzaban aproximadamente 1,5 metros de altura y tenían una longitud media cercana a 150 metros. Sus extremos convergían hacia recintos de unos 95 metros cuadrados, asociados a desniveles que podían alcanzar dos metros. Su funcionamiento aprovechaba el comportamiento de los animales. Los cazadores podían conducir manadas de vicuñas, guanacos u otros ungulados por las laderas hasta que los muros limitaban sus posibilidades de escapar.
La pendiente y el desnivel final facilitaban su captura. Lo extraordinario es que no hacían falta mecanismos móviles, herramientas metálicas ni construcciones especialmente elaboradas. Bastaban piedras locales, conocimiento del terreno y coordinación entre varias personas.
Las trampas revelan una historia de los Andes muy distinta de la que conocíamos

Durante mucho tiempo, las reconstrucciones arqueológicas asociaron la introducción de plantas y animales domesticados con una disminución progresiva de la caza y la recolección. Sin embargo, el nuevo estudio plantea un panorama bastante menos lineal.
Los casi 800 refugios y asentamientos identificados alrededor de las trampas sugieren que distintas comunidades siguieron utilizando estratégicamente las zonas montañosas. No necesariamente vivían allí de manera permanente: podían desplazarse entre lugares de caza, pastoreo y asentamientos estacionales. Un análisis publicado por Nature destaca que estas evidencias ayudan a explicar la persistencia de comunidades cazadoras incluso durante la época colonial, cuando otras poblaciones andinas ya dependían ampliamente de la agricultura.
La investigación también recupera documentos históricos españoles que mencionaban grupos denominados uru o uro, categorías amplias utilizadas para referirse a diversas poblaciones dedicadas a actividades de subsistencia que no encajaban en los principales sistemas económicos coloniales. La conclusión es importante: la agricultura no sustituyó necesariamente a la caza de forma inmediata ni uniforme. Durante siglos pudieron coexistir comunidades con estrategias muy diferentes para aprovechar los mismos territorios.
Un misterio que se repite a miles de kilómetros de Sudamérica

Las estructuras chilenas presentan un parecido sorprendente con las llamadas cometas del desierto, enormes trampas de piedra documentadas en regiones de Oriente Próximo y Asia Central. Sus muros también convergen hacia espacios de captura y aprovechan la topografía para dirigir animales salvajes.
Como recoge National Geographic, esa semejanza no demuestra contactos entre las antiguas sociedades andinas y las de Oriente Próximo. Puede representar una solución tecnológica comparable desarrollada independientemente frente a necesidades similares. Todavía queda una incógnita fundamental: determinar cuándo se construyó cada trampa.
El paisaje estudiado presenta evidencias de ocupación humana desde aproximadamente el 6000 a. C. hasta el siglo XVIII, pero eso no significa que las 76 estructuras tengan 8.000 años ni que todas se utilizaran durante el mismo periodo. Las excavaciones y dataciones futuras deberán establecer su cronología. Por ahora, el hallazgo ya ha demostrado algo extraordinario. Los antiguos habitantes de los Andes no necesitaban levantar ciudades monumentales para transformar el territorio a gran escala.
Su conocimiento de los animales, las pendientes y las rutas de desplazamiento quedó escrito directamente sobre las montañas. Y miles de años después, hemos necesitado satélites para aprender a leerlo.