En 1978, China decidió enfrentarse al avance de sus desiertos con una intervención difícil de imaginar por su escala: plantar una gigantesca barrera vegetal atravesando el norte, noreste y noroeste del país. El proyecto debía continuar durante más de siete décadas, hasta 2050, y transformar algunos de los territorios más castigados por la arena y las tormentas de polvo.
Casi medio siglo después, aquella denominada Gran Muralla Verde, oficialmente el Programa de Bosques Protectores de los Tres Nortes, se ha convertido en uno de los mayores experimentos de restauración terrestre realizados por la humanidad.
Las estimaciones más difundidas sitúan en torno a 66.000 millones el número de árboles plantados desde su inicio. El propio Gobierno chino confirma una escala igualmente monumental: tras las primeras cinco fases del programa se habían conservado 31,74 millones de hectáreas de nuevas masas forestales y tratado unos 336.000 kilómetros cuadrados de terrenos afectados por desertificación y arenización. El proyecto abarca actualmente una superficie de unos 4,49 millones de kilómetros cuadrados y continuará hasta 2050.
Ahora los satélites han permitido responder a una pregunta fundamental: ¿qué está ocurriendo realmente con todos esos bosques creados por seres humanos?
Los bosques plantados están aumentando sus hojas un 65,8% más rápido

Un equipo dirigido por Yuhang Luo, de la Universidad de Pekín, analizó datos satelitales correspondientes al periodo 2000-2022 para comparar la evolución de los bosques plantados de China con sus bosques naturales.
La métrica utilizada fue el índice de área foliar, o LAI, que mide cuánta superficie de hojas existe sobre una determinada superficie de terreno. Es una forma particularmente útil de observar cómo aumenta la vegetación y, indirectamente, su capacidad fotosintética.
El resultado fue enorme: el índice de área foliar de los bosques plantados aumentó un 65,8% más rápido que el de los bosques naturales a escala nacional. Los primeros crecieron a un ritmo medio de 0,297 metros cuadrados de hoja por metro cuadrado y década, frente a 0,179 en los bosques naturales.
Parte de esa diferencia tiene una explicación sencilla. Los bosques plantados analizados tenían una edad media de 34,1 años, frente a los 56,9 años de los naturales. Los árboles jóvenes se encuentran precisamente en una fase de expansión mucho más rápida.
Pero los investigadores eliminaron estadísticamente esa ventaja comparando bosques de edades y condiciones ambientales similares. Y aun así apareció una diferencia: los plantados continuaban aumentando su superficie foliar un 4,6% más rápido.
Hay otro responsable inesperado: el aumento del CO₂ atmosférico

El estudio encontró además que las plantaciones reaccionan con especial intensidad al aumento de dióxido de carbono en la atmósfera.
Los modelos atribuyeron al incremento del CO₂ alrededor del 88,5% del aumento observado en el área foliar de los bosques plantados, frente al 74,5% en los naturales. Es el conocido efecto de fertilización por CO₂: disponer de más dióxido de carbono puede estimular la fotosíntesis y el crecimiento vegetal cuando otros recursos no actúan como limitantes.
La gestión humana también importa. Muchas plantaciones utilizan especies de crecimiento rápido y reciben intervenciones destinadas a controlar densidad, competencia y disponibilidad de recursos.
Pero hay un límite muy claro. La respuesta adicional al CO₂ alcanza su punto más fuerte aproximadamente entre los 30 y los 40 años y después comienza a disminuir. Con el envejecimiento, los bosques naturales terminan superando a las plantaciones en algunas medidas de crecimiento relacionadas con la edad.
China todavía piensa seguir plantando hasta 2050

Eso convierte lo ocurrido durante estos 48 años en algo más complejo que simplemente cubrir un desierto de árboles.
El plan actualizado de los Tres Nortes pretende llegar a 2050 con una cobertura combinada de bosques y pastizales del 43% dentro de la zona del proyecto, además de restaurar tierras degradadas, humedales y pastizales y seguir reduciendo los daños provocados por el viento y la arena.
La estrategia ya no consiste únicamente en plantar filas interminables de árboles. En las regiones más secas se combinan arbustos, pastizales, barreras contra la arena, riego localizado y otras técnicas, precisamente porque introducir árboles donde apenas existe agua puede generar nuevos problemas ecológicos. En noviembre de 2024, China anunció incluso que había completado un cinturón verde de unos 3.000 kilómetros alrededor del Taklamakán.
Casi medio siglo después de empezar uno de los mayores proyectos ambientales del planeta, los satélites están mostrando algo extraordinario: China no solo consiguió crear enormes extensiones de bosque donde antes dominaban tierras degradadas. Durante sus primeras décadas, esos bosques fabricados por el ser humano están reverdeciendo a una velocidad que los bosques naturales no pueden igualar.