La próxima vez que un ser humano camine sobre la Luna no llegará solo. Millones de microorganismos viajarán con él adheridos a su piel, su traje, sus herramientas y el interior de los hábitats, y algunos podrían encontrar en el polo sur lunar lugares suficientemente protegidos como para permanecer vivos durante días.
Un equipo liderado por científicos de la NASA y la Universidad de Maryland acaba de identificar mediante simulaciones “nichos de supervivencia” donde bacterias y hongos terrestres podrían resistir hasta siete días. Algunos tienen el tamaño del fondo de un cráter. Otros pueden ser tan pequeños como la huella de una bota.
La investigación, publicada el 19 de agosto en Science Advances, cambia una suposición bastante cómoda sobre la exploración lunar. La superficie de la Luna es extremadamente hostil para la vida, pero no todos sus rincones reciben la misma dosis de radiación y calor. En el polo sur, incluso pequeñas irregularidades del terreno pueden crear refugios microscópicos. Y justo allí es donde la humanidad pretende instalarse.
Las sombras de la Luna pueden convertirse en refugios para microorganismos terrestres

La clave está en una característica peculiar de los polos lunares. Debido a la pequeña inclinación del eje de la Luna, el Sol permanece apenas unos grados por encima del horizonte. Eso provoca sombras gigantescas: cerca del polo sur pueden llegar a ser entre 25 y 50 veces más largas que los objetos que las producen. Cráteres, rocas, pendientes e incluso pequeños desniveles pueden bloquear buena parte de la radiación solar.
Los investigadores utilizaron datos de elevación y temperatura del Lunar Reconnaissance Orbiter, combinados con técnicas de trazado de rayos para calcular exactamente cómo llega la luz a tres regiones candidatas para futuras operaciones humanas: Nobile Rim, Connecting Ridge y De Gerlache Rim.
Después enfrentaron esos mapas a la resistencia conocida de cinco microorganismos asociados a seres humanos o entornos espaciales.
El resultado fue sorprendente. Todos encontraron zonas donde podrían sobrevivir, y el hongo Aspergillus niger fue especialmente resistente. Los modelos indican que podría mantenerse durante al menos siete días en alrededor del 3% del terreno cartografiado y sobrevivir incluso en entre el 15% y el 30% de algunas áreas que reciben algo de luz durante el invierno lunar.
La radiación ultravioleta, precisamente uno de los principales mecanismos utilizados para destruir microorganismos, no siempre sería suficiente.
El problema empieza literalmente debajo de las botas de los astronautas

La escala de contaminación potencial es enorme. Una zona de piel humana del tamaño aproximado de la uña de un dedo meñique puede albergar alrededor de un millón de bacterias. La Universidad de Maryland calcula que un solo paso sobre la Luna podría depositar cientos de millones de microorganismos vivos dentro de la huella de un astronauta.
Las misiones robóticas permiten aplicar procedimientos de descontaminación extremadamente agresivos. Con seres humanos el problema cambia por completo: no es posible esterilizar a un astronauta, y continuamente liberamos microorganismos al ambiente.
Esto se vuelve especialmente importante cuando el polo sur es uno de los territorios científicamente más valiosos de toda la Luna. Sus regiones permanentemente sombreadas pueden conservar hielo, moléculas y registros químicos durante periodos extraordinariamente largos. NASA está precisamente orientando buena parte de su futura exploración hacia esta zona.
Si los astronautas introducen organismos terrestres antes de tomar muestras, distinguir lo que estaba allí originalmente de lo que llegó desde nuestro planeta será mucho más difícil.
La Luna podría convertirse en el ensayo general para no contaminar Marte
Hay un límite fundamental: el estudio no sostiene que estos microbios puedan colonizar la Luna. Sobrevivir no significa crecer ni reproducirse. Los microorganismos permanecerían en un estado latente o criptobiótico, y no existe evidencia de que la superficie lunar les proporcione condiciones como agua líquida, una atmósfera adecuada o temperaturas moderadas necesarias para multiplicarse. Pero científicamente basta con que continúen vivos para crear un problema.
NASA quiere establecer primero una especie de línea de base biológica y química: saber qué existe en determinados lugares antes de que lleguen seres humanos y registrar después exactamente qué dejamos allí.
La experiencia será crucial para Marte. Si algún día una misión encuentra moléculas orgánicas o incluso una posible señal biológica marciana, una de las primeras preguntas será inevitable: ¿estaba allí antes de que llegáramos o la llevamos nosotros desde la Tierra?
El polo sur lunar puede convertirse así en algo inesperado: no solo el lugar donde la humanidad aprenda a vivir fuera de su planeta, sino también el laboratorio donde descubramos hasta qué punto somos capaces de llevar vida terrestre con nosotros sin siquiera intentarlo.