Durante siglos hubo una pregunta incómoda alrededor de una de las obras maestras de la Antigua Grecia. El friso del Partenón mide unos 160 metros, contiene 378 figuras humanas y alrededor de 245 animales, pero sus escultores lo colocaron a aproximadamente 12 metros de altura, detrás de una columnata que impedía contemplarlo de una sola vez.
¿Por qué dedicar semejante esfuerzo a algo deliberadamente difícil de observar? Una investigación publicada en el Bulletin of the Institute of Classical Studies propone darle la vuelta al problema: quizá precisamente esa dificultad era parte de la obra.
Ellie Mackin Roberts, investigadora de las universidades de Bristol y Leeds, sostiene que el friso fue concebido como una narración que necesitaba el movimiento del visitante. Desde el corredor del Partenón, una persona podía contemplar únicamente fragmentos de entre aproximadamente 1,5 y 2 metros a través de cada abertura entre columnas. Para descubrir lo siguiente tenía que caminar.
El resultado recuerda sorprendentemente a una secuencia cinematográfica: la arquitectura iba proporcionando las imágenes una detrás de otra y el cuerpo del espectador decidía la velocidad de reproducción.
Las columnas del Partenón funcionaban casi como los fotogramas de una película

Mackin Roberts utiliza el zoótropo, el dispositivo del siglo XIX que convierte una sucesión de dibujos en una ilusión de movimiento, como modelo para comprender la experiencia.
La comparación tiene una diferencia fundamental. En el zoótropo, las imágenes giran delante de una persona inmóvil. En el Partenón ocurría exactamente lo contrario: las imágenes permanecían inmóviles y era la persona quien debía desplazarse ante ellas. El estudio no sostiene que los griegos inventaran el cine ni que el friso produjera auténtica animación, sino que ambos sistemas convierten una sucesión espacial de imágenes en una experiencia que transcurre en el tiempo.
Las propias columnas añadían algo parecido a un montaje. Mientras el visitante caminaba, alternativamente ocultaban y revelaban diferentes grupos de figuras. La composición también cambiaba de ritmo. Caballos superpuestos, jinetes y ropajes en movimiento hacían que determinadas partes fueran extraordinariamente densas; después, la procesión se ralentizaba visualmente con animales destinados al sacrificio y participantes caminando hasta culminar en el lado oriental.
No era necesario imaginar el movimiento: había que producirlo con el propio cuerpo.
Dos horas de procesión podían comprimirse en cinco minutos de piedra

La escala temporal es otro de los detalles más sorprendentes. El recorrido ceremonial real de las Panateneas desde la puerta del Dípilon, atravesando el Ágora y ascendiendo hasta la Acrópolis, cubría aproximadamente 1,2 kilómetros y pudo necesitar entre una y dos horas.
Dar la vuelta al Partenón siguiendo el friso a un ritmo procesional de entre 0,7 y 1 metro por segundo requería, en cambio, aproximadamente tres a cinco minutos. La autora calcula una compresión temporal cercana a 30:1: toda una ceremonia transformada en unos minutos de experiencia visual.
Además, los 160 metros no contaban el mismo instante. El oeste mostraba preparativos; norte y sur, el desplazamiento de la procesión; y el este, su culminación religiosa. El visitante avanzaba físicamente mientras avanzaba también narrativamente hacia el desenlace. Y allí esperaba un último efecto.
Sobre la entrada oriental aparecía la escena del peplo, la vestimenta ceremonial ofrecida a Atenea. Al terminar de contemplarla y bajar la mirada, el visitante podía encontrarse, a través de las puertas abiertas, con la gigantesca Atenea Partenos de Fidias, una estatua de unos 12 metros cubierta de oro y marfil. El edificio conectaba así la narración esculpida sobre la cabeza con la presencia monumental de la diosa frente al espectador.
Los museos modernos pueden estar mostrando el friso justo al revés de como debía experimentarse
La investigación deja además una consecuencia incómoda. Hoy contemplamos los fragmentos del friso a la altura de los ojos, perfectamente iluminados y prácticamente sin obstáculos. Eso facilita estudiar cada escultura, pero elimina precisamente aquello que pudo formar parte de su funcionamiento original.
En el Museo Británico, por ejemplo, los cuatro lados han sido reorganizados sobre dos grandes paredes. Las columnas han desaparecido, la dirección de las dos procesiones convergentes se rompe y el visitante ya no necesita realizar el recorrido físico concebido por la arquitectura.
La nueva interpretación transforma así uno de los defectos aparentes del Partenón en una de sus decisiones más sofisticadas. Los griegos colocaron una narración de 160 metros donde nadie podía verla entera porque, quizá, nunca quisieron que pudiera verse entera de una sola mirada. Había que caminar para hacerla avanzar. Y durante esos cinco minutos, hace casi 2.500 años, el espectador no se limitaba a mirar una procesión tallada en mármol: avanzaba con ella.