Desde la superficie, el desierto de Taklimakan parece un paisaje dominado por la arena. Sin embargo, el proyecto que China puso en marcha allí buscaba algo que ninguna fotografía aérea podía mostrar: las rocas y los recursos enterrados a kilómetros de profundidad.
La operación comenzó en mayo de 2023, en la cuenca del Tarim, dentro de la región de Xinjiang. Su propósito era abrir un acceso al subsuelo profundo para estudiar su historia geológica y desarrollar tecnologías capaces de trabajar en condiciones extremas. Aquella iniciativa terminó convirtiéndose en una de las perforaciones más profundas realizadas por el ser humano.
El resultado ya tiene una cifra concreta. El 20 de febrero de 2025, la Corporación Nacional de Petróleo de China anunció que el pozo Shenditake 1 había alcanzado los 10.910 metros, completando su perforación. Se convirtió así en el pozo de mayor profundidad vertical de Asia.

Para imaginar esa distancia, basta pensar en casi once kilómetros de roca entre la superficie y el fondo de la perforación. Pero el interés del proyecto va más allá de su tamaño: lo que importa es qué se puede aprender al recuperar materiales de un lugar tan difícil de alcanzar.
El tramo final fue más difícil que los primeros diez kilómetros
Uno de los datos más reveladores del proyecto es la diferencia entre sus etapas. Según el balance publicado en China Geology, alcanzar los primeros 10.000 metros llevó 279 días. Perforar los aproximadamente 910 metros restantes exigió más de 300 días adicionales.
La profundidad transformó una operación compleja en un desafío todavía mayor. El equipo tuvo que enfrentarse a problemas de estabilidad del pozo, fallas de herramientas y pérdidas de fluido hacia las formaciones atravesadas. Por debajo de los diez kilómetros, algunos instrumentos convencionales dejaron de funcionar adecuadamente.
La respuesta incluyó el desarrollo de equipos específicos, entre ellos una plataforma automatizada diseñada para perforaciones de hasta 12.000 metros. El avance dependía tanto de romper la roca como de mantener operativos los sistemas necesarios para continuar descendiendo.
Ese esfuerzo permitió recuperar muestras de roca de más de 10.000 metros de profundidad. El mismo informe también comunicó indicios de hidrocarburos por debajo de esa marca. Encontrar esos indicios no equivale a demostrar que exista un yacimiento comercialmente explotable, pero aporta información para investigar los recursos de las capas ultraprofundas.
La perforación sirve, por tanto, para dos objetivos relacionados: estudiar el subsuelo y comprobar hasta dónde puede llegar la tecnología utilizada para explorarlo.
Una profundidad extraordinaria que todavía no supera el récord mundial
Aunque su escala resulta impresionante, el pozo chino no es el agujero más profundo del mundo. Ese récord sigue asociado al pozo superprofundo de Kola, en Rusia, que alcanzó los 12.262 metros en 1989. Shenditake 1 quedó aproximadamente 1.352 metros por encima de aquella marca.
También conviene distinguir una perforación científica de una mina: se trata de un conducto estrecho por el que trabajan herramientas y se recuperan materiales, no de una cavidad abierta que permita descender caminando. Las muestras extraídas funcionan como piezas de un archivo geológico: permiten examinar directamente materiales que antes permanecían fuera de nuestro alcance.

Y hay otro límite fundamental. Casi once kilómetros siguen siendo insuficientes para atravesar la corteza continental y alcanzar el manto. Por eso resulta relevante otra iniciativa abordada recientemente por Gizmodo Español: el proyecto chino para perforar el fondo oceánico e intentar llegar al manto terrestre, aprovechando que la corteza oceánica es más delgada.
Mientras las perforaciones ofrecen acceso físico a las rocas, otras investigaciones exploran profundidades mucho mayores mediante señales sísmicas. Gizmodo Español también explicó cómo una inteligencia artificial analizó registros de terremotos para investigar regiones situadas a unos 2.900 kilómetros de profundidad.
El pozo del Taklimakan muestra cuánto esfuerzo exige obtener información directa del interior terrestre. Su valor no depende únicamente de una clasificación de récords: también reside en las muestras recuperadas y en las herramientas desarrolladas para llegar hasta ellas.