Cuando cae la tarde en los bosques del centro de Camerún, comienza una rutina que parece sencilla, pero de la que depende mucho más que la recuperación de unos pocos animales. En una clínica rodeada de vegetación, varios pangolines esperan su turno para comer, caminar y recibir cuidados.
Uno de ellos es una hembra embarazada rescatada de un mercado. Su cuerpo está cubierto de escamas superpuestas y su cola muestra las señales de una antigua trampa. No puede regresar todavía al bosque, así que necesita alimentarse bajo supervisión humana. Lo que ocurre en este pequeño centro de rescate forma parte de una batalla mucho mayor: comprender a uno de los mamíferos más perseguidos del planeta antes de que sea demasiado tarde.
Una armadura que terminó convirtiéndose en una condena
La escena resulta extraña. La hembra, identificada como el ejemplar número 27 del año, devora una mezcla de harina de maíz, suplementos y tierra mientras los cuidadores intentan reproducir algunos de los estímulos que encontraría en libertad.
Los pangolines son animales especializados hasta extremos sorprendentes. Sus ojos ofrecen una visión limitada, pero cuentan con un olfato extraordinario y un oído muy sensible. Sus enormes garras les permiten abrir troncos y tierra en busca de hormigas y termitas, mientras una lengua larga y estrecha puede alcanzar profundidades difíciles de imaginar.
Sin embargo, nada los distingue tanto como sus escamas de queratina. Cuando se sienten amenazados, en lugar de enfrentarse al peligro o escapar, se enrollan formando una especie de esfera blindada. La estrategia funciona contra muchos depredadores: incluso grandes felinos pueden tener dificultades para atravesar esa protección.
Frente a los seres humanos, esa misma defensa se convierte en un problema. Un pangolín enrollado puede ser recogido con facilidad, y sus escamas son precisamente el principal objetivo de los cazadores.
En África, estos animales están presentes en al menos 34 países y durante generaciones también han sido cazados por su carne. Pero el crecimiento del tráfico internacional de escamas llevó la amenaza a otra escala. La demanda procede en buena medida de mercados de Asia oriental, donde las escamas se han utilizado en preparados vinculados a la medicina tradicional, pese a que no existen pruebas científicas que demuestren los beneficios medicinales que se les atribuyen.
En 2016, los ocho tipos de pangolín reconocidos quedaron protegidos por una prohibición internacional del comercio. La medida, sin embargo, no consiguió detener por completo las redes clandestinas.

El extraño desafío de cuidar a un pangolín
La historia se vuelve todavía más complicada cuando un animal confiscado llega vivo a un centro de rescate.
Cerca de Yaundé, la Fundación Tikki Hywood mantiene una instalación dedicada a recuperar pangolines. Allí llegó Baby Arsène, encontrado cuando apenas tenía un día de vida. Su madre había sido cazada y los niños del lugar utilizaban al pequeño como juguete.
Cuando llegó al centro era aproximadamente del tamaño de un hámster. Meses después había multiplicado varias veces su tamaño gracias a una alimentación administrada con jeringas y suplementos. Su rutina parecía sencilla: comer, dormir y volver a comer. En realidad, mantenerlo con vida exigía una atención constante.
Los pangolines pueden necesitar decenas de miles de hormigas y termitas al día, pero no aceptan cualquier alimento. Incluso pueden rechazar una especie de hormiga que habían comido el día anterior. Además, transportar los insectos hasta ellos altera sus propiedades defensivas, lo que puede hacer que dejen de resultar adecuados para el animal.
Los investigadores descubrieron algo fundamental: alimentar a un pangolín no consiste simplemente en poner comida delante de él. Necesita comportarse como un pangolín.
Por eso los cuidadores caminan con ellos por el bosque y los colocan cerca de troncos podridos, raíces y zonas donde puedan encontrar alimento. El movimiento también parece favorecer la digestión y ayuda a mantener sus rutinas naturales.
La experiencia de Lisa Hywood fue decisiva para desarrollar estas técnicas. Cuando comenzó a trabajar con fauna salvaje en Zimbabue, ni siquiera había visto un pangolín. Todo cambió cuando recibió uno gravemente enfermo y tuvo que aprender sobre la marcha cómo mantenerlo con vida.
Aquel ejemplar, llamado Negomo, permaneció junto a ella durante años. Hywood terminó descubriendo mediante ensayo y observación aspectos esenciales de su comportamiento. Con el tiempo, esos conocimientos se transformaron en un método de rehabilitación que otros conservacionistas comenzaron a aplicar.
La batalla ya no se libra solo en los centros de rescate
Mientras los especialistas intentan aprender cómo devolver a los pangolines al bosque, otros trabajan para evitar que sean capturados.
En Kenia, por ejemplo, conservacionistas documentaron en 2021 la presencia de un pangolín gigante que no había sido registrado oficialmente en el país desde hacía décadas. El descubrimiento llevó a concentrar esfuerzos en una pequeña población que vive en un ecosistema amenazado por la expansión agrícola.
Los investigadores han eliminado tramos de cercas electrificadas, utilizan cámaras para vigilar madrigueras y pagan a propietarios para conservar y restaurar terrenos. Hasta ahora, el programa ha conseguido proteger cerca de 16.000 acres de hábitat.
Pero todavía quedan enormes vacíos de conocimiento. Los científicos siguen investigando cómo se reproducen algunas especies, qué comen exactamente, cómo se relacionan y qué necesitan para sobrevivir después de ser liberadas.
La tecnología también empieza a ofrecer respuestas. Algunos pangolines rehabilitados llevan pequeños acelerómetros capaces de registrar sus movimientos en tres dimensiones. Los datos permiten distinguir cuándo caminan, buscan alimento, excavan o descansan, y ayudan a ajustar los cuidados a sus ritmos naturales.
Al mismo tiempo, la lucha contra el tráfico continúa. Entre 2021 y 2025, las autoridades aduaneras de Nigeria incautaron más de 28 toneladas de escamas de pangolín, procedentes potencialmente de hasta 135.000 animales. Los operativos muestran que las redes pueden ser interrumpidas, aunque los especialistas advierten que el mercado clandestino sigue existiendo.
El problema, por tanto, no termina con una incautación. Reducir la demanda requiere cambiar prácticas profundamente arraigadas.
El regreso al bosque
En Camerún, el trabajo de los rescatistas termina con una de las partes más delicadas: decidir cuándo un pangolín está preparado para volver a ser salvaje.
El ejemplar número 24 llegó con una profunda herida provocada por un machete. Durante varios días recibió curas, alimentación, paseos y atención constante. En total, acumuló alrededor de un centenar de horas de cuidados en menos de tres semanas.
Finalmente llegó el momento.
Después de un largo viaje por carretera y río, fue trasladado hasta un bosque cuyo lugar exacto permanece protegido. Salió de su transportadora convertido en una pequeña esfera de escamas. Poco después comenzó a desplegarse, olfateó el aire y encontró una raíz de higuera.
Empezó a trepar.
Había pasado casi un mes sin estar a cierta altura. Cuando alcanzó unos tres metros, se detuvo brevemente y miró hacia atrás. Después continuó ascendiendo hasta desaparecer entre la vegetación.
Para los investigadores, cada liberación representa algo más que el regreso de un animal. Es también una oportunidad para comprobar cuánto han aprendido sobre una criatura que durante mucho tiempo fue un misterio.
El pangolín todavía enfrenta cazadores, tráfico, pérdida de hábitat y una demanda internacional difícil de erradicar. Pero cada rescate, cada dato obtenido y cada ejemplar que vuelve al bosque amplía el conocimiento necesario para protegerlo.
Y quizá esa sea la clave: para salvar a uno de los animales más desconocidos del planeta, primero hay que aprender a entender el mundo secreto en el que vive.
[Fuente: National Geographic]