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Plantaron 97.000 árboles en Colombia, pero el plan para protegerlos también incluía más de 190 colmenas de abejas

Recuperar los bosques que ayudan a abastecer de agua a Bogotá exigía algo más que reforestar. Un proyecto combinó naturaleza y producción rural para que sus resultados pudieran perdurar.
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Plantar miles de árboles puede transformar un paisaje, pero no garantiza que ese cambio sobreviva al paso del tiempo. En las montañas de Cundinamarca, Colombia, la recuperación de áreas degradadas planteaba un desafío adicional: proteger la naturaleza sin dejar de lado a las familias que dependían de aquellas tierras.

La expansión de la actividad agropecuaria había alterado parte del territorio. Había suelos que necesitaban rehabilitación, vegetación que debía recuperarse y comunidades que requerían alternativas para sostener sus ingresos.

Por eso, el objetivo de recuperar el paisaje se abordó desde varios frentes. El programa terminó reuniendo más de 97.000 árboles nativos, nuevas prácticas agrícolas y una incorporación que dio otra dimensión al trabajo: más de 190 colmenas.

Las montañas que abastecen de agua a Bogotá necesitaban una recuperación integral

El proyecto Adaptación al Cambio Climático en la Alta Montaña se desarrolló en un territorio donde conservar los ecosistemas tiene consecuencias más allá de sus límites.

Colombia plantó 97.000 árboles para recuperar sus bosques de alta montaña. El giro fue colocar más de 190 colmenas y convertir a las abejas en aliadas de 577 hectáreas restauradas
© Apicultura Profesional e Innovadora de Colombia (APIC).

Según el Banco Interamericano de Desarrollo, la iniciativa se llevó adelante entre 2015 y 2020 en el paisaje de los páramos Chingaza-Sumapaz-Guerrero. Estos ambientes intervienen en la captación de lluvia y la regulación del agua que llega a Bogotá y a municipios cercanos.

La restauración alcanzó las microcuencas de Guandoque, San Francisco, Chipatá y Chisacá. Allí, 81 familias participaron en la plantación de más de 97.000 árboles de especies nativas, distribuidos entre propiedades privadas y terrenos públicos.

Sin embargo, la intervención continuó alrededor de los árboles. En 60 fincas se desarrollaron sistemas silvopastoriles que abarcaron 55 hectáreas, integrando vegetación y actividad ganadera. También se instalaron reservorios de agua de lluvia, invernaderos con riego por goteo y medidas para rehabilitar suelos agrícolas deteriorados.

El propósito era reducir las presiones que habían contribuido a degradar el entorno. Recuperar la vegetación debía ir acompañado de cambios en el uso del suelo y del agua, para que las actividades productivas pudieran convivir mejor con la conservación.

Más de 190 colmenas aportaron una razón económica para cuidar el bosque

La apicultura sumó una posibilidad especialmente valiosa: obtener productos comercializables sin tener que transformar nuevas áreas de bosque en pastos o cultivos.

El Ministerio de Ambiente colombiano informó de la instalación de más de 190 colmenas. La miel, el polen y el propóleo ofrecían a las familias una actividad adicional vinculada con los recursos del propio paisaje.

Durante una visita a Sesquilé y Guatavita, el Ministerio destacó que algunas familias ya generaban ingresos con miel y polen. Al mismo tiempo, las abejas contribuían a la polinización y acompañaban la recuperación de zonas anteriormente deforestadas.

Ese doble papel explica el interés de la incorporación de las colmenas: podían aportar beneficios para la vegetación y oportunidades económicas para quienes vivían en el territorio.

Ahora bien, los resultados requieren una lectura cuidadosa. Los informes oficiales contabilizaron 577 hectáreas de ecosistemas recuperados o rehabilitados, pero no midieron cuánto se aceleró la restauración gracias a las abejas.

El sorprendente ingenio de las abejas y sus secretos de construcción revelados por la ciencia
© FreePik

Por lo tanto, esa superficie no puede atribuirse exclusivamente a las colmenas. Fue el resultado de una intervención que reunió reforestación, protección de vegetación, manejo del agua, cambios productivos y participación comunitaria.

El desafío era que la recuperación continuara después del programa

Una iniciativa ambiental también se juega su futuro cuando termina la financiación. Los árboles necesitan protección y las prácticas incorporadas deben mantenerse en el tiempo.

El programa contó con recursos del Fondo Mundial para el Medio Ambiente, fue implementado por el BID y ejecutado por el Ministerio de Ambiente de Colombia, con apoyo de Conservación Internacional.

El balance del BID resalta la participación de las comunidades en la identificación de riesgos climáticos y en la aplicación de las respuestas. Las familias formaron parte de decisiones que después debían sostener en sus propias fincas.

En ese contexto, las colmenas aportaron algo que una plantación por sí sola difícilmente ofrece: una actividad cuyos beneficios podían reforzar el interés por conservar el entorno.

La experiencia deja una idea concreta. Para recuperar una montaña, también hay que considerar cómo viven quienes la habitan. Los árboles, el agua, los suelos y los ingresos rurales formaban parte del mismo desafío; abordarlos juntos fue la base de esta iniciativa.

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