Llevamos casi un año oyendo hablar de los teléfonos plegables. Samsung, Huawei, Royole… muchas marcas acaban de irrumpir en el mercado con sus prototipos. Sin embargo, la tecnología que hace posible las pantallas flexibles existe desde hace una década.

¿Cómo funciona esta tecnología? ¿Y cómo es posible que hayan tenido que pasar casi diez años hasta conseguir aprovecharla para construir un smartphone?

Para empezar, es imprescindible usar tecnología OLED para la pantalla. Se trata de una serie de diodos orgánicos capaces de emitir luz. Una de sus principales ventajas es que estas capas orgánicas son más delgadas y pueden doblarse mucho más fácilmente que los paneles LED o LCD habituales. Como el cristal no puede doblarse sin romperse, los paneles OLED se colocan sobre una capa de plástico, que permita mejor su torsión.

Pero claro, no solo basta con tener una pantalla que pueda doblarse. El resto de componentes del teléfono tienen que ser flexibles también. Hace falta un adhesivo óptico que conecte todas las capas del sensor táctil entre ellas y con los paneles OLED, y también han tenido que desarrollar circuitos eléctricos que no se estropeen al doblarse.

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Toda la tecnología que hay detrás de estos teléfonos flexibles es impresionante, pero tiene una serie de limitaciones.

Samsung ha tenido que posponer el lanzamiento del Galaxy Fold porque el plástico protector de la pantalla no funcionaba correctamente y provocaba fallos en la propia pantalla.
GIF: Steve Kovach

La pantalla es el primer punto débil del teléfono. Al no poder utilizar un material duro como el cristal, es más probable que se rayen o se estropeen con el paso del tiempo. Lo mismo ocurre con la parte de la bisagra: tras haber doblado el dispositivo cientos de veces, la tensión de los materiales puede provocar algún tipo de fallo. Otro inconveniente de esta tecnología es que la vida útil de los diodos OLED es mucho menor y son mucho más vulnerables a la humedad.

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Además de tener que dar con componentes flexibles que cumplan con su función, los fabricantes tienen todavía que minimizar al máximo todo el hardware del propio teléfono, puesto que nadie va a cargar con un dispositivo que sea extremadamente pesado ni abultado, y sin duda tendrán que ofrecer un rango de precios que los consumidores estén dispuestos a aceptar.

AsĂ­ que, de momento, parece que queda mucho trabajo por delante.