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Contra el cine anestesiado: por qué necesitamos películas que incomoden

En un panorama dominado por fórmulas cómodas y consumo distraído, La cronología del agua, debut como directora de Kristen Stewart, reivindica el cine que duele, exige y sacude. Una obra incómoda en fondo y forma que recuerda que el arte no está obligado a agradar.
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Cuando mirar resulta incómodo (y necesario)

En La cronología del agua, la primera película dirigida por Kristen Stewart, hay imágenes que incomodan de verdad. No por provocación gratuita, sino porque la historia que cuenta lo exige. La vida de Lidia Yuknavitch —marcada por abusos, adicciones y pérdidas irreparables— no admite un tratamiento amable. El filme asume esa crudeza y la convierte en su razón de ser.

Stewart no solo molesta por lo que narra, sino por cómo lo narra. Su apuesta formal está llena de primerísimos planos invasivos, una edición fragmentada y sonidos que funcionan como ecos traumáticos. Es una experiencia que exige atención absoluta: apartar la mirada unos segundos equivale a perder el hilo emocional. En una época de consumo audiovisual con el móvil en la mano, la propuesta resulta casi radical.

Un cine que no se puede ver de fondo

Protagonizada por Imogen Poots, la película se opone frontalmente a la forma actual de “ver” cine: como ruido de fondo mientras se revisan notificaciones. Ir a una sala para enfrentarse a La cronología del agua genera una sensación física cercana al agotamiento, como correr una maratón emocional. Y precisamente ahí reside su valor.

En una entrevista con el New York Times, Stewart explicó por qué tardó ocho años en levantar un proyecto sin efectos especiales ni grandes localizaciones. La respuesta apunta al núcleo del problema industrial: es difícil financiar algo que no repite una fórmula ganadora. Su película, admite, es “de mal gusto”, habla de violación y recuperación, pero también de fuerza vital y de una sexualidad incómodamente honesta.

La comodidad como dogma industrial

No es casual que La cronología del agua nunca hubiera encajado en Netflix. El cine desagradable no casa bien con un modelo pensado para retener al espectador a toda costa. Matt Damon lo explicaba en The Joe Rogan Experience: la plataforma exige grandes escenas tempranas y diálogos que repitan la trama, porque se asume que el público está distraído. Una lógica que, según el actor, acabará interfiriendo en cómo se cuentan las historias.

En esta era de elección constante, paradójicamente nos hemos vuelto más pasivos. Se prioriza lo fácil, lo reconocible, lo que no exige nada. Las películas incómodas quedan relegadas a las salas, uno de los pocos espacios donde aún parece mal visto sacar el móvil.

El valor de salir perturbado

Las películas desagradables son más necesarias que nunca. Lo recordó Simon Pegg durante su paso por el armario de Criterion Collection, al contar cómo su hija odiaba Terciopelo azul. Su conclusión es demoledora: el entretenimiento es una función sobrevalorada del arte.

No todos los días se parecen a una película de Netflix. Algunos se parecen más a un largometraje de David Lynch. Y el cine, si quiere seguir vivo, necesita recordárnoslo.

Fuente: SensaCine.

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