Copenhague está prácticamente rodeada de agua y buena parte de su territorio se asienta sobre antiguos terrenos pantanosos drenados. Esa combinación la convierte en una ciudad especialmente vulnerable frente a dos de las principales consecuencias del cambio climático: el aumento de las lluvias torrenciales y la subida del nivel del mar. En lugar de esperar a que esos problemas se agraven, la capital danesa lleva cerca de 15 años desplegando un plan de adaptación pensado para varias décadas y basado en una idea sencilla: hacer que la ciudad sea capaz de absorber, almacenar y canalizar mucha más agua de la que soportaba hasta ahora.
El punto de inflexión llegó el 2 de julio de 2011, cuando una tormenta descargó alrededor de 135 milímetros de lluvia sobre Copenhague en muy poco tiempo. El sistema de alcantarillado colapsó, numerosas calles y sótanos quedaron inundados, varias infraestructuras resultaron dañadas y las pérdidas económicas alcanzaron unos 6.000 millones de coronas danesas, alrededor de 800 millones de euros. Un año después, la ciudad presentó su Cloudburst Management Plan, un programa diseñado para evitar que un episodio similar vuelva a paralizarla.
Una ciudad pensada para convivir con el agua
La estrategia combina grandes obras de ingeniería con soluciones mucho más naturales. Allí donde el espacio urbano es escaso, Copenhague está construyendo una red de túneles subterráneos de drenaje capaces de transportar rápidamente el exceso de agua hacia lugares donde pueda descargarse o almacenarse de forma segura. Funcionan como auténticas autopistas bajo tierra y permiten aliviar la presión sobre una red de alcantarillado que no fue diseñada para soportar precipitaciones cada vez más extremas.

En las zonas donde sí hay espacio disponible, la respuesta es diferente. Una veintena de parques y espacios públicos han sido rediseñados para inundarse temporalmente cuando sea necesario. El ejemplo más conocido es Enghaveparken, que durante un día normal funciona como parque y espacio recreativo, pero en una tormenta intensa puede almacenar aproximadamente 25.000 metros cúbicos de agua.
Otros proyectos incorporan humedales, canales y vegetación para ralentizar el agua antes de devolverla al sistema. En Karens Minde, por ejemplo, el paisaje forma parte de la propia infraestructura hidráulica. En vez de esconder completamente el problema bajo tierra, la ciudad utiliza zonas verdes para retener el agua, mejorar su calidad y, al mismo tiempo, aumentar la biodiversidad y reducir el efecto de isla de calor.
Ese enfoque ha convertido a Copenhague en uno de los ejemplos más claros del concepto de “ciudad esponja”: una ciudad que no intenta expulsar inmediatamente toda el agua de lluvia, sino que crea espacios donde pueda permanecer temporalmente sin causar daños.
Lynetteholm, la isla que también funcionará como barrera
La actuación más llamativa se encuentra en la costa. Copenhague está desarrollando Lynetteholm, una isla artificial de unos 2,6 kilómetros cuadrados que tendrá una doble función. Por un lado, permitirá crear nuevo suelo urbano; por otro, formará parte de la protección de la capital frente a futuras marejadas y al aumento del nivel del mar.
El proyecto cobra especial importancia si se tienen en cuenta las previsiones climáticas. El Instituto Meteorológico Danés estima que hacia finales de siglo las precipitaciones podrían aumentar de forma significativa y que el nivel medio del mar podría subir alrededor de 42 centímetros. Para una ciudad situada prácticamente al nivel del agua, cualquier combinación de mareas altas, tormentas y lluvias intensas puede convertirse en un problema serio.
Lynetteholm pretende actuar como una primera barrera frente a ese escenario, aunque su construcción también ha generado críticas. La isla requiere enormes movimientos de tierras y parte de su financiación procede del vertido de materiales de excavación y de la futura venta de terrenos, lo que ha abierto un debate sobre su impacto ambiental y sobre si el coste ecológico de construirla compensa sus beneficios como infraestructura de adaptación.
Aun con esa controversia, el enfoque general de Copenhague resulta especialmente interesante porque no confía toda su protección a una única gran obra. La ciudad combina túneles, parques inundables, humedales, nuevos espacios públicos y defensas costeras como piezas de un mismo sistema.
Más que intentar mantener el agua fuera a cualquier precio, Copenhague está rediseñándose para convivir con ella. Y esa puede ser una de las lecciones más importantes para otras ciudades europeas: frente a un clima cada vez más extremo, adaptarse quizá no consista únicamente en construir muros más altos, sino en transformar la propia ciudad para que pueda absorber mejor los impactos que vienen.