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Crítica de Cats: he visto cosas que ningún ser humano debería ver

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Francesca Hayward es la revelación en una película que no debería existir.
Foto: Universal Pictures

Llevo procesando esta película las últimas 24 horas, intentando entender algo del terrorífico tren fuera de control (y lleno de gatos) que es Cats. Necesitas ver esta película, por cierto.

Necesitas contemplar como yo he hecho la arrogancia del director Tom Hooper. Necesitas ser testigo, como lo he sido yo, de la arrogancia de Hollywood y de los actores que participan en este despropósito. Tienes que sentarte en el cine y ver esta cosa llena de pelo solo para que en los años venideros puedas decir: “yo estuve allí.” Habrás visto, en su infancia, una de esas monstruosidades que acaba convirtiéndose en una película de culto como cualquier otra extraña e inepta producción centrada en los felinos de la misma categoría que House (dirigida en Nobuhiko Obayashi en 1977).

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Cats desafía la comprensión humana porque existe pero a cada minuto de ella resulta obvio que no debería existir.

El argumento de Cats no es especialmente importante. Cuando Andrew Lloyd Webber adaptó el libro de poemas de T.S. Eliot en 1981 no estaba tratando de crear un musical. Tan solo quería proporcionar una experiencia alrededor del baile, los trajes de spandex ajustados y algunas canciones. Todo lo que necesitas saber se narra en el número inicial de la película, en el que los gatos explican que va a haber un baile, y el viejo Deuteronomy elegirá a un gato para que ascienda a un plano superior de existencia. El guión escrito por Lee Hall y el propio Hooper reitera este punto de partida en un diálogo entre dos personajes solo por si todo ese pelo digital y esa caterva de mininos retozando te ha distraído la primera vez. La cruz de esta narración consiste en las relaciones entre los propios gatos (todos los gatos odian al personaje de Grizabella, interpretado por Jennifer Hudson) y las maquinaciones esporádicas de Macavity, el personaje interpretado por Idris Elba que aparece de vez en cuando para librarse de alguno de los competidores en su carrera por alcanzar Heavenside (el mencionado plano de existencia superior).

El director Tom Hooper se parece mucho a Macavity. Hace desaparecer actores cuando le apetece y los reemplaza por golems digitales que se mueven e interactúan con el entorno de una manera completamente antinatural. A menudo una secuencia de baile bastante hermosa y muy real se ve interrumpida por la transformación de los personajes en sosias digitales que se retuercen y saltan por la pantalla como si fueran animaciones a medio terminar. No hay que temer por sus vidas. Aterrizan suavemente como si les hubiera enseñado un especialista en escenas de acción de Hong Kong.

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El problema de Cats no es lo real y lo digital combatiendo encarnizadamente en la misma escena (y a menudo en el mismo cuerpo). Lo terrorífico es que se diría que no les dio tiempo a terminarlo y les da exactamente igual.

He asistido al espectáculo de un hombre con abrigo y gorro de pie en una escena en mitad de un grupo de gatos. Una terrorífica estatua gris se cierne sobre él. Entonces la estatua parpadea y descubres que es una mujer, solo que la colorearon de gris y se ve que se les olvidó añadir pelo. En una escena, la mano de Judi Dench es del mismo color rubio que su pelo. En la siguiente es su mano natural, solo que repleta de lo que parecen ser anillos de boda. La mayor parte de los gatos de la película tienen pies humanos salvo la recién llegada, interpretada por Francesca Hayward, que lleva zapatillas de bailarina.

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Francesca se marca una actuación de baile de las que pagarías por ver en un teatro. Aquí solo tienes que pagar la entrada al cine, pero sus zapatillas de ballet son CGI, y flotan junto a sus tobillos de una forma que te hará añorar al bebé de aquel corto de Pixar de hace 30 años (¿No sabes de qué hablo? ¡Oh! Adelante, haz clic en el enlace. Sabes que lo estás deseando).

Jennifer Hudson en el papel de Gabriella es uno de los personajes que menos grima da.
Foto: Universal Pictures
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Las tetas con pelo que nos distrajeron en el primer tráiler se han disimulado un poco. Todos los personajes lucen bastante andróginos, como si un becario de diseño hubiese abusado de la herramienta de difuminar en Photoshop. Algunos están más difuminados que otros. Victoria y Deuteronomy tienen una gruesa piel, pero Macavity deja ver toda la musculatura de Idris Elba casi como si estuviera desnudo, abriendo un portal dimensional a una adaptación de Thundercats que definitivamente no queremos ver.

Pensé que podría abstraerme del pelo digital y de las extrañas formas asexuadas de Cats. En una escena llegué a pensar que podría disfrutar de Cats, la película, como ya disfruté del musical homónimo. Hayward y Robbie Fairchild, que interpreta al narrador Munkostrap son unos bailarines con tanto talento que por un momento creí que podría olvidar los terribles efectos especiales y el aspecto inquietante de los personajes (He sobrevivido a Alita, al fin y al cabo). Además parece que los actores se lo han pasado en grande un poco como esos niños que se vienen arriba en la representación del colegio y lo dan todo.

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Estaba pensando en todo eso y confiada en que podría llevar mi experiencia a buen término cuando Rebel Wilson se quitó la piel de gato como quien se quita un pijama y procedió a comerse cientos de pequeñas cucarachas humanoides a las que había enseñado a bailar para que la entretuvieran.

A partir de ahí ya no hay vuelta atrás.

Foto: Universal Pictures
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Los entusiastas del musical amarán y odiarán esta película. Hay cambios demasiado significativos en la historia. El personaje de Bombalurina, por ejemplo (Taylor Swift) ha pasado de casi ser la co-protagonista a ser una villana de medio pelo que droga a todos los personajes y trata de secuestrar a Deuteronomy. Los extraños intentos de proporcionar una historia a los huesos del musical puede que no gusten a todos. La pomposidad del espectáculo puede hacer que muchos pasen por alto los defectos de la película, como el momento en el que Hopper destroza la canción Memory con una remezcla que hunde la voz de Jennifer Hudson en un mar de instrumentos. El director también interfiere todo el rato en sus destrozos a las canciones con extraños movimientos de cámara y cortes aún más raros.

Nada de esto importa. Nada importa después de ese momento en el que alguien decidió disfrazar a algunos de los mejores bailarines de esta década con pelo digital. Hopper ha arruinado Cats por completo, pero quizá Cats ya era una ruina decadente desde mucho antes. Quizá es una de esas obras que vive en un limbo particular donde ni es ni deja de ser, trascendiendo los límites del buen gusto solo por nuestro propio empeño en hacer de todo un espectáculo.

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Necesitas ir a ver Cats porque es la única forma de comprender lo que he visto yo. Quizá incluso la veas y después de una hora y 50 minutos sigas sin entender nada como me ha pasado a mí. La buena noticia es que verás cosas que nadie debería ver y verás hacer cosas que nadie debería hacer. Solo por eso ya merece la pena. Cats se estrena el 20 de diciembre.

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