Durante décadas se sospechó que las erupciones volcánicas masivas del Triásico final habían sido responsables de una de las mayores crisis biológicas de la Tierra. Ahora, una investigación basada en registros magnéticos de lavas en Marruecos y Canadá ofrece una imagen más precisa y sorprendente: la extinción no fue lenta, sino abrupta, y sucedió en cuestión de décadas.
Una extinción fulminante orquestada por el azufre

El estudio, publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences, reconstruye cinco grandes pulsos eruptivos asociados a la Provincia Magmática del Atlántico Central (CAMP), cada uno con una duración inferior a un siglo. La clave no estuvo en la lava, sino en el dióxido de azufre que ascendió a la atmósfera y se transformó en aerosoles sulfatados capaces de reflejar la luz solar.
Estos inviernos volcánicos, más extremos que cualquier episodio moderno, habrían provocado colapsos ecológicos inmediatos. En tierra, la fotosíntesis se detuvo, las plantas desaparecieron y las cadenas alimenticias se derrumbaron. El primer pulso liberó más de 60.000 megatoneladas de SO₂, unas 500 veces más que la famosa erupción del Laki. El planeta se enfrió, y con él, se extinguieron más del 70 % de las especies terrestres.
Las sombras que permitieron la era de los dinosaurios

El enfriamiento repentino alteró el equilibrio ecológico. Mientras grandes reptiles del Triásico, como los pseudosuquios, no lograron adaptarse, pequeños dinosaurios con regulación térmica más eficiente sobrevivieron. No eran los protagonistas en ese momento, pero las condiciones extremas les dieron una ventaja evolutiva. Así comenzó el dominio mesozoico.
En paralelo, el dióxido de carbono liberado por las mismas erupciones afectó a los océanos. A diferencia del SO₂, el CO₂ tardó más en hacer efecto, pero provocó acidificación y desoxigenación marina. En los registros de América del Sur y Europa, los biólogos detectan una cronología distinta a la terrestre, señal de que el impacto fue global, pero no uniforme.
Una advertencia desde el pasado
Este episodio revela algo inquietante: basta menos de un siglo de actividad volcánica intensa para cambiar el curso de la evolución. Gracias al análisis paleomagnético y geoquímico, los científicos ahora pueden fechar con precisión los eventos que transformaron la biosfera hace más de 200 millones de años.
Aunque el contexto actual es distinto, la lección permanece: los cambios climáticos abruptos, ya sean naturales o inducidos, tienen el poder de redefinir la vida en el planeta. Y, como entonces, podrían hacerlo en apenas unas décadas.