Nueve días no deberían ser suficientes para envejecer casi dos años. Sin embargo, cuando cuatro astronautas de la misión Axiom-2 viajaron a la Estación Espacial Internacional, algo extraño apareció en su ADN. Los científicos analizaron 32 relojes epigenéticos (herramientas que estiman la edad biológica observando patrones químicos sobre el ADN) antes, durante y después del vuelo.
Para el séptimo día, la aceleración media de edad epigenética había aumentado 1,91 años.
Lo todavía más interesante ocurrió cuando regresaron a casa: el efecto empezó a revertirse. Los astronautas de mayor edad volvieron aproximadamente a sus valores anteriores al vuelo y los más jóvenes incluso mostraron algunas estimaciones inferiores a las registradas antes de despegar. El estudio, publicado este año en Aging Cell, es pequeño (solo participaron cuatro personas) y sus autores recalcan que no significa que los astronautas envejecieran literalmente dos años en una semana. Lo que cambió fueron biomarcadores relacionados con el envejecimiento. Y precisamente ahí está la oportunidad.
El espacio está empezando a funcionar como una especie de laboratorio de envejecimiento acelerado, donde procesos que en la Tierra pueden requerir años para hacerse evidentes aparecen en cuestión de semanas o meses.
El cuerpo entra en órbita y empiezan a ocurrir cosas que normalmente asociamos con hacerse viejo

La vida en microgravedad somete al organismo a una combinación poco habitual: menor carga mecánica sobre músculos y huesos, radiación ionizante, alteraciones del ritmo circadiano y otras formas de estrés fisiológico. Algunos efectos recuerdan sorprendentemente a los que aparecen durante el envejecimiento terrestre.
Uno de los mejores ejemplos está en los músculos. Al desaparecer buena parte del esfuerzo necesario para sostener el cuerpo contra la gravedad, estos comienzan a perder masa y funcionalidad rápidamente. Incluso el ejercicio realizado por los astronautas no elimina por completo ese deterioro. Investigadores de la Universidad de Liverpool llevan años estudiando precisamente si los mecanismos responsables se parecen a los que provocan la sarcopenia asociada a la edad. Pero mandar astronautas al espacio para cada experimento sería prohibitivo.
Así que decidieron mandar únicamente sus músculos.
En 2021, el proyecto británico MicroAge envió a la ISS pequeños tejidos de músculo esquelético humano cultivados en laboratorio, cada uno de aproximadamente el tamaño de un grano de arroz. Los colocaron dentro de soportes especialmente fabricados capaces de mantenerlos vivos y estimularlos eléctricamente para imitar contracciones musculares.
Era, esencialmente, un gimnasio microscópico orbitando la Tierra.
Ahora sospechan que una parte de la respuesta está dentro de las mitocondrias

Los primeros resultados de MicroAge apuntaron hacia las mitocondrias, las estructuras celulares encargadas de producir buena parte de la energía que necesitan nuestras células.
El tejido muscular expuesto a microgravedad mostró alteraciones tanto en reposo como en su respuesta al ejercicio. Los investigadores creen que cambios en las mitocondrias pueden desempeñar un papel importante en esa pérdida acelerada de músculo. Por eso la siguiente fase, MicroAge II, quiere ir directamente detrás de ellas.
El experimento estudiará cómo cambian su forma, distribución y funcionamiento en microgravedad y comparará esos resultados con lo observado en músculos de personas mayores en la Tierra. También probará una idea sencilla: si mantener tensión mecánica sobre el músculo puede impedir parte de su degeneración incluso cuando prácticamente desaparece la gravedad.
Hay además otro proyecto, FLUMIAS-ISS, preparado para observar mediante microscopía fluorescente cómo cambian las mitocondrias y la producción de peróxido de hidrógeno dentro de células musculares en microgravedad, comparándolas con células procedentes de adultos mayores.
La idea no es buscar una “cura para el envejecimiento” en el espacio
Ahí conviene poner un límite importante. La microgravedad no reproduce perfectamente el envejecimiento humano. Dos procesos pueden terminar provocando pérdida muscular o cambios epigenéticos parecidos y, aun así, hacerlo mediante mecanismos diferentes. Los cuatro astronautas de Axiom-2 tampoco bastan para demostrar que el espacio acelere universalmente nuestra edad biológica.
Lo interesante es la velocidad. Un ensayo terrestre sobre pérdida muscular asociada a la edad puede necesitar años de seguimiento. En órbita, determinadas alteraciones aparecen muchísimo antes. Eso permite encontrar mecanismos candidatos, probar intervenciones y decidir cuáles merecen después investigaciones clínicas mucho más largas en personas mayores.
NASA está llevando esta idea incluso más lejos con su estrategia de Precision Health, que estudia cómo el espacio altera células, genes, microbioma y fisiología con un doble objetivo: mantener vivos a futuros astronautas camino de la Luna y Marte y aprovechar esos descubrimientos en medicina terrestre.
El espacio siempre fue un lugar al que viajábamos para descubrir qué había fuera de la Tierra. Ahora estamos descubriendo algo bastante más extraño: alejarnos del planeta puede ser una de las formas más rápidas de entender qué le ocurre a nuestro propio cuerpo cuando envejece.