El Miguel Oliver había llegado a las aguas de Ibiza y Formentera para estudiar peces, no romanos. Entre el 25 de agosto y el 7 de septiembre, el buque oceanográfico del Ministerio de Agricultura participaba en la última fase de MEDITS 2026, una campaña del Instituto Español de Oceanografía dedicada a estudiar poblaciones de merluza, gamba roja, cigala y otros recursos del fondo mediterráneo. Entonces llegó uno de sus lances al sur de Formentera.
Desde unos 1.400 metros de profundidad comenzaron a aparecer objetos que poco tenían que ver con la fauna marina: aproximadamente 26 ánforas romanas y 17 cajas de fragmentos cerámicos. El hallazgo fue accidental, pero procedía de un yacimiento arqueológico hasta entonces fuera del foco y situado a una profundidad extraordinaria.
No eran unas vasijas cualquiera: eran los “bidones de aceite” del Imperio romano

Los primeros análisis tipológicos apuntan a que el conjunto es bastante homogéneo: son Dressel 20, las grandes ánforas globulares utilizadas fundamentalmente para transportar aceite producido en la provincia romana de la Bética. Muchas de las recuperadas conservan además sellos y marcas, precisamente la clase de detalles que puede permitir reconstruir su procedencia.
La Dressel 20 fue uno de los contenedores comerciales más reconocibles de Roma. Podía transportar alrededor de 70 litros de aceite, y las investigaciones arqueológicas han encontrado ejemplares repartidos por buena parte del Imperio, desde Roma hasta las provincias situadas en las fronteras germánicas y británicas.
Buena parte de ese aceite procedía del valle del Guadalquivir. Se transportaba hasta centros especializados donde era envasado en ánforas y después emprendía viajes que podían terminar a miles de kilómetros. Por eso una simple marca puede resultar tremendamente valiosa.
Los sellos de las Dressel 20 pueden aportar información sobre talleres y producción, mientras que sus inscripciones pintadas llegaron a registrar datos relacionados con comerciantes, pesos y controles administrativos. Son, en cierto modo, etiquetas logísticas de hace casi dos mil años.
Después de siglos bajo el Mediterráneo, el peligro apareció cuando llegaron a la superficie

La tripulación avisó inmediatamente a las autoridades y comenzó una operación bastante menos espectacular, pero esencial para que el descubrimiento no terminara destruido pocas horas después de producirse.
Las ánforas habían permanecido durante siglos empapadas en agua marina. Dejarlas secarse repentinamente podía provocar daños mientras cristalizaban las sales absorbidas por la cerámica. Así que durante el traslado la tripulación las mantuvo constantemente húmedas con una manguera. En menos de 24 horas estaban ya bajo responsabilidad del Museu Arqueològic d’Eivissa i Formentera (MAEF), donde comenzaron los trabajos de desalación y estabilización, pieza por pieza y dentro de depósitos de agua.
El Ministerio de Cultura autorizó su depósito temporal en el museo, que ahora deberá inventariarlas, analizar su conservación y estudiar sus marcas. El propio Govern balear considera especialmente relevante el descubrimiento por tres razones: la cantidad de material, su buen estado y la profundidad de procedencia.
Las 26 ánforas pueden ser solamente la parte que salió a la superficie
Ahí empieza realmente la historia arqueológica. El Govern habla expresamente de un yacimiento a 1.400 metros y asegura que quiere avanzar no solo en el conocimiento de las ánforas, sino también del barco que las transportaba. Eso no significa que ya se haya identificado un pecio completo, pero la concentración de recipientes del mismo tipo y abundante cerámica convierte el lugar en algo mucho más interesante que una vasija aislada.
La profundidad complica enormemente cualquier investigación futura. No es un lugar donde un equipo arqueológico pueda bajar simplemente con botellas y comenzar una excavación convencional: estudiar sistemáticamente un fondo situado a 1,4 kilómetros exige tecnología submarina especializada. Y por ahora ni siquiera sabemos cuándo terminó allí aquel cargamento. Eso llegará cuando los especialistas empiecen a leer los sellos, comparar las formas y reconstruir su cronología.
El Miguel Oliver salió al Mediterráneo para saber cuántas merluzas y gambas quedaban bajo aquellas aguas. Por accidente terminó encontrando algo que llevaba allí mucho más tiempo: las primeras piezas de un barco romano cuya historia sigue enterrada a 1.400 metros bajo Formentera.