De Sudamérica al mundo: los sapos tóxicos que conquistaron todos los continentes
Un estudio internacional publicado en Proceedings of the Royal Society B reveló que los sapos tóxicos —familia Bufonidae— tienen su origen en Sudamérica hace 61 millones de años. Su expansión global fue posible gracias a una defensa química única: las glándulas parotoideas, que producen potentes bufotoxinas.
Lo que comenzó como una investigación sobre los sapos invasores detectados en Madagascar terminó reescribiendo la historia evolutiva de estos anfibios. Un equipo de científicos de China, Francia y Estados Unidos, encabezado por Christopher Raxworthy (Museo Americano de Historia Natural) y Wei Xu (IRD Montpellier), analizó el ADN de 124 especies de sapos distribuidas en seis continentes.
Los resultados mostraron algo inesperado: los sapos tóxicos surgieron en Sudamérica hace unos 61 millones de años y desde allí iniciaron una expansión que desafió los océanos. Hasta ahora, se pensaba que los primeros linajes habían migrado hacia América del Norte y luego a Asia, pero el nuevo análisis reveló un paso directo hacia África antes que cualquier otra dispersión.
La clave de este éxito no estuvo en la fuerza física ni en la velocidad, sino en una defensa bioquímica revolucionaria que cambió el destino del grupo.
La evolución de un escudo químico
El rasgo que marcó un antes y un después en la historia de los sapos fue la aparición de las glándulas parotoideas, situadas detrás de los ojos. Estas estructuras producen bufotoxinas, compuestos químicos capaces de repeler o intoxicar a depredadores, incluyendo mamíferos, aves e incluso otros anfibios.
Además de su defensa química, los sapos tóxicos presentaron una fisiología especialmente resistente. Pueden sobrevivir largos periodos sin agua ni alimento, gracias a cuerpos grasos inguinales que actúan como depósitos de energía. Esa combinación de toxicidad y resistencia les permitió atravesar entornos extremos y colonizar regiones muy diversas.
Los análisis genéticos mostraron que, tras un evento de extinción global hace unos 33 millones de años, los Bufonidae se diversificaron rápidamente. Fue, en palabras de los autores, “una explosión evolutiva impulsada por la química”.
Aunque la expansión original de los sapos se debió a procesos naturales, en los últimos siglos el ser humano ha acelerado su dispersión. El comercio marítimo y la introducción deliberada de especies para el control de plagas los llevaron a ecosistemas donde se convirtieron en invasores agresivos.
Casos emblemáticos son el sapo marino (Rhinella marina) en Australia, introducido en 1935 para controlar insectos en los cañaverales y hoy considerado una de las especies más dañinas del planeta, o el sapo asiático en Madagascar, que amenaza la fauna local desde su llegada en 2014.
Daniel Paluh, de la Universidad de Dayton (EE. UU.), resume el hallazgo:
El estudio aporta una nueva mirada sobre cómo la biología y la geología se entrelazan en la historia de la vida. Los sapos tóxicos, descendientes de ancestros sudamericanos, no solo sobrevivieron a eventos de extinción, sino que convirtieron la química en su arma evolutiva.
Su éxito global —y los problemas ecológicos que hoy provocan— son el resultado de esa combinación de adaptación y oportunidad. Como dice Raxworthy, “cada glándula de toxina cuenta una historia de millones de años de resistencia, viaje y conquista biológica”.