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Se han animado a desafiar a Darwin, y no fue puntualmente alguien sino algo. Los tomates de las Galápagos están “evolucionando al revés” y los científicos creen saber por qué

En las mismas islas donde nació la teoría de la evolución, una planta está reescribiendo sus reglas. Y su secreto podría cambiar la farmacología moderna.

Las Islas Galápagos siempre han sido el laboratorio natural más famoso del mundo. Allí, Charles Darwin encontró las pistas que lo llevarían a formular la teoría de la selección natural. Pero ahora, casi dos siglos después, ese mismo escenario parece estar dándole la vuelta a su propia historia.

Grupo de investigadores descubrió que los tomates silvestres del archipiélago están “evolucionando al revés”: recuperando rasgos químicos que sus antepasados habían perdido hace millones de años. El hallazgo, publicado en Nature Communications, podría cambiar nuestra comprensión de la evolución… y abrir una nueva vía para diseñar medicamentos más seguros y precisos.

Cuando la evolución pisa el freno

Los tomates de las Galápagos están reescribiendo la evolución. Han recuperado un rasgo perdido hace millones de años y podría cambiar la farmacología moderna
© Unsplash – Waldemar Brandt.

La especie protagonista es el Solanum cheesmaniae, un tomate silvestre endémico de las Galápagos. A primera vista, parece un simple fruto amarillo, del tamaño de una cereza. Pero su composición química es lo que lo hace extraordinario. Los científicos descubrieron que las plantas que crecen en las islas más jóvenes y áridas del archipiélago están recuperando una molécula ancestral, un tipo de defensa natural que sus parientes de las islas más antiguas ya habían abandonado.

Se trata de un proceso de “evolución inversa”, algo que en principio no debería ocurrir. En lugar de seguir adaptándose hacia nuevas formas, estas plantas están regresando a un estado bioquímico más primitivo, pero —y aquí viene lo sorprendente— más útil para sobrevivir en entornos hostiles.

El secreto químico de un retroceso brillante

La clave está en los alcaloides esteroidales (SGAs), compuestos potentes que las solanáceas —tomates, berenjenas, patatas— utilizan para defenderse de patógenos y herbívoros. Estas moléculas existen en dos versiones, o isómeros quirales, que son como imágenes especulares:

  • El 25S, el tipo “moderno”, típico de los tomates actuales.
  • El 25R, el tipo “ancestral”, más común en especies primitivas como la berenjena.

Durante varios millones de años, la evolución empujó a los tomates hacia el 25S, que resultaba más adecuado para su entorno. Sin embargo, en las islas más jóvenes del archipiélago —como Isabela, formada sobre un terreno volcánico reciente y extremadamente árido—, los tomates han vuelto a producir el 25R. Es decir, han dado un salto evolutivo hacia atrás.

El responsable es una enzima llamada GAME8, una especie de “llave bioquímica” que determina qué versión de la molécula fabrica la planta. El estudio demostró que bastan ocho mutaciones en los aminoácidos de GAME8 para que una planta moderna abandone el isómero 25S y comience a fabricar el ancestral 25R. Es un cambio minúsculo con consecuencias gigantescas.

Por qué Darwin habría levantado una ceja

La teoría de Darwin describe la evolución como un proceso de adaptación progresiva: los rasgos se conservan o descartan según su utilidad. Pero los tomates galapagueños parecen haber roto esa línea temporal. En las islas más antiguas, como San Cristóbal, siguen produciendo el isómero moderno 25S. En las más jóvenes, han regresado al 25R ancestral, que las protege mejor contra los patógenos y condiciones extremas.

En otras palabras: la evolución no siempre va hacia adelante. A veces, recurre al pasado para encontrar soluciones que ya funcionaron una vez. Y eso cambia por completo la idea de que las mutaciones son siempre “progresivas”.

Del tomate a la farmacia del futuro

Los tomates de las Galápagos están reescribiendo la evolución. Han recuperado un rasgo perdido hace millones de años y podría cambiar la farmacología moderna
© Mapbox.

Este descubrimiento va mucho más allá de la botánica. En farmacología, la quiralidad molecular es vital: un mismo compuesto puede tener efectos radicalmente distintos dependiendo de su orientación. Un ejemplo clásico es la talidomida, un medicamento cuyos dos isómeros —imágenes espejo— tenían consecuencias opuestas: uno calmaba las náuseas, el otro provocaba malformaciones fetales.

Comprender cómo una enzima natural, como GAME8, controla el sentido de la quiralidad podría ayudar a diseñar fármacos más selectivos y seguros, o incluso cultivos con propiedades químicas ajustables. En teoría, podríamos usar ingeniería genética para que una planta fabrique versiones específicas de moléculas beneficiosas o elimine las que resultan tóxicas.

La lección de las Galápagos

Este hallazgo en los tomates silvestres es, en esencia, un recordatorio de que la evolución no es una flecha, sino un bucle. Que la naturaleza puede rebobinar su propio código cuando el entorno lo exige. Y que, incluso en un fruto del tamaño de una uva, puede esconderse una pista sobre cómo fabricar los medicamentos del mañana. Quizá Darwin no se equivocó, solo se quedó corto. Las Galápagos todavía están escribiendo nuevos capítulos de la evolución, y esta vez lo hacen de atrás hacia adelante.

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