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Ciencia

Los tomates de las Galápagos están “evolucionando al revés”. Y eso podría revolucionar la farmacología

Un equipo científico descubrió que los tomates silvestres de las Islas Galápagos están recuperando un rasgo químico ancestral que sus antepasados perdieron hace millones de años. Esta “evolución inversa”, documentada en Nature Communications, podría cambiar la forma en que diseñamos fármacos y cultivos, al revelar cómo una sola enzima puede alterar toda una estrategia evolutiva.
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Las Galápagos vuelven a desafiar a Darwin. Casi dos siglos después de que los pinzones inspiraran la teoría de la evolución, un nuevo hallazgo muestra que una especie de tomate silvestre está retrocediendo en su desarrollo genético. En las islas más jóvenes del archipiélago, las plantas han recuperado una defensa química perdida hace millones de años. Lejos de un error, este giro podría abrir una nueva era en la biotecnología farmacéutica.

Un experimento natural en el laboratorio de Darwin

El archipiélago de las Islas Galápagos, famoso por haber inspirado la teoría de la evolución, vuelve a sorprender a la ciencia. Investigadores que estudiaban el Solanum cheesmaniae, un tomate silvestre endémico, descubrieron que algunas poblaciones están “involucionando”: han recuperado una característica química ancestral que se creía perdida para siempre.

El hallazgo, publicado en la revista Nature Communications, muestra que estos tomates están produciendo un tipo de compuesto defensivo típico de sus antepasados prehistóricos, desafiando la idea de que la evolución solo avanza hacia adelante.

La clave está en una molécula y en una enzima

El estudio se centra en los alcaloides esteroidales (SGAs), sustancias tóxicas que las plantas de la familia de las solanáceas (tomates, berenjenas, papas) usan para defenderse de depredadores y patógenos.

Estos compuestos existen en dos versiones químicas, o isómeros:

  • El 25S, característico de los tomates modernos.
  • El 25R, una forma más antigua y común en especies ancestrales como la berenjena silvestre.

El cambio entre ambos depende de una sola enzima llamada GAME8. Al modificar apenas ocho aminoácidos en esta proteína, los investigadores comprobaron que era posible revertir el proceso y hacer que el tomate moderno produjera nuevamente el isómero ancestral. En otras palabras, descubrieron un interruptor evolutivo.

La evolución a contrarreloj

El equipo comparó los tomates de distintas islas del archipiélago:

  • En las islas más antiguas, como San Cristóbal, los tomates conservan el perfil moderno (25S).
  • En las más jóvenes y áridas, como Isabela, las plantas producen el compuesto antiguo (25R).

Todo indica que las duras condiciones ambientales de las islas jóvenes favorecieron mutaciones que reactivaron la versión ancestral de la enzima GAME8. Lejos de ser un retroceso, este cambio habría mejorado su resistencia a los patógenos y a los herbívoros locales, ofreciendo una ventaja adaptativa.

“Estas plantas no están retrocediendo, están reinventando una herramienta del pasado para sobrevivir en el presente”, explican los autores del estudio.

Darwin, la quiralidad y la medicina moderna

El descubrimiento no solo tiene implicaciones evolutivas. En farmacología, la quiralidad molecular —la diferencia entre una molécula y su imagen especular— es crítica. Dos isómeros de un mismo fármaco pueden tener efectos radicalmente distintos: uno terapéutico, el otro tóxico.

Casos como el de la talidomida en los años 60 demostraron lo devastador que puede ser ignorar esa diferencia. Por eso, entender cómo la naturaleza controla la quiralidad —como lo hacen estos tomates mediante la enzima GAME8— podría revolucionar el diseño de medicamentos, al permitir producir moléculas “espejo” de manera controlada y segura.

Además, este conocimiento abre la puerta a cultivos personalizados, en los que se ajusten las defensas químicas de las plantas según su entorno o su valor nutricional.

Evolución en espiral, no en línea recta

El caso del tomate de las Galápagos nos recuerda que la evolución no es una flecha que apunta siempre hacia adelante, sino un proceso flexible que puede recuperar el pasado cuando el presente lo exige.

Lo que comenzó como una curiosidad botánica se ha convertido en un experimento natural que ayuda a los científicos a entender cómo una sola mutación puede reescribir millones de años de historia evolutiva.

Y, quizás, también en una pista sobre cómo la biotecnología puede aprender de la naturaleza a rediseñar la vida con precisión molecular.

 

 

Fuente: Xataka.

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