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Ciencia

Descenso imposible: cómo Jim Morrison conquistó la cara norte del Everest y cambió la historia del esquí extremo

Durante 60 años nadie lo había logrado. El estadounidense Jim Morrison descendió en esquí por la temida cara norte del Everest, cumpliendo un sueño imposible y rindiendo homenaje a su pareja fallecida, Hilaree Nelson. Su hazaña redefine los límites humanos y emocionales del alpinismo.
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El Everest no perdona. Desde 1963, su cara norte —el mítico corredor Hornbein— ha sido sinónimo de riesgo absoluto. Ningún ser humano había logrado esquiarlo por completo. Hasta ahora. Jim Morrison, un estadounidense de 50 años, lo consiguió en octubre de 2025, cerrando una de las páginas más legendarias del montañismo y abriendo otra marcada por la emoción, la pérdida y la resiliencia.


El sueño que tardó seis décadas en cumplirse

Durante décadas, la ruta Hornbein-Japonesa fue el Santo Grial del esquí extremo. Su pendiente supera los 50 grados y las condiciones del hielo cambian cada minuto. En octubre, Morrison alcanzó la cima del Everest tras seis semanas y media de ascenso. A 8.848 metros de altura, se quitó los guantes, abrió una pequeña urna y esparció las cenizas de su pareja, la alpinista Hilaree Nelson, fallecida tres años antes en el Manaslu.

“Sentí que podía dedicarle todo el día”, relató. Apenas unos minutos después, mientras el resto del equipo iniciaba el descenso con cuerdas, Morrison se calzó los esquíes y se lanzó hacia el vacío. Durante cuatro horas descendió más de 2.700 metros verticales entre hielo, roca y viento helado.
“Fue una mezcla de supervivencia y disfrute puro”, explicó. “Había secciones suaves en las que podía girar, y otras tan duras que parecían olas congeladas”.


Un reto que nadie había logrado vencer

El Hornbein Couloir fue abierto por los alpinistas estadounidenses Tom Hornbein y Willi Unsoeld en 1963. Desde entonces, decenas de expediciones soñaron con esquiarlo, pero ninguna regresó con éxito. El francés Marco Siffredi desapareció en 2002 al intentarlo. Incluso el explorador y cineasta Jimmy Chin —quien hoy documentó la hazaña para National Geographic— fracasó en su momento.

Morrison lo intentó tres veces antes de lograrlo. En 2023 no obtuvo permisos del gobierno chino; en 2024, un alud hirió a un compañero y abortó la misión. Pero la tercera fue la vencida. Este año, junto a un equipo de 11 personas —sherpas, técnicos y guías, incluido el ecuatoriano Esteban “Topo” Mena—, partió decidido a culminar lo imposible.

Las condiciones fueron extremas: temperaturas de -27 °C, nieve dura y vientos cruzados. En ciertos tramos, tuvo que quitarse los esquíes y descender en rápel, pasando junto a los viejos tanques de oxígeno de los pioneros de 1963.

Al llegar al glaciar Rongbuk, se quebró. “Había arriesgado todo, pero estaba vivo. Sentí que era un tributo a Hilaree, algo que la haría sentirse orgullosa”, confesó entre lágrimas.


De la tragedia a la redención personal

La historia de Morrison va más allá de los récords. En 2011 perdió a su esposa y a sus dos hijos en un accidente aéreo. Años después, encontró en las montañas y en Hilaree Nelson una nueva razón para seguir viviendo. Juntos conquistaron varias de las cumbres más difíciles del planeta, hasta que un desprendimiento de nieve en el Manaslu terminó con la vida de Hilaree.

Desde entonces, Morrison convirtió el dolor en propósito. Inspirado en las ideas de Eckhart Tolle, abrazó la vida en el presente. Su descenso del Everest no fue solo un logro técnico, sino un acto de reconciliación con la pérdida.


Una nueva página en la historia del alpinismo

El descenso por la cara norte del Everest se considera ya la bajada más difícil jamás realizada en el mundo del esquí. Morrison no solo completó un reto que había obsesionado a generaciones de montañistas, sino que lo hizo en honor a quienes ya no están.

Su hazaña, filmada por Jimmy Chin y Chai Vasarhelyi para un próximo documental de National Geographic, redefine lo que significa conquistar una montaña. No se trata solo de llegar a la cima, sino de enfrentarse a uno mismo y regresar para contarlo.

En palabras del propio Morrison: “El Everest me enseñó que el verdadero vértigo no está en la altura, sino en lo que dejas atrás cuando decides seguir viviendo”.


Legado y símbolo

Más que una proeza deportiva, el descenso de Jim Morrison representa una lección de humanidad. La montaña más alta del mundo fue testigo de una hazaña nacida del dolor, la paciencia y la fe en la vida. Desde la cima del Everest, un hombre descendió solo, con dos esquíes y una promesa: que incluso en el punto más inhóspito del planeta puede existir amor, memoria y esperanza.

Fuente: Meteored.

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