Durante décadas, los geólogos han sabido que bajo nuestros pies existen estructuras tan grandes como continentes, ocultas a casi 3.000 kilómetros de profundidad. No se ven, no se tocan y solo se intuyen por cómo se comportan las ondas sísmicas al atravesarlas. Ahora, por primera vez, un estudio sugiere que estas masas profundas no solo son rarezas geológicas: llevan cientos de millones de años influyendo en la forma del campo magnético de la Tierra.
Dos gigantes invisibles bajo el manto

Las protagonistas de esta historia son las llamadas grandes provincias de baja velocidad sísmica (LLSVPs). Son regiones irregulares del manto inferior donde las ondas sísmicas se ralentizan, señal de que el material es más caliente, más denso y químicamente distinto al de su entorno. Hay dos principales: una bajo África y otra bajo el océano Pacífico, cada una con un tamaño comparable al de un continente.
Rodeándolas aparece un “anillo” de material más frío, por el que las ondas viajan más rápido. Este contraste térmico y químico ha intrigado a los científicos desde finales del siglo XX. Se sospechaba que estas estructuras podían influir en la dinámica del manto, pero faltaba una pieza clave: conectar ese comportamiento profundo con fenómenos que percibimos en la superficie del planeta.
El vínculo con el geodínamo terrestre

El nuevo trabajo, publicado en Nature Geoscience y liderado por investigadores de la Universidad de Liverpool, propone precisamente ese enlace. El campo magnético terrestre se genera en el núcleo externo, donde el hierro líquido en movimiento actúa como un geodínamo. Según el estudio, las diferencias de temperatura entre las LLSVPs y el manto circundante modifican cómo fluye ese hierro en las capas más profundas.
En términos simples, el manto no es un “suelo” uniforme para el núcleo: hay zonas que lo enfrían y otras que lo mantienen más caliente. Esa asimetría acelera o frena el flujo del metal líquido según la región, dando lugar a un campo magnético irregular, lejos de comportarse como un imán perfecto alineado con el eje de rotación del planeta.
Simulaciones que encajan con la realidad

Para poner a prueba la idea, el equipo combinó datos sísmicos del manto con simulaciones del geodínamo en supercomputadoras. Compararon dos escenarios: uno con un manto uniforme y otro que incorporaba las LLSVPs y las regiones frías que las rodean. Solo el segundo logró reproducir las irregularidades, inclinaciones y patrones del campo magnético que observamos en los registros geológicos.
Las simulaciones también sugieren que algunas características del campo magnético han permanecido relativamente estables durante cientos de millones de años, mientras que otras han cambiado de forma notable. Esto ayuda a explicar por qué el magnetismo terrestre muestra tanto persistencias como variaciones a lo largo del tiempo profundo.
Un rompecabezas que conecta el interior con la superficie
El hallazgo no se queda en la geofísica pura. Si el campo magnético no ha sido un “promedio perfecto” durante largos periodos, como se asumía, eso afecta a cómo interpretamos registros paleomagnéticos usados para reconstruir la deriva de los continentes, la formación y ruptura de supercontinentes como Pangea, e incluso aspectos del clima antiguo y la evolución de la vida.
En el fondo, la imagen que emerge es inquietante y fascinante a la vez: dos gigantes invisibles, enterrados desde hace cientos de millones de años, han estado modulando el escudo magnético que protege la vida en la superficie. La Tierra, una vez más, demuestra que su historia más profunda sigue escribiéndose en lugares a los que nunca podremos llegar, pero cuyas huellas terminan apareciendo en el cielo que nos protege.