La escena debió de parecer bastante inocente. En 1890, Eugene Schieffelin abrió varias jaulas en Central Park y dejó que decenas de estorninos europeos volaran sobre Nueva York. Al año siguiente se produjo otra liberación. La reconstrucción histórica más aceptada habla de 60 ejemplares en la primera tanda y otros 40 en la segunda: alrededor de un centenar en total.
Nadie podía imaginar lo que vendría después. Aquella pequeña población consiguió establecerse, comenzó a reproducirse y avanzó progresivamente hacia el oeste. En su momento de máxima expansión, Norteamérica llegó a albergar unos 200 millones de estorninos adultos, según las estimaciones recogidas por el Cornell Lab of Ornithology.
Pasar de aproximadamente 100 aves a 200 millones supondría multiplicar por dos millones aquella población inicial. Sin embargo, no puede asegurarse que todos los estorninos norteamericanos desciendan únicamente de las aves de Schieffelin. Hubo otras liberaciones y posiblemente poblaciones asilvestradas anteriores que también pudieron contribuir a su expansión.
Una invasión construida sobre alas y adaptación genética

Los estorninos permanecieron inicialmente en torno a Nueva York, pero pronto comenzaron a aparecer en Connecticut y Nueva Jersey. Durante las décadas siguientes continuaron avanzando hasta ocupar prácticamente todo el continente.
Su éxito no consistió simplemente en reproducirse a gran velocidad. Una investigación publicada en Molecular Ecology analizó ejemplares de diferentes regiones y encontró señales de adaptación local relacionadas con la temperatura y las precipitaciones.
Los cambios se produjeron en apenas 130 años, un intervalo diminuto en términos evolutivos. Las poblaciones seguían siendo genéticamente muy parecidas, pero ciertas variantes presentes en los primeros ejemplares ofrecieron ventajas distintas dependiendo del entorno. Una característica irrelevante en Nueva York podía convertirse en la clave para sobrevivir en una región más seca, fría o lluviosa.
Su movilidad hizo el resto. Cada nueva población llevaba consigo esas variaciones y se enfrentaba a unas condiciones ambientales diferentes. El estornino no solo colonizó Norteamérica: fue ajustándose al continente mientras lo atravesaba.
Shakespeare convirtió una invasión biológica en una leyenda perfecta

Durante décadas se afirmó que Schieffelin quería introducir en Estados Unidos todas las aves mencionadas por William Shakespeare. La explicación parecía encajar porque el estornino aparece en Enrique IV, parte 1 y porque su protagonista pertenecía a la American Acclimatization Society.
El problema es que probablemente nunca ocurrió así. Una investigación histórica publicada por Duke University Press no encontró declaraciones de Schieffelin, testimonios directos ni relatos contemporáneos que demostraran aquel supuesto proyecto literario.
Schieffelin sí participó en la liberación de aves extranjeras, pero formaba parte de un movimiento internacional más amplio. Las sociedades de aclimatación trasladaban especies entre continentes porque creían que podían embellecer los paisajes, generar beneficios económicos o permitir el estudio de su adaptación.
La historia de Shakespeare apareció después y terminó transformando un fenómeno complejo en un relato irresistible: un hombre obsesionado con un escritor libera unos pájaros y provoca una invasión continental.
Una bandada terminó cambiando las normas de la aviación
La expansión tuvo una consecuencia que nadie habría podido prever en 1890. El 4 de octubre de 1960, el vuelo 375 de Eastern Air Lines despegó del aeropuerto Logan de Boston y atravesó una enorme bandada de estorninos a unos 36 metros de altura.
Las aves entraron en tres motores. Las pérdidas desiguales de potencia hicieron que el avión redujera su velocidad, perdiera el control y se estrellara. Solo sobrevivieron diez de las 72 personas que viajaban a bordo, según la reconstrucción de la Administración Federal de Aviación de Estados Unidos.
El accidente impulsó investigaciones sobre la capacidad de los motores de turbina para continuar funcionando después de absorber aves. En 1968 aparecieron las primeras directrices específicas y posteriormente se incorporaron nuevos requisitos de certificación.
El imperio de los estorninos, sin embargo, ha comenzado a encogerse. Cornell calcula que su población reproductora pasó de 166,2 millones en 1970 a unos 85,1 millones medio siglo después. La cifra no borra lo ocurrido: un puñado de aves liberadas en un parque terminó atravesando un continente, adaptando su genoma y dejando una huella inesperada incluso en la historia de la aviación.