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Ciencia

Durante siglos los científicos creyeron que el océano profundo era un desierto sin vida, y cada nueva inmersión sigue demostrando que estaban equivocados

En 1841, el naturalista Edward Forbes propuso que el océano no podía tener vida por debajo de los 550 metros. La expedición del HMS Challenger (1872-1876) encontró más de 4.700 nuevas especies y lo refutó. Desde entonces, el fondo marino no ha dejado de deparar sorpresas: calamares con ojos asimétricos que ven en dos direcciones a la vez, y jardines de miles de pulpos criando junto a fuentes termales volcánicas
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En 1841, el naturalista escocés Edward Forbes arrastró una red por el fondo del mar Egeo y observó algo que le pareció concluyente: cuanto más profundo dragaba, menos animales encontraba. De ahí construyó su hipótesis azóica, la idea de que el océano por debajo de los 550 metros era un desierto absoluto, un lugar donde la ausencia de luz, las bajas temperaturas y las presiones extremas hacían imposible cualquier forma de vida.

Forbes se equivocaba. Y la demostración más rotunda llegó pocas décadas después, cuando el HMS Challenger zarpó de Portsmouth en diciembre de 1872 para lo que sería el primer viaje científico organizado específicamente para explorar el océano profundo a escala global. En tres años y medio, la expedición recorrió casi 130.000 kilómetros, realizó observaciones en más de 360 estaciones y, según documentó el Smithsonian Ocean, describió más de 4.700 nuevas especies de vida marina, muchas de ellas procedentes de profundidades que Forbes había declarado incompatibles con la existencia.

Ciento cincuenta años después, el océano profundo sigue siendo el entorno menos explorado del planeta. Y sigue siendo la fuente de algunas de las sorpresas más desconcertantes de la biología.

El calamar que ve en dos direcciones a la vez

Calamar Fresa
© Amirkhans world – Shutterstock

En la zona mesopelágica —entre los 200 y los 1.000 metros de profundidad, donde la luz solar se desvanece hasta casi desaparecer— vive el calamar Histioteuthis heteropsis, conocido informalmente como calamar fresa por su coloración rojiza. Lo que hace de esta especie un caso único en la biología visual es que tiene dos ojos radicalmente distintos: el izquierdo es grande, amarillento y de forma semitubular; el derecho es pequeño y oscuro. Los dos miran en direcciones diferentes.

Durante más de un siglo, esta asimetría desconcertó a los biólogos. La respuesta llegó en 2017, cuando investigadores de la Universidad de Duke y el Instituto de Investigación del Acuario de la Bahía de Monterrey (MBARI) analizaron 30 años de vídeos capturados por vehículos submarinos no tripulados. El estudio, publicado en Philosophical Transactions of the Royal Society B, documentó 152 avistamientos del calamar en su hábitat natural y reveló la lógica evolutiva detrás de la asimetría: el ojo grande mira hacia arriba, captando las siluetas de otros animales recortadas contra la tenue luz que desciende desde la superficie; el ojo pequeño mira hacia abajo, escaneando el agua más oscura en busca de destellos de bioluminiscencia producidos por presas o depredadores. Dos ojos, dos propósitos, dos mundos simultáneos.

El calamar nace con ojos del mismo tamaño, como cualquier otro cefalópodo. Es durante el desarrollo juvenil cuando el ojo izquierdo comienza a crecer de forma acelerada, hasta llegar a doblar el diámetro del derecho. Una inversión biológica costosa —los ojos son órganos metabólicamente exigentes— que la evolución justificó durante millones de años porque resuelve un problema concreto: sobrevivir en un entorno con dos fuentes de luz radicalmente distintas.

El jardín de pulpos que nadie esperaba encontrar

Muusoctopus Robustus
© Por Image courtesy of the NOAA Office of Ocean Exploration and Research. – https://oceanexplorer.noaa.gov/okeanos/explorations/ex1803/logs/apr15/media/octopods.html, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=71512696

En octubre de 2018, investigadores de la Reserva Marina Nacional de la Bahía de Monterrey y del programa Nautilus Live dirigían un vehículo submarino remoto hacia el Monte Davidson, un volcán submarino inactivo a unos 130 kilómetros de la costa de California. Decidieron apartar brevemente la cámara de las comunidades de coral en la cima del volcán para explorar las laderas más profundas. Lo que encontraron a 3.200 metros de profundidad fue algo para lo que no había precedente: miles de pulpos agrupados en un área de 2,5 hectáreas, la mayoría hembras posadas boca abajo sobre el fondo, con los brazos doblados alrededor de sus cuerpos protegiendo racimos de huevos.

El hallazgo —bautizado como Octopus Garden— era la mayor agregación de pulpos jamás registrada. Durante tres años, el MBARI y sus colaboradores regresaron al sitio con equipos de alta tecnología para entender por qué miles de ejemplares de Muusoctopus robustus migraban a través de aguas heladas para concentrarse en ese punto específico. La respuesta, publicada en Science Advances en 2023 y recogida por Scientific American, estaba en el calor.

El fondo del volcán emite fuentes termales hidrotermales que elevan la temperatura del agua local de los habituales 1-2 grados centígrados del abismo hasta entre 5 y 11 grados. Para un animal de sangre fría como el pulpo, esa diferencia es transformadora: en aguas frías, los huevos de esta especie tardarían entre 5 y 8 años en eclosionar; junto a las fuentes termales, el período de incubación se redujo a aproximadamente 1,8 años. Menos tiempo de incubación significa menos tiempo de exposición a depredadores, más probabilidades de supervivencia para las crías, y más eficiencia energética para las madres, que mueren después de la reproducción sin volver a alimentarse.

Lo que las profundidades todavía no han contado

El Octopus Garden no es un caso aislado: desde su descubrimiento, los investigadores han encontrado al menos otros dos jardines de pulpos similares en el Pacífico oriental, uno en una expedición de 2019 y otro cerca de Costa Rica en 2023. Cada nuevo hallazgo refuerza la hipótesis de que las fuentes termales abisales son mucho más comunes —y mucho más importantes para la vida marina— de lo que se suponía.

La paradoja de las profundidades oceánicas es esta: es el entorno más extenso del planeta —ocupa más del 95% del espacio habitable de la Tierra— y también el menos explorado. El censo más reciente de la vida marina estima que existen unas 250.000 especies marinas conocidas, pero advierte que hay varios miles más que aún no han sido descritas formalmente. Edward Forbes pensó que el océano profundo era un vacío. Resultó ser, en cambio, el archivo más grande de biodiversidad que existe, y apenas hemos empezado a leerlo.

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