La primera gran ola de calor del verano en Estados Unidos dejó una imagen incómoda del futuro energético. Con millones de hogares encendiendo el aire acondicionado y la demanda eléctrica disparada, el Gobierno federal autorizó a la mayor red eléctrica del país a recurrir a una medida de emergencia: pedir a centros de datos y otros grandes consumidores que usen sus propios generadores de respaldo.
La orden fue emitida por el Departamento de Energía el 30 de junio de 2026 bajo la sección 202(c) de la Ley Federal de Energía. En concreto, autorizó a PJM Interconnection a dirigir recursos de generación de respaldo como último recurso antes de declarar una emergencia eléctrica de nivel 3 o durante ella. La medida entró en vigor esa noche y luego fue extendida hasta el 7 de julio.
Sobre el papel, el objetivo era simple: liberar capacidad de la red para evitar apagones en plena ola de calor. En la práctica, la decisión muestra hasta qué punto los centros de datos se han convertido en una pieza crítica —y problemática— del sistema eléctrico estadounidense.
La IA ya no solo consume energía: condiciona la red
PJM opera la mayor red eléctrica de Estados Unidos y abastece a unos 67 millones de personas en el Atlántico Medio y parte del Medio Oeste. Durante la ola de calor, la demanda rozó niveles históricos: el 2 de julio alcanzó unos 162.700 MW, muy cerca del récord de 165.600 MW registrado en 2006. Según PJM, las medidas de reducción de consumo ayudaron a evitar que se superara esa marca.
Reuters señala que PJM está teniendo dificultades para absorber una demanda creciente impulsada principalmente por la expansión de centros de datos, lo que está elevando los riesgos de confiabilidad y los precios en los mercados de capacidad.
La lógica de la medida es fácil de entender. Muchos centros de datos tienen enormes generadores de respaldo para seguir funcionando si falla la red. Normalmente están pensados para emergencias internas, no como apoyo general al sistema eléctrico. Pero cuando la red se tensiona, esos generadores pasan a ser vistos como una reserva energética disponible.
El problema es qué tipo de reserva son. En muchos casos hablamos de generadores diésel o de gas natural, instalados cerca de instalaciones gigantescas y, a veces, próximos a zonas residenciales. Eso permite mantener servidores encendidos, pero también implica más emisiones locales justo en días de calor extremo, cuando la calidad del aire ya suele empeorar.

Evitar apagones tiene un coste ambiental
El Washington Post analizó permisos de emisiones en Virginia, uno de los grandes epicentros mundiales de centros de datos, y calculó que allí hay unos 10.500 generadores asociados a estas instalaciones. Según ese análisis, hacerlos funcionar menos de una hora por semana tendría un impacto sanitario comparable al de cinco grandes centrales de gas, con efectos sobre enfermedades respiratorias y cardiovasculares.
El mismo informe indica que el escape diésel contiene óxidos de nitrógeno, partículas finas y hollín, contaminantes vinculados con problemas respiratorios y cardíacos. Otro estudio citado por el Post estimó que los generadores de centros de datos en Virginia podrían provocar unos 14.000 episodios de síntomas de asma al año.
Aquí aparece la paradoja. Los centros de datos son la infraestructura invisible de la inteligencia artificial, la nube y buena parte de la economía digital. Pero también están convirtiéndose en consumidores eléctricos gigantescos que llegan justo cuando las redes ya están bajo presión por el calor extremo, la electrificación y el envejecimiento de algunas infraestructuras.
El Departamento de Energía defiende que estas órdenes son temporales y necesarias para proteger la estabilidad del sistema. Y es cierto que un apagón masivo durante una ola de calor también puede tener consecuencias graves para la salud pública. Pero el precedente es incómodo: cuando la red no alcanza, la solución inmediata puede terminar siendo encender máquinas contaminantes que estaban pensadas solo para emergencias.
La pregunta de fondo no es si había que evitar apagones. Eso nadie lo discute. La pregunta es por qué una red que debe alimentar hogares, hospitales, industrias y ahora una fiebre de centros de datos para IA necesita recurrir cada vez más a excepciones de emergencia.
La inteligencia artificial prometía eficiencia, automatización y futuro. Pero su infraestructura física está contando otra historia: una en la que el calor aumenta, la demanda eléctrica se dispara y, cuando todo se acerca al límite, la salida rápida todavía huele a diésel.