A unos 75 kilómetros del Mediterráneo existe un agujero natural gigantesco en mitad del desierto occidental de Egipto. La depresión de Qattara ocupa aproximadamente 19.500 kilómetros cuadrados (una superficie comparable a la de un país pequeño) y su punto más profundo se encuentra unos 134 metros por debajo del nivel del mar.
Durante décadas, ingenieros egipcios y extranjeros miraron ese desnivel y vieron una oportunidad extraordinaria: ¿qué ocurriría si se conectara directamente con el Mediterráneo? La respuesta era literalmente fabricar un mar en medio del Sáhara.
El agua descendería por un canal o túneles hasta Qattara, atravesaría turbinas y produciría electricidad. Como la región es extremadamente cálida y seca, parte del agua se evaporaría continuamente, permitiendo mantener un flujo constante desde el Mediterráneo. En los planes estudiados en los años 70 se contemplaba estabilizar el nuevo lago alrededor de 50 metros por debajo del nivel del mar.
El proyecto llegó a contemplar explosiones nucleares para abrir el desierto

Lo verdaderamente extraordinario es hasta dónde llegó la idea.
Excavar decenas de kilómetros de desierto mediante métodos convencionales resultaba carísimo. Por eso, durante los años 70 se estudió seriamente la posibilidad de recurrir a “explosiones nucleares pacíficas” para abrir el canal que conectaría el Mediterráneo con Qattara. No es una leyenda posterior: un documento presentado por Egipto ante el Organismo Internacional de Energía Atómica en 1976 describe explícitamente esa posibilidad para excavar una conexión de unos 75 kilómetros.
La propuesta nuclear más extrema asociada al ingeniero alemán Friedrich Bassler llegó a contemplar 213 cargas nucleares de entre uno y 1,5 megatones colocadas bajo tierra.
El proyecto se tomaba tan en serio que Egipto y Alemania Occidental habían firmado en 1974 un acuerdo para estudiar su viabilidad, se creó una Qattara Depression Authority específica y comenzaron trabajos hidrogeológicos, oceanográficos, ecológicos e incluso de retirada de minas de la Segunda Guerra Mundial. En 1976, una misión del OIEA constató que Qattara figuraba entre las prioridades nacionales egipcias.
La opción nuclear acabaría abandonándose. Un documento del Banco Mundial de 1980 ya señalaba que esa variante había sido descartada y que se estudiaban alternativas convencionales.
En 2026 Egipto volvió a hacer las cuentas. Y el resultado fue no

La idea, sin embargo, nunca terminó de morir.
Un comité ministerial creado en 2016 volvió a estudiar cinco escenarios diferentes para desarrollar Qattara. El 12 de mayo de 2026 llegó finalmente la conclusión: cuatro fueron rechazados, incluido el que proponía llevar agua del Mediterráneo hasta la depresión para crear un reservorio y producir electricidad. El Gobierno eligió una alternativa “seca”, sin inundarla.
Los motivos son numerosos. El agua salada podría infiltrarse en reservas subterráneas de agua dulce, elevar la salinidad de los suelos y amenazar pozos y proyectos agrícolas. También existirían posibles impactos sobre el ecosistema de Siwa y otros hábitats del desierto occidental. La zona alberga más de 40 especies de plantas silvestres y medicinales, 28 especies de mamíferos y 164 especies de aves, según la evaluación difundida por el Gobierno.
Y había otro enorme obstáculo bajo la arena: petróleo.
Debajo del futuro mar había petróleo, gas y un problema económico enorme
La evaluación encontró que 35 áreas de desarrollo y producción petrolera y otras ocho zonas de exploración se superponen con la región de Qattara. Inundarla podría complicar la extracción, obligar a trasladar oleoductos y gasoductos y encarecer inversiones futuras.
A eso se suma el problema que persiguió al proyecto desde el principio: excavar la conexión con el Mediterráneo sería extremadamente caro, mientras que la electricidad resultante tendría dificultades para competir económicamente con otras fuentes energéticas actuales.
Así termina, al menos por ahora, una de las ideas de ingeniería más descomunales planteadas en el Sáhara. Egipto pasó décadas imaginando cómo aprovechar una depresión situada más de 130 metros bajo el Mediterráneo, llegó a estudiar abrir el desierto con explosiones nucleares y soñó con un gigantesco mar artificial productor de electricidad.
Casi un siglo de planes después, la tecnología no fue lo que acabó frenándolo. Fueron el agua, el petróleo, el medio ambiente y las cuentas.