Más allá de Neptuno, donde la luz del Sol llega considerablemente debilitada, el Sistema Solar continúa mucho más lejos de lo que durante décadas imaginaron los astrónomos. Allí se extiende el cinturón de Kuiper y, a distancias todavía mayores, aparecen los objetos transneptunianos extremos y la nube de Oort. El problema es que una enorme parte de esa población es prácticamente imposible de observar directamente.
Mauricio Reyes, investigador del Instituto de Astronomía de la UNAM, explicó durante la conferencia TAOS-II: Cazando cuerpos invisibles más allá de Neptuno que actualmente conocemos alrededor de 5.000 objetos transneptunianos, aunque esa cifra probablemente representa solo una pequeña parte de los que realmente existen.
Los modelos sugieren que podría haber alrededor de 100.000 objetos de tamaños de decenas de kilómetros y, cuando se consideran cuerpos todavía más pequeños, la cifra aumenta radicalmente: en las regiones externas del Sistema Solar podrían esconderse cerca de mil millones de objetos con diámetros inferiores a diez kilómetros.

Son demasiados pequeños y están demasiado lejos para verlos
Durante décadas, los astrónomos descubrieron objetos transneptunianos comparando fotografías tomadas en diferentes momentos. Las estrellas permanecían aparentemente inmóviles, mientras que los cuerpos relativamente cercanos del Sistema Solar cambiaban ligeramente de posición entre una imagen y otra.
Este método permitió transformar nuestra visión del Sistema Solar exterior desde 1992, cuando las nuevas cámaras digitales comenzaron a revelar numerosos objetos más allá de Neptuno. Sin embargo, cuanto menor y más distante es un cuerpo, menos luz solar refleja y más difícil resulta detectarlo.
Según Reyes, llega un momento en el que estos objetos son tan débiles que ni siquiera los telescopios más grandes pueden observarlos directamente. Es precisamente ahí donde entra TAOS-II, instalado en el Observatorio Astronómico Nacional de San Pedro Mártir, en Baja California.
La solución es no intentar verlos
TAOS-II, siglas de Transneptunian Automated Occultation Survey, utiliza una estrategia completamente diferente. En lugar de fotografiar directamente los pequeños cuerpos del cinturón de Kuiper, observa estrellas situadas muchísimo más lejos y espera que alguno de estos objetos pase casualmente frente a ellas.
Cuando esto ocurre, el cuerpo bloquea durante un instante una pequeña cantidad de luz de la estrella, provocando lo que los astrónomos llaman una ocultación estelar.
El desafío está en que el fenómeno puede durar apenas una fracción de segundo. Para detectarlo, los instrumentos de TAOS-II necesitan medir el brillo de cada estrella entre diez y veinte veces por segundo mientras observan simultáneamente alrededor de 10.000 estrellas.
Además, cualquier pequeña perturbación atmosférica, vibración o ruido electrónico podría confundirse con una ocultación real, por lo que el proyecto utiliza tres telescopios observando simultáneamente la misma región del cielo. Si los tres registran exactamente la misma caída de brillo, aumenta considerablemente la probabilidad de que un objeto desconocido haya cruzado realmente frente a la estrella.
#Enlínea | «El proyecto TAOS II propone observar ocultaciones que no se pueden predecir; es decir observar estrellas para captar cuando un objeto pase enfrente de ella y la bloqueé» Mauricio Reyes.
“TAOS-II: cazando cuerpos invisibles más allá de… pic.twitter.com/ozHUpPxS6o
— El Colegio Nacional (@ColegioNal_mx) August 4, 2026
Pequeños restos de cuando nacieron los planetas
Encontrarlos no es solo una cuestión de completar un catálogo. Los cuerpos de entre uno y diez kilómetros podrían ser planetesimales, restos prácticamente intactos del proceso que formó los planetas hace unos 4.600 millones de años.
Durante la juventud del Sistema Solar existieron millones de estos pequeños objetos, que chocaron y se fusionaron progresivamente hasta formar cuerpos mayores. Las migraciones posteriores de Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno expulsaron muchos de ellos hacia regiones extremadamente lejanas, donde algunos podrían haber sobrevivido hasta nuestros días.
Estudiarlos permitiría conocer mejor cómo se construyó nuestro propio sistema planetario y también ayudaría a explicar de dónde procede parte de la población de cometas que periódicamente viaja hacia las regiones interiores.
TAOS-II intenta, por tanto, estudiar objetos que posiblemente nunca aparezcan como un punto reconocible en una fotografía. Para encontrarlos no necesita verlos: le basta con detectar el brevísimo instante en que hacen desaparecer una estrella.