El síndrome de Kessler no es ciencia ficción. Es una progresión matemática: una colisión genera fragmentos, los fragmentos generan más colisiones, cada impacto multiplica la nube de metralla hasta que la órbita baja se vuelve permanentemente innavegable. No hay forma de limpiarla después. El 9 de junio estuvimos más cerca de activar esa cadena de lo que la mayoría de la gente sabe. La segunda etapa del cohete chino Zhuque-2E, de la empresa LandSpace, se desintegró sobre la misma altitud donde operan la Estación Espacial Internacional y una fracción significativa de la constelación Starlink. Entre 100 y 150 fragmentos rastreables ahora comparten ese espacio.
Qué pasó el 9 de junio: la desintegración del Zhuque-2E y dónde quedaron los fragmentos

Tras poner en órbita dos satélites de comunicaciones, la segunda etapa del Zhuque-2E no ejecutó la maniobra de desorbitación controlada que la normativa internacional exige. Se desintegró en órbita, dispersando fragmentos en la zona de tráfico más densamente poblada del espacio: entre 335 y 424 kilómetros de altitud. El fragmento principal tiene 3,35 metros de diámetro y 8 metros de longitud y orbita con una inclinación de 54,5 grados, la misma que cruza la trayectoria de la ISS.
Según lo reportado por El Confidencial en su análisis del incidente, el Mando Espacial de Estados Unidos confirmó que los fragmentos rastreados se incorporan a la evaluación rutinaria y que por el momento no hay amenazas para los vuelos espaciales tripulados. Darren McKnight, experto en inteligencia orbital de LeoLabs, describió el episodio como «un leve problema de seguridad espacial», pero advirtió que no puede leerse de forma aislada.
Por qué sobrevivimos: la altitud como línea divisoria entre un problema temporal y uno permanente
La razón por la que este incidente no desencadenó una cascada es física: los fragmentos del Zhuque-2E están por debajo de los 650 kilómetros de altitud. En esa zona, la fricción residual de la exosfera frena gradualmente los objetos en órbita y los arrastra hacia una reentrada en cuestión de meses. No hay que hacer nada: la atmósfera limpia sola, aunque con lentitud.
Por encima de los 650 kilómetros, ese mecanismo natural deja de funcionar. Los objetos permanecen en órbita durante décadas o siglos. No es una diferencia de grado: es una diferencia de categoría. Las dos explosiones anteriores de etapas del cohete Long March 6A chino dispersaron más de mil fragmentos en planos orbitales más elevados. McKnight advierte que esos fragmentos permanecerán como proyectiles activos durante cientos de años, y que en la última media década la masa de etapas chinas abandonadas en órbita alta aumentó un 150%, mientras las cifras rusas y estadounidenses se mantienen estables o decrecen.
El problema estructural: SpaceX planea un millón de satélites y un fallo del 1% son 300 satélites muertos por año

SpaceX opera más de 10.000 satélites activos, el 66% de todo el hardware operativo en órbita terrestre. En enero solicitó a la Comisión Federal de Comunicaciones autorización para lanzar un millón de satélites adicionales. Jonathan McDowell, del Centro Harvard-Smithsoniano de Astrofísica, señala que la aritmética es implacable: «Incluso con una tasa de éxito del 99% en la desorbitación, una tasa de fallo del uno por ciento en una constelación de 30.000 satélites significa que estás añadiendo 300 satélites muertos de varios cientos de kilos a la órbita cada cinco años».
Cada nuevo campo de escombros, como el generado por el Zhuque-2E, reduce el margen de maniobra disponible. SpaceX ha ejecutado más de 50.000 maniobras de evasión autónomas desde 2019, una cifra que escalaría exponencialmente con un millón de satélites en órbita. La estación espacial china Tiangong ya tuvo que ejecutar dos maniobras de emergencia para esquivar hardware de Starlink. Y la Administración Federal de Aviación de EE.UU. concluyó en 2023 que los escombros en caída podrían causar víctimas civiles antes de 2035.
El vacío legal: ningún organismo internacional tiene autoridad para sancionar
La norma internacional vigente exige que los cohetes conserven combustible suficiente para ejecutar una reentrada controlada al final de su vida útil. El Zhuque-2E no la cumplió. Pero ningún organismo internacional tiene autoridad ejecutiva para imponer sanciones ni forzar el cumplimiento de esos estándares. McDowell es directo: «No debería ser solo Estados Unidos quien lo decida. Debería ser decidido por todos los países del mundo porque todos se ven afectados, sean potencias espaciales o no». El incidente del 9 de junio se resolverá sin consecuencias graves gracias a la altitud. Pero el margen antes de que la primera colisión en cadena lo convierta en un problema sin solución se estrecha con cada explosión no planificada.