El martes por la tarde, un aviso del Servicio Meteorológico Nacional y del programa Copernicus encendió las alarmas: el agujero en la capa de ozono se había desplazado hacia el sur argentino. Por unas horas, ciudades como Ushuaia y Río Gallegos quedaron bajo un cielo envenenado de radiación ultravioleta. Más allá de la recomendación de cuidados inmediatos, la coincidencia con una efeméride ambiental devuelve a la discusión la historia y el futuro de este frágil escudo.
Un visitante que regresa cada primavera

Cada año, entre agosto y noviembre, la capa de ozono sobre la Antártida se reduce hasta formar un agujero estacional. La mayor parte del tiempo permanece confinado en el extremo sur del planeta, pero en ocasiones se desplaza hacia la Patagonia. En septiembre de 2025, su sombra alcanzó Ushuaia y luego Río Gallegos, obligando a reforzar las medidas de protección solar. Protector, gafas oscuras y ropa de manga larga se volvieron aliados frente a una radiación que duplicaba la habitual.
Lo curioso no es tanto su presencia, sino la fecha de su arribo. Este 16 de septiembre coincidió con el Día Internacional de la Preservación de la Capa de Ozono, recordando que la humanidad supo, hace casi cuatro décadas, tomar decisiones colectivas para frenar su destrucción.
El escudo invisible que sostiene la vida

La capa de ozono es un gas raro y vital: oxígeno con tres átomos que se concentra en la estratosfera y filtra las radiaciones ultravioleta más dañinas del Sol. Comprimida, equivaldría al grosor de una suela de zapato, frágil y decisiva a la vez. Su pérdida no solo aumenta el riesgo de cáncer de piel o cataratas en humanos; también afecta cultivos, ecosistemas marinos y bosques enteros.
En Argentina, la vigilancia de este escudo tiene historia. En 1964 se instaló un espectrofotómetro Dobson en Buenos Aires, uno de los primeros en Sudamérica. Desde entonces, las mediciones continuas han situado al país como referente en el monitoreo atmosférico global.
¿Un futuro sin agujeros?
La buena noticia es que el agujero de ozono se está reduciendo. Según la Organización Meteorológica Mundial, en 2024 fue más pequeño que en años anteriores, y se espera que hacia mediados de siglo la capa recupere sus niveles de los años ochenta. Ese avance se debe al Protocolo de Montreal, firmado en 1987, que limitó drásticamente los compuestos químicos que la destruían.
Sin embargo, su reciente paso sobre la Patagonia recuerda que el proceso aún no está completo. El cielo australis nos ofrece cada año una advertencia: la recuperación es posible, pero frágil. Mantener el compromiso internacional es la única forma de garantizar que este escudo invisible siga protegiendo la vida en la Tierra.