La carrera espacial del siglo XXI ya no es solo cosa de agencias estatales. Empresas privadas lanzan cientos de cohetes cada año, y el cielo se llena de satélites que prometen internet global o exploración sin límites. Pero detrás de cada despegue hay un coste oculto: una amenaza creciente para la capa de ozono que debería preocuparnos tanto como el cambio climático.
El agujero que nunca terminó de cerrarse

En 1975, los químicos Mario Molina y Sherwood Rowland advirtieron que los CFC estaban destruyendo el ozono. Aquel hallazgo derivó en el Protocolo de Montreal, la prohibición de los compuestos y, con el tiempo, una lenta recuperación. Fue una lección global: la ciencia había señalado el problema, los gobiernos reaccionaron, y la herida del cielo comenzó a cicatrizar.
O al menos eso creíamos. Hoy, el agujero de la capa de ozono sigue siendo inestable, y en algunos periodos del año incluso se agranda. Lo alarmante es que ya no es culpa de los CFC. El nuevo enemigo viene del espacio: los lanzamientos que tanto celebramos.
Cohetes que encienden el cielo y debilitan la atmósfera

Un solo cohete puede liberar cloro y partículas de hollín directamente en la estratósfera, allí donde el daño es irreparable. A diferencia de la contaminación terrestre, que la lluvia puede arrastrar, estos compuestos se quedan suspendidos y multiplican su impacto. Los estudios advierten que sus efectos pueden ser hasta cien veces más destructivos que los de un contaminante a nivel del suelo.
El problema es de escala. En 2019 hubo 97 lanzamientos orbitales. En 2024, la cifra ya superaba los 250. Empresas como Starlink y otras iniciativas comerciales están disparando la frecuencia. Si la tendencia sigue, los cálculos apuntan a más de dos mil lanzamientos anuales hacia 2030.
Una amenaza disfrazada de progreso
Los científicos de la ETH Zurich y de la Universidad de Canterbury han modelado el escenario. Con el ritmo actual, el grosor promedio mundial de la capa de ozono podría reducirse un 0,3% en pocos años, con pérdidas estacionales del 4% en la Antártida. Eso bastaría para frenar décadas de avances logrados con la prohibición de los CFC.
La paradoja es evidente: mientras hablamos de sostenibilidad y descarbonización, la carrera espacial podría devolvernos al punto de partida, cuando el planeta estaba expuesto a radiación ultravioleta letal. La única alternativa real pasa por cambiar el combustible de los cohetes, pero hoy apenas el 6% de los lanzamientos usa propulsión criogénica, mucho menos contaminante.
El futuro de la exploración espacial depende de si logramos resolver este dilema. Porque conquistar Marte o llenar la órbita de satélites puede sonar grandioso, pero de nada servirá si en la Tierra reabrimos el agujero que nos protege de la radiación del Sol.