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Ciencia

El asesino de los dinosaurios no era un asteroide cualquiera. Una huella de níquel revela que la Tierra tuvo la peor suerte posible hace 66 millones de años

El objeto que abrió un cráter gigantesco bajo Yucatán pertenecía probablemente a una de las familias de meteoritos más raras y primitivas conocidas. Su composición también obliga a revisar qué materiales convirtieron el impacto en una catástrofe planetaria.
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Hace 66 millones de años, un objeto de entre 10 y 15 kilómetros de diámetro atravesó la atmósfera a unos 64.000 kilómetros por hora y golpeó la región que hoy ocupa la península de Yucatán. La colisión excavó el cráter de Chicxulub y desencadenó una crisis ambiental relacionada con la desaparición de aproximadamente el 75% de las especies, incluidos todos los dinosaurios no avianos.

Conocíamos su tamaño aproximado, la violencia del impacto y muchas de sus consecuencias. Lo que continuaba abierto era una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué clase de asteroide había provocado semejante desastre?

Un estudio internacional publicado en Science Advances acaba de reducir considerablemente las posibilidades. Tras analizar los isótopos de níquel conservados en la delgada capa geológica dejada por el impacto, los investigadores concluyeron que el objeto tenía, con mayor probabilidad, una composición semejante a la de las condritas carbonáceas de tipo Ornans, conocidas como condritas CO.

El meteorito desapareció, pero dejó una huella química por todo el planeta

El asteroide que acabó con los dinosaurios no era una roca espacial cualquiera, sino uno de los materiales más raros y primitivos del sistema solar. Una huella de níquel revela por qué la Tierra tuvo la peor suerte posible hace 66 millones de años
© Shutterstock / StockSmartStart.

El gran problema para identificar el proyectil de Chicxulub es que prácticamente dejó de existir en el momento del choque. La energía liberada vaporizó casi todo el asteroide y mezcló sus restos con cantidades inmensas de roca terrestre expulsada desde el lugar del impacto.

Solo una fracción diminuta del material extraterrestre sobrevivió dentro de la capa de arcilla que marca el límite entre el Cretácico y el Paleógeno. Ese estrato, presente en numerosos lugares del mundo, ya había proporcionado pistas como concentraciones anómalas de iridio, un elemento mucho más común en algunos asteroides que en la corteza terrestre.

El equipo dirigido por Georgy V. Makhatadze, del Instituto de Física del Globo de París, estudió sedimentos marinos procedentes de Dinamarca, España e Italia. Después comparó su composición isotópica con una amplia colección de meteoritos representativos de diferentes regiones y materiales del sistema solar primitivo.

Los isótopos son versiones de un mismo elemento con diferente número de neutrones. En este caso, las proporciones de los cinco isótopos estables del níquel actúan como una especie de código químico: permiten distinguir familias de meteoritos que, a simple vista, podrían parecer muy similares.

La señal de las muestras del límite Cretácico-Paleógeno encajaba mejor con una mezcla de material terrestre y una condrita carbonácea CO. El resultado no identifica una roca concreta ni permite afirmar que conocemos su composición átomo por átomo, pero sí descarta varias clases propuestas anteriormente y estrecha notablemente el cerco.

Era una de las rocas más extrañas que podían cruzarse con la Tierra

El asteroide que acabó con los dinosaurios no era una roca espacial cualquiera, sino uno de los materiales más raros y primitivos del sistema solar. Una huella de níquel revela por qué la Tierra tuvo la peor suerte posible hace 66 millones de años
© Reddit / r/Naturewasmetal.

Las condritas carbonáceas representan alrededor del 5% de los meteoritos recuperados en nuestro planeta. Las de tipo CO constituyen, a su vez, una pequeña fracción de ese grupo, por lo que encontrar una resulta bastante menos habitual que hallar los meteoritos expuestos normalmente en museos.

Se consideran materiales extremadamente primitivos porque nunca llegaron a fundirse por completo ni a transformarse como las rocas de un planeta. Conservan componentes formados durante las primeras etapas del sistema solar, hace aproximadamente 4.600 millones de años.

Estudios anteriores ya habían señalado que Chicxulub fue probablemente producido por un asteroide carbonáceo y no por un cometa. En 2024, un análisis de isótopos de rutenio reforzó esa conclusión y apuntó hacia un objeto originado en las regiones exteriores del sistema solar. El níquel permite ahora avanzar un paso más y asociarlo específicamente con una composición similar a las condritas CO.

Su procedencia exacta sigue sin conocerse. El objeto pudo formarse en las regiones exteriores del sistema solar y terminar en la zona externa del cinturón de asteroides, cerca de Júpiter. Las interacciones gravitatorias y las colisiones posteriores habrían modificado su órbita hasta enviarlo hacia el interior, donde finalmente se cruzó con la Tierra.

El azufre sigue siendo importante, pero quizá no viajaba dentro del asteroide

Identificar una condrita CO también ofrece una pista sobre cómo se produjo la extinción. Estos meteoritos contienen menos componentes volátiles (como agua, carbono, zinc y azufre) que otras condritas carbonáceas consideradas anteriormente como posibles candidatas.

Eso reduce la probabilidad de que el propio asteroide transportara grandes cantidades de azufre. Sin embargo, no significa que este elemento deje de ser relevante: la región de Yucatán contenía rocas terrestres ricas en sulfatos que fueron vaporizadas por el impacto y proyectadas hacia la atmósfera.

El nuevo trabajo sugiere que una proporción importante de los gases y partículas que alteraron el clima procedía del terreno golpeado, no necesariamente del objeto espacial. El polvo fino, los fragmentos y los aerosoles bloquearon parte de la luz solar, redujeron las temperaturas y paralizaron la fotosíntesis, provocando el derrumbe progresivo de las cadenas alimentarias.

La investigación no cambia al responsable de la extinción ni descubre ahora el cráter que acabó con los dinosaurios. Su importancia está en algo más sutil: permite reconstruir la identidad de una roca desaparecida utilizando apenas restos microscópicos repartidos por el planeta.

La vida terrestre no solo fue golpeada por un asteroide gigantesco. Fue alcanzada por uno de los materiales más raros del sistema solar, procedente posiblemente de sus regiones más lejanas y conservado desde su nacimiento. Los dinosaurios dominaron la Tierra durante más de 160 millones de años. Para terminar con aquella era bastó que una roca excepcionalmente improbable llegara al lugar equivocado.

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