Desde hace décadas, una enfermedad hereditaria ha desafiado a médicos y científicos por igual, pues su origen genético parecía limitar cualquier intento de tratamiento eficaz. Sin embargo, un reciente desarrollo clínico está cambiando esa percepción. Una estrategia que actúa directamente sobre el mecanismo molecular del trastorno ha mostrado resultados prometedores, despertando esperanzas en pacientes y especialistas de todo el mundo.
Cómo comenzó la búsqueda: una mutación difícil de descifrar
En 1993, un equipo de la Universidad de Erasmus en Róterdam logró identificar y describir el gen responsable de la enfermedad de Huntington, un trastorno neurodegenerativo que suele manifestarse entre los 30 y 40 años. El hallazgo marcó un antes y un después en la comprensión del problema, ya que la variante normal del gen HTT participa en el desarrollo cerebral del embrión.
Sin embargo, en algunos individuos este gen presenta una anomalía particular. En vez de una mutación clásica (como un cambio en una palabra dentro del “libro” del ADN) lo que ocurre es una repetición excesiva del triplete CAG, compuesto por citosina, adenina y guanina.
Para que la enfermedad no aparezca, estas repeticiones deben ser menos de 26. Pero en personas que la desarrollan se han registrado cifras muy superiores, a veces por encima de 100. Y cuanto mayor es el número de repeticiones, antes irrumpen los síntomas. Esta peculiar alteración genética no solo explica la aparición de la enfermedad, sino también su progresión implacable y la dificultad para frenarla.
Una patología hereditaria sin cura… hasta ahora
El Huntington es una condición autosómica dominante: basta con que uno de los progenitores la posea para transmitirla a la descendencia. Eso implica que quienes heredan la mutación viven con la certeza de que, tarde o temprano, la enfermedad se manifestará.
A diferencia de otros trastornos, no existe un tratamiento curativo, ya que todas las células del cuerpo contienen la versión mutada del gen. Los primeros indicios suelen ser cambios en el ánimo, alteraciones en la coordinación y dificultades cognitivas, síntomas que progresan conforme se deteriora el funcionamiento neuronal.
Durante años, la medicina solo pudo ofrecer cuidados paliativos. Pero el panorama comenzó a cambiar gracias a investigaciones recientes que intentan intervenir en la raíz molecular del problema. Entre ellas, una desarrollada en Ámsterdam ha captado especial atención.
La prometedora terapia que frena la progresión
Este tratamiento se basa en una molécula conocida como microARN, cuyo papel regulador en las células fue reconocido con el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 2024. Los microARN son fragmentos capaces de bloquear el ARN mensajero, evitando que ciertas proteínas lleguen a producirse.
En el caso del Huntington, el objetivo es reducir la creación de la proteína huntingtina mutada. Para lograrlo, los investigadores diseñaron un microARN específico, llamado mir-451, que se une a una proteína denominada argonauta-2. Este proceso silencia el gen defectuoso y disminuye significativamente la producción de la proteína dañina.
Los resultados de los ensayos clínicos de fase 1 y 2 fueron tan llamativos como esperanzadores: en pacientes con inicio temprano de la enfermedad, la progresión se redujo hasta un 75 % durante tres años consecutivos. En términos prácticos, esto significa que avanzó cuatro veces más lentamente que en personas sin tratamiento, lo que podría traducirse en varios años adicionales de autonomía.

Un método innovador que aprovecha la biología de los virus
Para introducir el microARN en el organismo, los investigadores recurrieron a un virus adenoasociado modificado. Los virus, tras millones de años de evolución, perfeccionaron la capacidad de introducir material genético en las células, y esta propiedad se aprovecha ahora en terapias avanzadas.
El material terapéutico se encapsula en la estructura viral, que actúa como vehículo hasta llegar a las neuronas. Aunque este enfoque se utiliza en otras terapias génicas, cada nuevo avance mejora su precisión y seguridad.
Una vez dentro del organismo, el microARN comienza a operar, reduciendo la presencia de huntingtina mutada y logrando que los síntomas tarden más en aparecer. Pacientes y familias reportaron cambios menos pronunciados en el estado de ánimo, las capacidades motoras y las funciones cognitivas, lo que refuerza la idea de que, aunque no sea una cura definitiva, puede ofrecer una mejora significativa en calidad de vida.
Un horizonte que comienza a abrirse
Este avance no solo supone un hito para quienes viven con el Huntington, sino que también demuestra el poder de las terapias génicas para abordar enfermedades hasta ahora consideradas imposibles de tratar.
A medida que continúen los ensayos y se recopilen más datos, será posible evaluar la longevidad del efecto y su aplicación en casos más avanzados. Por ahora, lo que parecía una batalla perdida empieza a mostrar un camino prometedor sustentado en biología molecular, ingeniería genética y un optimismo renovado.
[Fuente: National Geographic]